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Miguel Angel

Amigos de la infancia

Atilano, provecto e inquieto ciudadano de Batán del Monte, paseaba despreocupado saboreando la soledad  calma de sus calles. La población, de apenas dos mil habitantes, se cruzaba en un pispás. Sin embargo, atendiendo al ritmo marcado por su despiste y por su gastado aparato locomotor, tan apenas  recorría unos metros, incapaz de parar ora aquí, ora allá, interponiendo las más endebles excusas. Pretextos que nacían y morían en su imaginación, pero que se los repetía como si él mismo necesitara justificar cada uno de sus actos.

Se encontraba embelesado contemplando unos distinguidos sombreros a través del escaparate de Confecciones Dionisio. El cumpleaños en ciernes de su compañero del alma Decoroso le impelía una premura que atentaba contra su cachazuda y habitual disposición. Dada su avanzada edad, nadie conocido ni por conocer esperaba agasajo alguno por su parte. Tal y como se confesaba con Decoroso, tanto familiares como allegados habían pasado a mejor vida. Ni siquiera conocidos casuales de épocas remotas podían contar con su generosidad. Por esa razón y ninguna otra, el cumpleaños de Decoroso se le presentaba año tras año como la fecha más destacada del calendario.

A Decoroso lo conocía desde la infancia. Ya en párvulos eran uña y carne, tal y como se suele denominar a una relación tan estrecha. Ni las vicisitudes de la vida ni las desgracias y momentos de dicha consiguieron romper una relación, que si bien no siempre íntima, gozó de cercanía y camaradería. En el colegio iniciaron la hermosa costumbre de intercambiarse presentes. Los ojos de Atilano se humedecen al recordar el sacapuntas metálico que su colega le entregó una mañana en el recreo. «Por tu cumpleaños. Felicidades». El parco y suficiente discurso de Decoroso fue la mecha que provocó que su infantil cuerpecito se estremeciera y bamboleara como las ramas de un sauce en temporadas ventosas.

Recuerda que no le correspondió. Se sintió mal por ello. Todavía le duele tantos años después su falta de agradecimiento. En el curso siguiente intentó ahorrar unos céntimos y decidió que el obsequio se ajustaría al capital acumulado en fechas próximas a la conmemoración. Compró un número especial del Pequeño Luchador. Tan sólo la expresión de asombro de Decoroso fue capaz de borrar el malestar que le produjo su anterior falta de tacto.

Decoroso se pirraba por los sombreros. «Nada de boinas, me hacen parecer viejo», soltaba a menudo. Atilano dudaba entre un “Panamá”, muy elegante en color claro y un “Fedora” de tonos más oscuros. Este último conjuntaría a la perfección con la bufanda a cuadros que le compró el aniversario anterior. Atilano no se percataba del tiempo que empleaba en esto o en aquello. Carecía de la consciencia del paso de las horas o en el mejor de los casos, se hallaba esta tan deteriorada como otros puntos de su memoria. Los escasos paseantes que lo contemplaban parado como un pasmarote ante la cristalera sonreían con ternura. Alguno llegó a preguntarse si había muerto de esa guisa, pero el cambio de peso de un pie a otro despejó tamaña duda. Como un bebé que aprende a caminar, arrancó de repente y entró.

Dionisio, el auténtico, el original, el que daba nombre al establecimiento, lo saludó con despreocupación, tan ocupado se mostraba atendiendo a una distinguida dama. A Atilano se le antojó mayor para el dependiente, que aunque bien entrado en los sesenta debía de ser un tanto más joven que la clienta. A Atilano le dio la impresión de que Dionisio coqueteaba con ella, pensamiento absurdo pero no por ello menos certero. Tras unos exasperantes quince minutos, la señora, una vez hubo satisfecha la deuda y recogido el elegante paquete que Dionisio le entregó en un llamativo papel de  regalo, se despidió con galantería y distinción, sin reparar en la presencia de Atilano que paseaba inquieto entre los estantes. Mientras contemplaba a la dama dirigirse a la puerta, creyó reconocerla; la cara y la fisonomía le resultaban familiares. Bien podría satisfacer su curiosidad preguntando al comerciante, pero antes muerto. Se prometió pensar en ella de camino a casa. Se decantó por un “Fedora” de modo resuelto, acabó la diligencia en menos que canta un gallo y dirigió su penoso caminar rumbo al hogar.

