16
Miguel Angel

El inquilino del piso 12

Hace mucho tiempo, en épocas tan pretéritas como el Medievo, vivía un hombre solitario en un rascacielos. Ese hombre, cuyo nombre no me viene a la memoria en estos momentos, gastaba un carácter cada vez más avinagrado. Frisando la edad de la jubilación, su  aislada existencia transcurría entre preocupaciones e irritables monólogos consigo mismo.

Si bien de temple afable, puede que la edad o quizás el futuro poco alentador que vislumbraba lo llevaron sin apenas apercibirse a mutar su forma de proceder y comportarse en el día a día. La jubilación la contemplaba como una amenaza más que como un estado de paz y felicidad. Le quedaba menos de un año de vida laboral y seguía sin plan alguno, sin una idea primaria para llenar sus horas de asueto.

Su cultura no rebosaba de conocimientos, por eso le resultaba de gran deleite y placer dedicar  tiempo a la lectura. Sus momentos favoritos eran por la noche, apoltronado en la cama, o por las tardes en su sillón de lectura, junto a la ventana que daba a la calle principal.

Un sábado por la mañana, había dejado a fuego lento una perola con un caldo que prometía bastante. Mientras, se sentó a leer un ratito. Se notaba perezoso esa mañana y no mostró intención alguna ni predisposición para adecentar un tanto la casa. Se sobresaltó con el inesperado sonido del timbre de la puerta.

Abrió y la presencia de un engolado hombre, más joven que él, llenaba gran parte del quicio de la entrada.

—¿Si?

—Hola, soy el vecino del piso 22 C.

—¿Qué desea, vecino del piso 22 C?

—Verá, la preocupación es lo que me ha hecho venir.

—No comprendo.

—Llevo varios días observándolo. Su comportamiento es errático, su forma de andar no da lugar a ambages y su ceño cejijunto pronostica que algo no va bien.

—Sigo sin…

—Lo observo desde la ventana, con mis prismáticos.

—¿Me espía?

—No, qué va. Tengo la costumbre de asomarme por las ventanas y balcones de mi casa a observar con mis catalejos. Me divierte y entretiene.

—Es usted un cotilla entonces.

—Podría verlo de ese modo. No tengo nada mejor que hacer.

Hizo una pausa para sacarse un pañuelo de tela, muy sucio, y sonarse de forma estentórea.

—Verá, no tengo mucha relación con los de mi clase social, los de los pisos 20 al 30. Son gente vacía y sin interés para mí. Hace tiempo que busco personas por las que valga la pena preocuparse y si acaso entablar un cierto grado de amistad. Por eso me dedico a “observar” a los de escalafones sociales más deprimidos, como es su caso. Los pisos por debajo del 15 me interesan especialmente.

»En usted reparé un día por casualidad. Me aposté en la mesa de mi terraza con un humeante café con leche. Lo vi llegar del trabajo y parecía que le había pasado una apisonadora por encima. Desde entonces, una vez lo veo entrar, me voy al patio interior. Desde allí gozo de una aceptable panorámica de su habitación y  cocina.

»Si, ya sé lo que pensará, que todo esto suena muy raro y no le quito parte de razón. Es mi intención dejarle claro que tan solo busco el complacerle en lo que pueda, en brindarle mi ayuda. Si usted se abriera a mí, no solo encontraría a un amigo, sino a un notable valedor.

Hubo unos segundos de pausa, densa, sólida, palpable. El vecino del piso 12 no solamente quedó perplejo, sino que a pesar de lo incómodo de la situación, se estaba divirtiendo. Se dijo que por qué no aceptar el ofrecimiento de ese amable vecino, proveniente de las altas esferas, adalid de las causas perdidas, cotilla como una portera y más aburrido que un heladero en el mes de enero.

—Verá, no sé qué decir. Le agradezco su ofrecimiento. En fin, pase, tomaremos un café.

El vecino del piso 22 C aceptó encantado la invitación.

Se acomodaron en la mesa de cocina. El inquilino del piso 12 sentíase algo incómodo por no haber dejado esa mañana, tal y como solía, la casa de punta en blanco. La fregadera rebosaba de vajilla sucia y otros enseres campaban a sus anchas por la encimera. Una vez hubo servido sendos cafés, se acomodó al lado del vecino. Mantuvieron una conversación trivial en el fondo y en la forma. Más parecía que se encontrasen en el ascensor que disfrutando de un momento agradable.

De repente y sin venir a cuento, el inquilino del piso 12 soltó.

—Estaba pensando que voy a aceptar su ofrecimiento. Debo de reconocer que lleva razón. Me encuentro en un momento delicado y necesito ayuda.

—No dude en contar conmigo para lo que sea. Ya le he dejado caer que me sobra tiempo y medios.

—Pues mire, podría empezar por ordenarme un poco la cocina. Los que vivimos en esta planta e inferiores carecemos de lavavajillas; y de asistenta. Cuando acabe, le dejaré preparada la tabla de planchar en el comedor. Si hay algo que odio es planchar. Le voy a ir escribiendo la lista de la compra. Los sábados suelo bajar al súper. Cuando suba de la compra, si se da usted maña, me podría arreglar la persiana de mi habitación,  hace días que no ajusta bien. Y si entiende de electricidad, hay un enchufe que quería colocar en…

El vecino del piso 22 C oía a su protegido hablar desde diferentes puntos de la casa, y mientras aclaraba los platos, silbaba una alegre melodía que le recordaba los días en los que fue pobre. Días dichosos en el seno de una familia estructurada, feliz y con muchas carencias. Días en los cuales soñaba con ser rico. Días en los que estaba harto de vivir en pisos por debajo del 5.

De momento había conseguido alcanzar el piso 12. Poco a poco iría bajando, conocería a otros inquilinos necesitados. Quizás alguno de sus hermanos viviera allí todavía, quién sabe. Algún día conocería a alguien de la planta baja, alguien realmente pobre, más de lo que lo fue él en su niñez.

No soportaba la opulencia y falsedad  a la que la vida lo había abocado. No conocía a nadie del piso 30 ni siquiera del 25. Nadie jamás lo había bajado a visitar y se preguntaba de qué pasta estaba hecha esa gente.

Mientras, sentado en su sillón de lectura sin leer, el inquilino del piso 12 sonreía. Quizás hubiera hallado la forma de llenar los vacíos que oteaba en el horizonte. Quizás el vecino del piso 22 C fuera un ángel caído del cielo. Puede que si se hicieran amigos lo invitara alguna vez a subir con él. Le apetecía conocer las partes residenciales del edificio. Comprobar cómo vivían allí.

El inquilino del piso 12 desconocía que el vecino lo estaba utilizando para disminuir en su escalafón social. Que tan solo estaba de paso. Que en el momento en el que divisara con sus prismáticos a un ser más desvalido que él se iría.

 

Eso ocurrió mes y medio después. El vecino del piso 22 C no paraba de observar y vigilar a través de las ventanas y del patio interior a los vecinos de las primeras plantas. Un buen día dijo que se iba al 7 A.

Fue entonces cuando al inquilino del piso 12 se le ocurrió comprarse unos prismáticos. A partir de ese momento no paro de observar.

Un buen día reparó en el exultante aspecto de una mujer entrada en años que muy pronto descubrió que ocupaba el 28 B.

Tardó una semana en decidirse.

Un domingo por la mañana llamó a su puerta.

Nunca más salió de allí.

FIN

Publicado la semana 16. 23/04/2021
Etiquetas
En el ascensor
Compartir Facebook Twitter
Género
Relato
Año
I
Semana
16
Ranking
2 61 0