52
Manuel Avilés

Apuntes caros

 

En la terminal de una palabra inconclusa, podía ver su mano pegada a una pluma cualquiera: obscura, opaca, firme a los dedos y frágil a la hoja. El ápice del instrumento, no obstante de su simpleza y significado propio, mecía un metrónomo fuerte y sustancial

Luego el bobo del balcón preguntó: ¿Por qué comenzar con enero si hay un chingo de meses? Y yo, fino, concreto, determinado respondí: Porque sabrás, mi estimado contiguo, que enero es una fecha de preludios e ilusiones, el motor de una tendencia social subdividida en doce segmentos que no pueden, ni deben, partir del centro ni del clímax. Miento, le dije: ¡Le vale madre, viejo chismoso!

Entonces, así comenzó uno de los años más extraños de mi vida: ciento cuatro después de títulos de bolcheviques mañosos; ciento noventa y uno luego de que mataran al revolucionario Bolívar; doscientos quince apenas del nacimiento de un popular “indio” oaxaqueño; diecisiete para que una plataforma digital en la que en fotos, originalmente, indagara cuanta cosa me viniera a la cabeza; y sobre todo, noventa y nueve para que un sujeto con sombrero pidiera permiso al hacendado local de no laborar en jueves, fuera a casa a recoger un puñado de centavos, caminara por una vereda que lleva al riachuelo en donde, cabalmente, encontraría a uno de sus amigos y le hiciese un préstamo con réditos increíbles; tomara, este último, el amigo, la iniciativa para robar un caballo, comprar una botella de tequila y armarse de fuerzas para secuestrar a la chica que tantos días viniera cortejando, bajo ocho rechazos previos; así mismo, lograra su cometido, la tomara por la fuerza, la poseyera y engendrara seis creaturas. Entonces, si bien concreto el hilo, dichas creaturas crecieran, uno más de lo debido; cimentara también su vida, trabajando y trabajando; después repitiendo la fórmula, después casándose y procreando a un individuo que casi treinta años más tarde escribe pendejada y media los domingos por la noche.

No era un tipo delicado, más bien era un jugador del suspiro. Apostaba lo que quería saber contra una lata de cerveza. Roto por fuera, roto por dentro. Calcinado hasta los huesos, y con la mirada firme en la manija del baño del pequeño apartamento. Parecía una broma extraña el interior: nueve cubículos apuntando al espejo, libros de editorial barata, bufanda no estrenada, calzado deportivo, aceite de almendras, tijeras sin punta, por aquello de los accidentes; una garrafa de agua genérica y un par de toallas femeninas sin usar.

Enero fue un mes agridulce, Noviembre, antes dé, mostró los residuos que no pudo digerir y los donó al subgerente. Aun así, no hay argumento extraordinario antes del día cuarenta y cuatro.

Dios es una especie de conexión rebuscada por aquellos a quienes nos gusta encontrar conexiones rebuscadas en nuestra especie. Dos meses y medio llevaba yo en terapia psicológica. Realmente, fueron solo siete sesiones. A la segunda impuntualidad de la doctora, cuyo nombre comienza con “L”, y termina con “ourdes”, noté una triada de pequeños avances y el doble de retrocesos. “Lo sé, lo sé, la obligación del especialista no es convertirte a la religión que no te enseñaron tus padres, metafóricamente, pero es acertado suponer que una autobiografía relaja el alma de una forma tan placentera, apenas comienzas a escribir cosas en el cuadernillo que te regaló Mad, y concuerdas con el mundo”.

“N”, “ancy” se parece más a mí. ¡Claro! Te espera, pero hace ya muchos años que no le doy esa responsiva al ajeno. Sin embargo, y diría la ficticia tía, una ficticia frase: “Todo termina casi, casi igual de la forma en que comenzó.” Asistir a ella fue sugerencia de mi hermana, no quiso dar seguimiento a la autobiografía y se quedó en el dos mil seis. Me dijo que la ansiedad no es un pedo totalmente drástico; mencionó algo de una ardilla en mi cabeza, pero antes de culminar la última sesión, miró su reloj, después me dio una patada en el trasero y no recuerdo por qué no regresé.

Encontró cigarrillos nuevos, no por cuestiones de uso, meramente por novedad: marca distinta a la acostumbrada y más abundante, la industria mejora, la calidad decae, pero el cuerpo se acostumbra y se las sabe. La sutileza de lo importante no es el mejor proveedor de facturas. No recordaba la ventana: siempre es el mejor reloj ante partidas perdidas. Evidentemente sucia y lista para escapes improvisados; hoy no es el caso: el saco arrugado, el alma arrugada, el polvo, el vidrio.

Entonces, bajo el comentario de alguien que recuerda las fechas, redescubro que la sección hermosa comenzó en el día once, o doce. Que los animaniacs, la gatita malhablada, hoteles temazcaleros, etcétera. Puedo decirte, querida mía, que por mucho fuiste, y eres, lo mejor de un año bizarro. Culminé una carrera que trajo consigo un par de amigos y principios de mala salud, mas no importa, el precio es justo y los recuerdos, perpetuos. Un par de meses me quedé dormido en un sueño que afortunadamente he olvidado. Después no hice más, o tan poco que no lo recuerdo, pues si bien la máquina para no olvidar aun no está lista, te debo la vida entera por no haberme olvidado.

Sería un mago, ¿quién puede ser un mago? Pintaste tus labios. La “r” es importante. Gané el volado, ¡gané el volado!

Finalmente, el último mes, un resumen pasajero y la esperanza de un excelente comienzo, uno que en determinada borrachera, hubo de comenzar en el día después del diez, a media hora. Una trágica pandemia, mil fracasos, tres logros, cumpleaños abstemio, dudas, manos heladas, cincuenta y dos textos y tú. Tú.

No lo sé, no sé nada en absoluto. Trato de buscar la oportunidad desprendida de lo que aconteció y no me dio satisfacción. Lejos de pensar en la antigüedad, noto que lo que aparentemente es bueno, no lo es, y ese es el punto.

 

Tulancingo, Hidalgo, México; 27 de diciembre de 2021.  

Publicado la semana 52. 28/12/2021
Etiquetas
Compartir Facebook Twitter
Género
Relato
Año
I
Semana
52
Ranking
1 125 0