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Miguel Angel

De cómo Praseodimio, sencillo agricultor, se convirtió en un aún más sencillo multimillonario, gracias a una lotería Primitiva…y lo que luego aconteció. (Conclusión)

Unos cuantos meses después, Praseodimio  hallábase andando con dificultad por un ambiente kárstico de color blanquecino, muy parecido a la Capadocia turca. No lograba discernir como logró llegar hasta allí, lo mismo que ignoraba la mayoría de los aconteceres que constituían la norma en su reciente panorama. Temía caerse en ese terreno tan afilado y poroso. Tras un buen trecho de duro camino, llegó a una superficie lisa con pequeñas rocas dispersas aquí y allá. Una inmensa y reluciente planicie de cristal le ayudó a percatarse de su ubicación. La mesa de la cocina. Su excursión consistió en atravesar un trozo de pan seco abandonado en ese lugar, para desembocar en una llanura sembrada de azúcar. Su tamaño no alcanzaba siquiera el de una miga, menor que el de un dulce cristalito.

En el pueblo lo daban por desaparecido. Nadie se enteró nunca de lo acaecido. Flotaba en el aire la pregunta de qué le pudo suceder. El director del banco, cuya discreción brillaba por su ausencia, había filtrado algún tiempo atrás  la identidad del agraciado ganador. Los vecinos del pueblo supusieron que Praseodimio desapareció con la susodicha fortuna.

El alcalde, junto con otras autoridades, decidieron entrar en su casa para cerciorarse de que nada malo le hubiera sobrevenido. Pero hasta que obtuvieron la autorización legal transcurrieron varias semanas.

Efectivamente verificaron su ausencia. Sin embargo, la impresión que les ofreció el  sitio arrojaba indicios de que alguien seguía habitándolo, ya que reinaba un cierto desorden y podían apreciarse cosas desperdigadas aquí y allá. El alcalde  se acercó a la mesa de la cocina y pasó un dedo por encima, comprobando la cantidad de polvo y migas depositadas. Praseodimio no lo advirtió, pero se quedó pegado entre los pliegues de su huella dactilar. Desconocía dónde se encontraba ya que su diminuto volumen le privaba del sentido de la orientación.

A las pocas horas pensó que se había quedado ciego por la falta de luz tan acuciante que sufría. No fue consciente de que penetró por la piel del alcalde y que se movía dentro de él. Navegó por ríos de sangre y lagos de líquidos varios, cada cual de aspecto y olor más repugnante. En un momento dado el sentido de la vista ya no le funcionaba, sin embargo se desplazaba a sus anchas orientándose por impulsos eléctricos y sensaciones de presión.

Penetró por ósmosis dentro de una célula y navegó por el citoplasma hasta el núcleo. Pasó ratos divertidos en las hélices de ADN, cambiándose de una a otra por los puentes de hidrógeno establecidos entre las bases nitrogenadas. Le encantaba, sobre todo, deslizarse de la adenina a la timina. Se alimentaba básicamente de ATP y de restos de nutrientes que descubría rebuscando en los cubos de basura de las vacuolas.

El tiempo avanzaba y él seguía menguando. En comparación, el tamaño de la célula para Praseodimio podría ser el mismo que el de un continente para cualquiera de nosotros. Las posibilidades de ser fagocitado aumentaban de manera alarmante, aunque consiguió sobrevivir. Tan minúsculas eran sus dimensiones que subido a un electrón orbitaba en rededor de cualquier átomo. Cuando necesitaba descansar, iba a tumbarse entre los neutrones y los protones, que le daban cobijo.

Y llegado un momento, no se sabe si lineal o de inercia, desapareció. Se convirtió en un fotón. Lo poco que le quedaba de masa se transformó en energía. Hubo un brillo intenso y después la nada, el vacío. Sin ninguna duda fue el final más bello que cualquiera de nosotros pueda soñar.

Y el dinero que guardaba en el banco, y que nunca utilizó, desapareció en el mismo instante en que él lo hizo.

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De este entrañable relato podríamos extraer un buen número de moralejas, sabios consejos e incluso anécdotas constructivas. Dejo a cada uno de ustedes esa procelosa labor. No es mi cometido actuar de consejero moral o espiritual, mostrarme doctoral o incluso exhaustivo. Me he limitado a narrarles unos hechos que si bien increíbles en su forma, no lo son en absoluto en su fondo. Yo, persona proclive a ser candorosa e incauta, basándome en la única premisa de la variación y del distanciamiento de la monotonía, me los creo “a pie juntillas”. ¿Por qué no? Seguro que ustedes se creen aspectos de la vida más inciertos. Y no hace falta que se devanen demasiado los sesos. Miren a su alrededor, piensen en su familia, en sus amigos, en su entorno más próximo. Ahí tienen una fuente inagotable de historias fantásticas. Ciencia ficción en estado puro.

Y creen que eso es cierto, que lo que ustedes viven en su cotidianidad es más incuestionable e irrefutable que lo que les acabo de relatar.

 Si eso es así, si ese es su modo de pensar, de ver las cosas, sin duda alguna deberían de escribir un cuento como este.

Hablen de ustedes mismos, reseñen, expongan su día  a día, no se inventen nada, reflejen tan solo la verdad.

Se lo van a pasar en grande y sobre todo, no descarten toparse con Praseodimio.

 

FIN

Publicado la semana 24. 20/06/2021
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En el microcosmos
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