 Una vez se hubo desprendido de los guantes, del abrigo, de la bufanda, de la gorra y de la chaqueta, se enfundó la bata de felpa a cuadros y se dispuso a preparar un caldo revitalizador y necesario para combatir el frío interior que la fantasmagórica imagen de esa mujer le produjo. Mientras el fuego y el agua obraban el milagro de convertir los ingredientes en alimento, se sentó en su sillón de lectura con un vetusto volumen de Valle-Inclán, pero no llegó a abrirlo. Lo dejó descansar en su regazo y mientras encendía una pipa no paraba de darle vueltas  y más vueltas al rostro de esa señora. Pidió disculpas en silencio al escritor por mostrarse tan irreverente y falto de respeto hacia su obra; no conseguía serenarse.

Esa tarde pasó con más pena que gloria y tras cenar se fue a la cama. Preparó su bolsa de agua caliente, colocó dos almohadones bien mulliditos en el cabecero y dejó en la mesilla una tisana con miel. Haciéndole sitio a su vera, prometió a don Ramón María que lo leería al menos quince minutos.

 

Decoroso lo había invitado a comer en su casa al día siguiente. Decoroso disponía de una renta mucho más jugosa que la de Atilano. El haber trabajado en la ENHER le procuró una más que cómoda jubilación. Al igual que acostumbraba en esa fecha singular, contrató a una jovencita que cocinó para él e hizo las veces de camarera y servicial asistenta. Atilano disfrutaba con esa pequeña punzada de placer que la servidumbre, muy alejada de su rutina y posibles, le confería. La comida discurrió por los cauces previstos. Ambos se mostraron locuaces, mordaces e incluso audaces en sus comentarios. Solían rememorar viejas batallas, sacar a colación a personas ya desaparecidas, bien amigos, bien enemigos e intentaban no tratar asuntos de salud ni de médicos ni por supuesto de medicinas. Conscientes de que esos temas nada aportaban a su estado de ánimo, se decantaban por asuntos más prosaicos y placenteros.

Ya en los postres, Atilano le entregó el paquete primorosamente embolicado por Dionisio. Decoroso, incapaz de disimular y mentir, no ocultó su satisfacción al contemplar el bonito tocado. Haciendo gala de su socarronería se lo colocó en la cabeza y le pidió a la chica que le trajera la bufanda, que seguramente estaría en el perchero de la entrada. Se la enrolló en el cuello y preguntó que qué tal. Atilano y la chica contestaron al unísono que le sentaba de maravilla.

Aunque por prescripción médica, por edad y por lógica no debían de consumir alcohol, ninguno de los dos se quiso privar de una buena copa de coñac. Decoroso solicitó a la asistenta que sacara las copas guardadas con reverencia en la vitrina de la sala de estar. Atilano encendió su pipa y Decoroso un llamativo y caro Cohiba que resultaba ridículo, por lo grande, entre sus enjutos dedos.

De repente sonó el timbre. Atilano miró sorprendido a su anfitrión y este sonrió por toda respuesta. La chica fue a atender la puerta y volvió acompañada de la distinguida dama que Atilano viera la tarde anterior en el bazar de confección. Críspula desaprobó con un gracioso rictus el ambiente tabaquil e insano de la habitación. Atilano, como atraído por un imán, la siguió con la mirada mientras se despojaba del abrigo, entregaba a la chica una bandeja de pasteles y a Decoroso y a él sendos paquetes. Atilano, en un tris de aclarar que no celebraba onomástica alguna, fue interrumpido por ella, asegurándole que el regalo de Decoroso tan solo intentaba disimular su verdadero propósito, que no era otro que agasajarlo a él. Atilano, cada vez más confundido y procurando por segunda vez articular palabra, fue frenado en rápida réplica por Críspula. Esta parecía divertirse con la escena. También Decoroso.

