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Miguel Angel

Antolina un sábado cualquiera

A Antolina le gusta desayunar. A Antolina le reconforta el aroma del café y el olor de las tostadas recién hechas. En pijama, se mueve por la cocina de manera maquinal, sin pensar en lo que hace, interpretando esa escena tantos años ensayada.

En las mañanas de invierno, cuando la niebla no acongoja el alma, disfruta fumando un cigarro acariciada por los tímidos rayos de sol que se cuelan por entre los visillos. Todavía con trocitos de pan con mermelada entre los dientes exhala el humo, que propulsado, choca y se enfrenta a la luz cada vez más intensa del día que renace.

Es sábado y por tanto no ha concebido plan alguno que  inquiete y altere su parsimoniosa y vehemente disposición de no mover un pie antes de pedir permiso al otro. Recoge la mesa y deposita la vajilla sucia en el fregadero. Mira de reojo la lavadora y reconoce que necesita su ayuda. Con desgana manifiesta va a la habitación y vuelve con el cesto de ropa sucia. Mientras el electrodoméstico trabaja, se complace en prepararse otro café, llevarlo a la mesita auxiliar y sentarse en el sofá a leer un rato.

Antolina en realidad no lee; el libro hace las veces de espejo que refleja su conciencia, su memoria, su entendimiento. Contempla al paso de las páginas las imágenes proyectadas y de esa manera tan poco ortodoxa, pero no exenta de un agradable placer, va trazando un poco exhaustivo esbozo de como transcurrirá ese fin de semana recién comenzado. Decide premiarse con un paseo en cuanto haya tendido la ropa. El frío que se adivina no la intimida. Prefiere la severidad  de esa estación a la del corrosivo verano; aunque preferiría que fuera primavera. Quien no.

Antolina cuenta en su armario con varias botas y zapatillas de deporte, pero por alguna razón que sólo ella desconoce, casi sin excepción, utiliza siempre las mismas. Observa con reprobación mientras se las calza que aún le quedan restos de barro de anteriores caminatas. Antolina no cepilla las zapatillas, no le gusta o le da pereza. Piensa que para qué va a perder el tiempo en algo que la llevará sin remisión al mismo punto de partida. Antolina lo niega pero el lazo de los cordones lo anuda al revés, no de derecha a izquierda, sino de izquierda a derecha. El detalle, que carece de importancia, la dota de una peculiaridad que permitiría reconocerla entre un millón. Ella lo niega e incluso se molesta. Como aquello que asumimos como correcto por la rutina al paso de los años, desoye la nimia crítica, puede que constructiva.

Ataviada con una recia chaqueta, con un vistoso gorro de lana y con unos guantes que aún no ha perdido, sale de casa. En el patio se da cuenta de que no ha cogido dinero y debe de regresar. Aprovecha y decide colgarse en bandolera un bolso pequeño en el que además introduce el tabaco y el mechero. Ah, y el móvil.

La mañana la recibe con un cachetito gélido que le provoca un respingo. Pretende alejarse de las calles y alcanzar los extrarradios con la mayor celeridad posible. Su objetivo se ve cumplido con prontitud y facilidad, la ciudad es pequeña y en apenas diez minutos se encuentra en la rivera del rio que la surca. A Antolina le gusta contemplar, le gustan los detalles. No le importa detenerse ora aquí, ora allá; habla a la familia de patos que felices y pizpiretos se desplazan de modo errático a favor de la corriente, a contracorriente y transversalmente; felicita al río por su fluido, limpio y reconfortante cauce; reconoce aves que, rezongonas, la examinan con curiosidad. Antolina traza planes para ese sendero. No comprende como el Ayuntamiento o la Comarca o ambos a la vez posponen un adecuado adecentamiento. Es acaso la parte más bella de la ciudad y la más olvidada. No le parece justo.

Antolina se preocupa de aspectos que para otros pasan desapercibidos. Concienciada con el medio ambiente, con la justicia social, con las políticas de igualdad, con la ecología y la contaminación, nunca ha llegado a comprender porque existen personas, organizaciones, partidos políticos y actitudes tan poco solidarias y coherentes con el entorno. Se molesta por ello y se acalora. Acelera el paso para combatir su rebeldía interior y decide cambiar de pensamiento y a duras penas lo consigue.

Se va sosegando conforme se aleja de la ciudad, rio arriba. Sopesa que hará para comer. Desde el jueves revolotea entre sus apetencias unas alcachofas al horno. Aprovechará el mercado de la plaza para aprovisionarse. A Antolina le encantan los mercados. Defensora a ultranza del comercio de proximidad, los puestos de frutas y verduras se le antojan como una de las mejores apuestas en ese sentido. Conservarlos es tan necesario como adecuado. Casi tropieza con una raíz, tan abstraído discurre su caminar.

