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Miguel Angel

Enzo (Cap. 1)

Aquel  era un enclave curioso, y no solamente por la situación geográfica. El rincón se conocía por un solo motivo y se ignoraba por todos los demás.

Oficialmente aparecía en los mapas y en las guías turísticas como un pueblo, como un pequeño núcleo urbano, casi diminuto se podría matizar, constituido por apenas diez casas. Existen aldeas más grandes que jamás han alcanzado el calificativo de pueblo. Su nombre lo omitiremos de momento. Intentaremos forzar en usted un ejercicio mental, por si le suena y es capaz de adivinarlo antes de que lo desvelemos.

Como suele ocurrir en estos pequeños grupúsculos poblaciones, las casas no se distribuían ni mucho menos de modo regular. Las edificaciones se diseminaban como si cada una portase la misma carga eléctrica y la inherente repulsión entre ellas provocara que se alejaran lo máximo posible. Aun así, no lo conseguían lo suficiente. Se encontraban alejadas, pero no lo bastante como para que cada vecino no supiera si otro iba o venía, si estaba o no estaba, lo que hacía o lo que dejaba de hacer.

Además  de la población existía un pequeño hotel, en realidad un balneario. Lo había sido desde antiguo. En todo el mundo son conocidas las propiedades sanatorias de las aguas termales, y no solo por su temperatura, sino también por el beneficio derivado de su composición mineralógica. Desde hace siglos, estos parajes sitos siempre en las faldas de montañas, se han explotado, vamos a decirlo así, como centros de reposo y salud. Si bien es cierto que males como reumas y artritis son más propios de la ancianidad, en los últimos tiempos, gentes de todas las edades y condición disfrutan de un fin de semana en hospedajes similares.

El balneario que nos ocupa se mantenía a flote, sobre todo y de forma mayoritaria, gracias a los viajes del IMSERSO. Autobuses repletos de ancianos recalaban en él, inducidos por la creencia de que el poder milagroso de las aguas y la paz del entorno conseguirían lo que el abundante pastillaje que ingerían a diario no  lograba.

Y para mayor desconcierto del lector, y de mí mismo debo admitir, a un kilómetro del hotel-balneario, aproximadamente, existía una fonda. Un turista ajeno a la rutina local y a su historia podría pensar que el dueño de la fonda se había instalado en esas latitudes por fastidiar al hotel; nada más alejado de la realidad. Los habitantes de la zona saben, porque así se ha ido transmitiendo de generación en generación, que esa fonda lleva allí desde la Edad Media, o antes si me apuran. Yo de historia sé lo mismo que de taxidermia o de papiroflexia, pero les animo a que ustedes se ilustren en una buena enciclopedia, llamada hoy internet. La fonda se ubica donde se ubica, merced no a una casualidad ni a un capricho del fundador. El camino que separaba el territorio que nos ocupa con el valle aledaño pasaba  inevitablemente por allí. Piénsese que en épocas pretéritas, incluso remotas, los viajes se recorrían a pie y la carga se realizaba por medio de caballerizas. Antes de iniciar la dura cuesta que conducía al puerto, se debía ascender un penoso y tortuoso camino. Y en la fonda los viajeros reponían fuerzas, bien alimentándose, bien disfrutando de un sueño reparador, bien de ambas maneras.

Lo del balneario vino después. Que de la montaña surgía agua atemperada lo sabía hasta el más despistado. Ya en aquellos años tan distantes, los aldeanos gustaban de darse baños calientes en singulares pozas que el líquido elemento formaba en los recovecos de las rocas. Todo resultaba idílico, como en un cuento de Andersen, hasta que empresarios de entonces, con una avezada visión comercial, decidieron que explotar aquello podía resultar una buena idea. Cuando se invierte en un negocio en plena naturaleza, suelen ser  empresarios de ciudad los que aportan el capital. No pretendo sentenciar  ese sector de la sociedad, yo pertenezco a él y por eso también sé de lo que hablo. Las gentes de ciudad suelen poseer un conocimiento de la vida rural rayando la nulidad. Desconocen cómo viven los lugareños, las necesidades diarias que precisan y  lo más conveniente para su supervivencia. No insinúo que los consideran lerdos, exageraría, pero barrunto que se creen más listos que ellos. Y sobre todo, que el poder del dinero puede persuadirlos de casi todo. Eso es lo que pensaría el primer inversor que rumió la idea. Cuando llegó y contempló semejante desamparo y la diminuta población, elucubró que eso era pan comido. Se debió sentir como un gran conquistador que ha descubierto a unos indígenas y que su misión no era otra que cristianizarlos, convertirlos para que viesen la luz, la luz del mundo civilizado. Así es que ese astuto inversor, haciendo uso de sus influencias y saltándose, no ya las leyes, que probablemente no existirían en esa época, sino evidentes normas no escritas inculcadas en el interior de cada uno, inundó el paraje de material de construcción y de obreros. Todo para levantar un edificio, canalizar el agua y darle la forma que a los señoritos de la ciudad les podría agradar. Así es como nació el hotel-balneario.

