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Miguel Angel

Inés

Amaneció un lindo y brillante día. El sol de las nueve de la mañana, de esa preciosa mañana de mayo, se coló por  entre los visillos e Inés sólo  pudo  contagiarse de euforia. Se restregó los ojos, llenos de picores de modorra. Luego saltó de la cama y dibujó en su mente un bello boceto de cómo transcurriría la jornada.

Inés acababa de cumplir treinta y cinco  y vivía en un pueblo semi abandonado. Podía advertirse desde muchos puntos de su entorno; se ubicaba en la cima de un verde cerro, donde vacas y ovejas pastaban a sus anchas. La panorámica desde allí resultaba impresionante. Por uno de los lados se divisaba otro pueblo vecino al abrigo de una montaña y separándolos un río, no muy caudaloso pero si embravecido, que surcaba el valle de norte a sur. Por la vertiente opuesta, una inmensa llanura permitía adivinar pequeñas poblaciones diseminadas a decenas de kilómetros.

 

Inés cursó sus estudios de secundaría en la capital de la comarca, tras lo cual se licenció en  derecho. Trabajó un año con un contrato en prácticas y después se asoció con dos personas para montar un despacho. La fortuna les sonrió y el negocio floreció de manera optimista. Pero un día se cansó de la vida en la gran ciudad. Precisaba un cambio. Barruntó volver al pueblo y al final se decantó por ello. Siempre le atrajo la idea de vivir allí, lo mismo que lo hacían sus padres y su hermano mayor. Ansiaba otro modelo de vida y creyó que un entorno rural se lo podría porporcionar. Comería de lo que cultivase y de los animales del corral. Siendo realista, no necesitaba apenas nada de lo que le ofrecía una ciudad. Sus grandes pasiones se centraban en la lectura y en la escritura. Varios borradores de ensayos y alguna que otra novela a medio acabar aguardaban su atención. En el pueblo podría hallar el solaz y el sosiego necesarios.

Pero sin saber  el motivo, llevaba meses llorando. Y lo hacía de un modo extraño, cortado, rápido, con ganas de concluir. No encontraba una razón plausible. Acaso el motivo residiera en que se equivocó al dejar la ciudad. Que en el pueblo, su dicha no lograba alcanzar las cotas deseadas. Aunque gozaba de la ventaja de la juventud no reunía fuerzas para escapar de esa congoja que la atenazaba. A menudo definía su existencia como una vida de juguete.

Muy frecuentemente caminaba hasta el extremo más elevado y pasaba las horas abstraída, observando cómo discurría el río, envidiándolo por su rebeldía;  porque de vez en cuando se salía del curso, plantando cara a los límites establecidos por la naturaleza. Otras veces, paseaba hacia el extremo opuesto y  sentada bajo la sombra de un quejigo, se consolaba al contemplar tal inmensidad. Meditaba sobre la dificultad de discernir cuál de los muchos existentes era el camino correcto. De regreso a su casa, se distraía pensando en la presente ausencia de alguien, alguien que aún no conocía.

Y ese era el devenir de Inés. Días agridulces, días en los que convivía en perfecta armonía con la belleza, con la comodidad del lugar y con un vacío interior incapaz de clasificar. El mundo y ella no bailaban al mismo compás. Ni siquiera entonaban la misma melodía.

 

Sobre los habitantes del pueblo no había mucho que contar. Tan sólo tres de las casas, incluyendo la suya, permanecían habitadas.

Una de ellas la ocupaba una solitaria anciana, que gustaba poco de las relaciones sociales y de la cual nadie sabía la edad. La calificaban de persona sabia. Decían que había olvidado muchas más cosas de las que cualquier otra pudiera llegar a conocer jamás; que llevaba tanto tiempo muriéndose, que parecía que lo fuera a hacer constantemente, que ese fuera su modus vivendi; que todo lo bello y maravilloso de su persona contrastaba de forma brutal con su casa. La palabra leonera adquiría en su caso rango de zona residencial; ella habitaba una auténtica pocilga. El polvo y la porquería se paseaban ora aquí, ora allá, a sus anchas, con total impunidad y con ansias de viejos conquistadores. No  quedaba un solo rincón por colonizar.