Tras una estimulante hora y media de marcha se adentra por las callejas del casco antiguo hasta que se topa de bruces con el bullicioso zoco. A Antolina le gusta hablar, mucho. Es uno de los mayores obstáculos que sus propósitos deben de sortear para lograr una meta, cualquier meta. Antolina habla con conocidos, con amigos, con tenderos y con clientes. Cuando parece que ha conseguido salir de esa madeja, de forma insensata atiende al móvil. Lleva cerca de cuarenta y cinco minutos en el mismo puesto y el vendedor ha dejado (desesperado) aparcada su bolsa a medio completar y se ha dedicado a otros clientes.

Necesita pan. Antolina incapaz de adquirirlo en cualquier panadería, tan sólo se aprovisiona en una en particular. Es consciente de que como no se apresure van a cerrar, son ya las dos pasadas. No solo corona la cima del establecimiento con éxito, sino que se permite el lujo de departir unos minutos con la oronda y de normal sonrojada propietaria.

Cuando ya parece que va a alcanzar el portal de su casa, el encuentro fortuito con un conocido la conduce de modo irremisible a un bar. En su opinión, merece un aperitivo como receso a tan ajetreada mañana. Deposita las bolsas de la compra al pie de la barra y piden unas puntillas y dos cañas. Antolina no es de comer pronto. Debido a su trabajo, y quizá a las costumbres adquiridas, nunca lo hace antes de las cuatro. Aun así sabe que no conseguirá comer esas alcachofas. Acaba de entrar otro amigo con espíritu emprendedor e invita a una ronda. Antolina no antepone excusa y acepta con debilidad y agradecimiento.

Abre la puerta de su piso a las cuatro y media. Con bastante juicio no cree prudente comenzar a cocinar. Así es que ordena la compra en estantes y nevera y se tumba en el sofá a descansar. Antolina no es de siestas. No concibe dormir si no es por la noche. Es más, piensa, en épocas en donde el milagro del reposo le es robado, que dormir al mediodía significa no hacerlo de noche. Aun así consigue cerrar los ojos y dejarse acunar por los brazos de Morfeo, que por miedo, no la arrulla con demasiado empeño.

No han transcurrido ni veinte minutos. Se levanta, vacía los restos de la cafetera en la taza ya usada y se vuelve a sentar con el portátil. Indagar por internet no lo ve inapropiado. Antolina es curiosa y se siente orgullosa de pertenecer a ese grupo de seres humanos documentados. Aunque no a menudo lo consigue, rehúye de conversaciones tabernarias en donde el alcohol dicta las palabras desinformadas y carentes de contexto.

Cerca de las siete abandona el ordenador en un extremo del sofá y va a la cocina. No ha podido apartar las alcachofas de su cabeza en todo el día. Con más pereza que pericia y con  más gula que predisposición, las limpia y coloca en una bandeja que introduce en el horno precalentado. Casi al final del proceso extrae la fuente  y coloca trocitos de jamón por encima, para que tan sólo derramen una grasa salada y jugosa. Cenamerienda con hambre y verdadera devoción.

Un par de llamadas, tres a lo sumo, aguardan su atención, pero se siente agotada. Cada una de ellas podría ocuparle más de media hora. Decide darse una ducha relajante, sin prisa, con la parsimonia que la caracteriza. A Antolina le gustan mucho los jabones. En el armarito del baño y al lado de la bañera acumula una extensa variedad, líquidos y sólidos. El vaho que inunda el reducido recinto la deleita y le infiere un aurea de seguridad y de confort. Se enfunda un pijama limpio, se calza unas zapatillas y se protege con la bata del frio repentino que le produce salir de esa nave espacial. Va a la habitación, enciende la lamparita de su mesilla y deja un libro sobre ella. Se lo prestaron semanas atrás y pretende acabarlo para devolverlo. No sabe si lo conseguirá. Va a la cocina, se prepara un vaso de leche y se lleva con él un trocito de chocolate amargo con incrustaciones de naranja. Adecua dos almohadones en su espalda.

Intuye que no aguantará mucho leyendo. Es posible que en que acabe el vaso de leche le venga un sopor irresistible. Entonces, depositará el libro inconcluso sobre la mesilla, apagará la luz y se sumergirá en los mundos no delimitados, infinitos y mágicos que comparten las sábanas y su bello mundo interior.

 

FIN

Publicado la semana 13. 03/04/2021
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