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Miguel Angel

Kunuk

Ese mes de enero resultó ser de los más fríos que las estadísticas recuerdan. Las estadísticas en ocasiones registran y en otras recuerdan. Podría preguntarse quien realiza los cálculos. Ellas desde luego que no. Su función es otra, la de mostrar datos.

Perdonen la digresión.

Como decía en ese penoso mes de enero las temperaturas rondaban los diecisiete grados bajo cero. Un frío seco, acompañado en ocasiones de un afilado viento, hacía imposible salir a la calle.

Si alguien  hubiera reparado en él, se hubiera preguntado que se le había perdido a Kunuk por las calles de Fairbanks. Más parecía que quisiera suicidarse que buscara un propósito lógico a su errático deambular.

Kunuk se sustentaba gracias a su versatilidad. En épocas benignas, trabajaba de guía para los turistas adinerados que ansiaban conocer Alaska en profundidad. Solían contratarlo en una agencia de viajes, la cual le proporcionaba un potente y cómodo cuatro por cuatro. El resto del año picaba de aquí y de allá. Cuando su hermano lo requería, se desplazaba al norte, al territorio del Yukón, para cazar furtivamente. El negocio de las pieles continuaba en vigor décadas y siglos después de que comenzara. En ocasiones ayudaba de jornalero, de peón de albañil, de fardero e incluso de niñero.

Kunuk inspiraba confianza. Su aspecto denotaba a la primera su origen esquimal. Origen que jamás consideró ocultar. Su pelo largo y lacio, su camisa de felpa a cuadros, sus pantalones siempre sucios, sus botas llenas de barro, su piel morena, sus ojos rasgados y la falta del músculo que provoca la sonrisa, le conferían un aurea singular. No derrochaba palabras ni siquiera monosílabos. Si uno quería pasar una tarde divertida con él tomando cervezas, se había equivocado de hombre.

Kunuk, introvertido, solitario, extraño de alguna manera, recordaba a los animales salvajes de los bosques circundantes, siempre buscando un resquicio en el cual ocultarse. Pero hasta los lobos que merodeaban la zona iban en manadas. Nadie le conocía familia o amigos y tampoco nadie le conocía una mala acción o comportamiento reprochable. Kunuk realizaba su trabajo, cobraba por él y desaparecía. Tampoco se le ubicaba en una residencia fija y nadie sabría afirmar a ciencia cierta su lugar de nacimiento.

Kunuk jamás había mencionado a su hermano. Los que le conocían lo suponían huérfano, abandonado de niño a la deriva. Su hermano, el único pariente sobre la Tierra, no desentonaba con Kunuk a grandes rasgos. Tampoco le unían los supuestos vínculos de sangre. Solían coincidir un par de veces al año, más por la fuerza de la costumbre que por imperativo familiar. Kunuk valoraba  a su hermano. Llevar la vida que llevaba en medio del bosque, en un cobertizo que no llegaba ni a cabaña, alimentarse de la caza y comprar lo indispensable con el dinero que le proporcionaban las pieles, era tan meritorio como sorprendente. A Kunuk le agradaba pasar en ese covachón las semanas que duraba la caza. Se sentía tan agreste como su hermano. No existía allí dentro calor de ningún tipo. Humano desde luego que no, pero físico menos. La precaria chimenea  chispeaba en vano; la cabaña, repleta de fisuras, más que retener el calor, favorecía que penetrara el frío.