Atilano se dispuso a desembrollar el presente ante la atenta mirada de los dos e incluso de la joven, que desatendió sus quehaceres para acercarse de manera cotilla e inapropiada al borde del escenario. El paquetito contenía unas cartas; unas diez, quince a lo sumo, sujetas por un cordel y coronadas por una tarjeta atravesada por uno de los extremos del lazo.

Atilano, cada vez más perplejo, no conseguía averiguar qué es lo que estaba ocurriendo ahí. «Abre una», sugirió con determinación Críspula. Atilano obedeció procediendo como solo un escolar bien instruido haría. Extrajo un papel amarillento doblado por la mitad y relleno con una letra infantil e irregular. En lo primero que se fijó fue en la firma, Atilano. Y entonces fue como si un fuerte mazazo lo hubiera golpeado de repente, con energía. «¡Críspula, claro!», aquella niña de la que se enamoró perdida, loca y fatuamente a los dieciséis. ¿Cómo pudo olvidar el nombre, olvidarla a ella? El rostro hubiera sido imposible recordarlo, setenta años no pasan en balde, pero no así los andares y el porte. Eso es lo que le resultó familiar en la tienda. ¿Qué hacía Críspula en el pueblo? No la había vuelto a ver desde que se marchó a cursar bachillerato a la capital de la comarca. ¿A qué venía todo eso tantos lustros después?

Críspula pidió a la muchacha una infusión de té verde con menta y una copita de un licor anisado. Una vez sosegados los ánimos, se dispuso a desvelar el misterio que su presencia encerraba y descolocaba al invitado Atilano. Como necesitando aportar una prueba en un juicio, entregó a este otro pequeño fardo sin envolver. No eran más que unos cuantos sobres más. Críspula disipó la duda, se trataba de las epístolas que no fue capaz de enviarle. Conocedora del amor desbocado, irracional y sincero de Atilano, ella no tardó en caer también en los brazos de Morfeo. Más vergonzosa y huidiza que él, quiso corresponderle pero no se atrevió a que ser humano alguno, y menos él, conociera los entresijos de su corazón. Ese amor fue creciendo como una semilla abonada por el paso de los días y de las noches. Críspula jamás olvidó a Atilano, ni los bonitos sentimientos ni las atrevidas palabras plasmadas en su correspondencia. Ningún hombre en su vida supo mostrarse a la altura de intenciones tan elevadas. Ningún hombre fue capaz de borrar las palabras de Atilano de su memoria.

A las puertas de la muerte, un cáncer le estaba devorando las entrañas, quiso verlo por última vez. Deseó entregárselas en el aniversario de Atilano, pero consciente de que no llegaría  a tiempo, pidió a Decoroso que le permitiera complacerla en el suyo.

Atilano rompió a llorar desconsoladamente. La adolescencia retornó a su cuerpo sin apenas apercibirse. No recordaba lo escrito, pero sí lo mucho que la amó y cómo la odió por creerla indiferente y fría; lo rápido que la olvidó y de qué manera tan oportuna desapareció de su vida y de su mente por siempre jamás. Y ahí estaba ella, en la antesala de la muerte, confesándole su amor y que ya era tarde para recuperar los momentos perdidos.

Críspula le cogió la mano y se la estrechó tan fuerte como pudo. Atilano hizo lo propio y por fin se atrevió a contemplar sus ojos, tan hermosos como cansados, tan profundos como cercanos, tan llenos de lágrimas como los suyos.

Decoroso sonreía. Orgulloso de haber obrado adecuadamente, se congratulaba de  verlos ahí tantas décadas después, recordando su amor en silencio y quizás pactando algún eterno plan de futuro para la otra vida.

La muchacha dejó de trabajar de forma decidida y se sentó con ellos en la mesa. Le quitó la servilleta a Decoroso y sin tapujos ni miramientos comenzó a secarse las lágrimas y a limpiarse los mocos.

 

FIN

Publicado la semana 10. 11/03/2021
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