La otra la ocupaba un solterón de unos cuarenta  y cinco años, al cual, el regreso de Inés lo colmó de esperanzas y satisfacción. Andrés trabajaba las tierras y el ganado, lo mismo que la familia de Inés. Como cualquier otra persona, atesoraba defectos y virtudes. Esto complacía a Inés, que tachaba de mala persona a la que sólo poseía virtudes y ningún  defecto. Su principal punto negativo descansaba en el hecho de que ignoraba lo suficiente como para hablar con maestría de todo. Y una de sus virtudes, que le complacía obsequiar con regalos a sus allegados,  sobre todo a Inés. Ella lo consideraba un amigo, aunque a veces se lo pusiera muy difícil, pues de manera inexorable intentaba derivar su relación hacia un posible noviazgo. Pero Inés conseguía mantener muy bien las distancias, y también su amistad. Opinaba que para conservar a los amigos es preciso tener el valor de aguantar sus obsequios. En ocasiones no podía ocultar su enfado por esa obstinación suya a querer besarla. Entonces Andrés se enfadaba también, capaz de no hablarle durante días. Cuando eso ocurría, Inés se convencía de que  debía de gustarle de verdad, sino, no se mostraría tan antipático con ella.

 

Un día de tantos, tan hermoso como el que más, subió Inés a lo alto del pueblo, y mientras presenciaba absorta el rápido fluir de las aguas, comenzó a llorar desconsoladamente. No como de costumbre. Esa vez lloraba profusamente, con sollozos que pondrían la carne de gallina hasta a las piedras.  Así estuvo horas y horas, y mientras lloraba, un torbellino de ideas atravesaba su mente. Se decía a si misma que llorar no la desacreditaba, que las personas están compuestas de ingredientes humanos. Pero por otra parte le irritaba que hasta su debilidad se mostrara más fuerte que ella misma. Con el sol casi oculto, bajó al pueblo.  Su madre le preguntó qué tenía, que estaba muy pálida. Respondió que nada, que fue tan solo un momento de nostalgia.

Al día siguiente, al rayar el alba, se encaramó de nuevo a su lugar preferido y continuó llorando. Y así un día tras otro, una semana tras otra, un mes tras otro, un año tras otro. Inés no pudo verlo, las lágrimas anegaban sus ojos, pero lo que antes fuera un precioso valle, se transformó en un inmenso lago. Las gentes del pueblo vecino los visitaban frecuentemente con modernas barcas motoras, atravesando las aguas ligeramente saladas, que no eran otra cosa que la vasta pena que Inés guardó durante años dentro de sí. Ni los que se recreaban en el lago remando ni los que vivían en los pueblos limítrofes ni nadie que fuera de pícnic a las inmediaciones lo miraban directamente. El aire susurraba que quien lo hacía se empapaba de toda la aflicción acumulada en sus profundidades.

El lugar se convirtió en un enclave majestuoso, de un atractivo incomparable. Las aguas reflejaban las mismas irisaciones verdeazuladas de los ojos de Inés e incluso conservaban su miopía, pues a pesar de su infinita transparencia, no se distinguían con claridad las especies acuáticas que allí habitaban.

Todo lo oscuro de su pasado y lo poco claro del presente lo lloró. No le quedó ni una sola lágrima de tristeza. Lloró la impotencia que le producía ver envejecer a sus padres; la constatación de que nunca más se podría divertir como a los veinte años; que se distanciaba de sus amigos cada vez más; que su carácter, si bien afable, mutó en otro más inestable e impredecible; que la vida es igual de dura la vivas donde la vivas; que la apatía y la congoja la atrapaban como una tela de araña de la cual no se podía desenmarañar; que no podía adaptarse tan bien como  pensaba al mundo que le había tocado vivir y en definitiva, que no podía predecir ni siquiera su futuro más inmediato.

 

Todos esos años tardó Inés en ser feliz.

Desde entonces, sólo lloró de alegría.

 

FIN.

Publicado la semana 14. 08/04/2021
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