En honor a la verdad, no todo fue negativo al principio. Si bien la paz y la tranquilidad  habitual se vieron menoscabadas por la ingente presencia de turistas, en el valle nació lo que ahora se conoce como riqueza turística. Para el humilde ganadero que subsistía merced a las vacas y a las gallinas, este hecho era irrelevante, pero para los restaurantes, hoteles y tienditas, fue notable la repentina visita de extraños dispuestos a gastar su dinero.

El hotel fue pasando de mano en mano con el devenir de los tiempos. El agua es una concesión del gobierno. Digamos que el agua no tiene dueño, pero las instalaciones sí, y estas han ido cambiando de uno a otro, se han ido comprando y vendiendo un sinfín de veces. En períodos más recientes, quizás imitando a otras demarcaciones de características parecidas, se empezó  a embotellar el agua para su comercialización. Esto otorgaba un plus añadido a la riqueza económica local. Casi todos los trabajadores de la planta embotelladora residían en el pueblo o en otros próximos.

Por todas estas razones, los propietarios del hotel no deberían de preocuparse por la existencia de una pequeña fonda. De acuerdo, sirven comidas y cenas, alquilan habitaciones, pero ese modesto negocio representa una minúscula gota de agua al lado del balneario.

¿Por qué una persona se alojaría en la humilde fonda antes que hacerlo en el hotel? Para empezar, por el precio, claro está. Y para continuar, porque hay turistas que acuden a ese destino para disfrutar de la naturaleza. No les interesa o no se sienten atraídos por los circuitos termales y ni siquiera les atrae beber el agua que allí embotellan. En sus cantimploras descansa el agua del grifo, la de toda la vida, que si hasta el momento no les ha perjudicado, no lo va  hacer ya nunca. Esos turistas quieren disfrutar de la montaña, de los paseos por la fronda, del frescor de los bosques en verano y de los paisajes nevados en invierno.

Habría que añadir que existe una fórmula intermedia. La de aquellos que se hospedan bajo los lujos y parabienes del hotel tan solo por el trato más refinado; o sencillamente porque a Joaquín (el dueño de la fonda) no le quedan plazas disponibles.

La orografía del sitio merece una descripción; breve, no se me asusten. Tanto las casas, como la fonda y el hotel se hallan ubicadas a los pies de una montaña de unos dos mil quinientos metros de altitud llamada Bontur. El topónimo no proviene del francés, ni siquiera del catalán. No se deriva de Bon Tour, aunque la idea no es mala. La montaña se llama así desde que es montaña. El nombre se lo adjudicaron los dioses y sólo ellos disciernen la razón. El Bontur abriga a las construcciones en uno de los lados del valle. En los otros, el pueblo se encuentra perimetrado por dos sierras de menos altitud que representan la frontera natural con las comarcas aledañas. Muchos de los turistas prefieren sufrir esos apenas seis cientos metros de desnivel, antes que lanzarse u osar desafiar al Bontur. Y la verdad es que vale la pena. Una vez alcanzadas las cotas más altas, se puede disfrutar de agradables vistas de las dos vertientes. No existen paseos llanos, muy apreciados por personas mayores y vagos redomados. Por esos lares tan sólo se puede ascender y descender. Pero esa dificultad, además del aislamiento congénito, le confiere un aurea muy atractiva para los que buscan sosiego y el encuentro consigo mismo. Allí se respira pura naturaleza, no hay carreteras ni fábricas ni motores ni siquiera una voz más alta que otra. Si lo que uno busca es retiro y olvidarse del mundo por unos días, es el destino idóneo.

El pueblo se llama Bontur, naturalmente. Pero como se imaginarán, no les estoy contando todo esto a modo de reclamo publicitario, de guía turística. ¿Lo está pareciendo, verdad? Desde luego que les aconsejo que lo visiten, pero mi historia se aparta bastante de la descripción paisajística. Yo quería hablarles de Enzo, uno de los habitantes del lugar.

 

Publicado la semana 1. 09/01/2021
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Donde sea y cuando sea, pero en soledad
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