Si la relación con su hermano fuera más cercana (si su relación con los seres humanos fuera tal, en realidad) se quedaría allí con él para siempre. No deseaba otra cosa. Odiaba Fairbanks y el resto de ciudades y núcleos urbanos. No odiaba a la gente, pero la relación social se le hacía tan cuesta arriba que el pobre Kunuk sufría y sufría. Por la cara del prójimo adivinaba que provocaba pena, que lo consideraban como a un gato perdido con necesidades imperiosas de nutrición y cariño. Y no era así. Kunuk había nacido en una aldea bastante más al norte del Yukón. Hasta los dieciocho  permaneció allí, con su hermano y sus padres. Estos murieron devorados por los osos en una jornada de cacería. Kunuk y su hermano se emplearon a fondo cortando leña hasta bien entrada la tarde. Al ver que no regresaban, retuvieron el impulso de partir en su busca. De noche y con veinte bajo cero, no resultaba la mejor de las ideas. A la mañana siguiente encontraron restos de huesos y ropas desperdigados aquí y allá que inmediatamente reconocieron.

Su parquedad habitual se convirtió en hermetismo. Kunuk tardó dos meses en abandonar la cabaña. A su manera explicó que necesitaba cambiar de aires por una temporada. Su hermano asintió con un movimiento de cabeza.

Pero el paso de las estaciones no benefició a Kunuk. El alejamiento de su hermano no obró en su favor, tampoco en su contra. Barruntaba desde largo tiempo atrás en adentrarse en los bosques y vivir como las alimañas. Acaso vengar la muerte de sus padres matando a cuantos osos pudiera. Pero esto último, aunque se le ocurriera de vez en cuando, no lo deseaba. Kunuk amaba la naturaleza. Si algo positivo le ofrecía esa inhóspita región en la que había nacido no era la humanidad, sino todo lo demás. La crudeza de la climatología y lo dificultoso de la orografía no estaban diseñados para las personas. Los hombres nunca tuvieron que colonizar tan al norte. Esas tierras estaban destinadas a los animales salvajes, al reino vegetal y a los descendientes de los esquimales como él.

Kunuk vagaba por las calles de Fairbanks porque sabía que no encontraría a nadie; porque el frío no le afectaba y el viento no le agrietaba la cara. Kunuk meditaba en su fantasmagórico deambular. A sus treinta y cinco años se creía todavía con la fortaleza suficiente como para afrontar el destino que le aguardaba desde que nació.

 

Cuando su hermano lo vio acercarse supo que algo no iba bien. Kunuk lo tranquilizó. Le contó (a su manera) lo que había decidido. Su hermano quiso esbozar una sonrisa pero no le salió. Carecía del mismo músculo que Kunuk. Cenaron austeramente y en silencio; luego se acostaron.

Kunuk preparó un hatillo con lo indispensable y se colgó el fusil y la canana. Se despidió de su hermano colocando una mano en su hombro. Este lo observó alejarse y cuando se perdió en la espesura del bosque supo que ya no lo volvería a ver. Un punto de envidia le recorrió el bajo vientre; él deseaba lo mismo desde niño, pero no logró reunir el valor suficiente como para dar el paso.

Y de improviso, se sintió a salvo. Como si Kunuk lo fuera a proteger desde allí, desde ese mundo inhóspito e impenetrable; como un dios o un súper héroe al que debemos devoción y fe ciega.

Kunuk se alejaba sin rumbo fijo. No temía a los lobos ni a los osos. Tenía el convencimiento de que se harían amigos. Les perdonaría la vida todas la veces que fuera necesario, eso sí, mientras no le robaran la caza.

Las gélidas temperaturas le impelían un paso brioso. Anduvo y anduvo. Ascendió por laderas, se refugió en abrigos y cuevas, cruzó ríos, piso nieve y hielo, soportó vientos asesinos y temperaturas imposibles. Y un buen día, de repente, respiró. Respiró y volvió a respirar, y cada vez que exhalaba el aire se daba cuenta de que seguía vivo. Cada amanecer le ofrecía un motivo de alegría; cada atardecer, junto al fuego improvisado, lo reconfortaba de modo placentero. Intentaba trazar el plan para el siguiente día, pero jamás lo consiguió.

No existía plan alguno.

Tan solo quería volver a despertar. Tan solo eso.

 

FIN

Publicado la semana 21. 30/05/2021
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Invierno, nieve, fríiiiiiiiiiiiiiiiiiio
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