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Manuel Avilés

El principio perverso de los finales perversos (La máquina para no olvidar –Primera introducción-)

No hace falta sobrevalorar con antecedentes que ni para el escritor, ni para el lector, ni para el tipo, tipa, o “tipe” son importantes. El caso es que deben de fluir, tal como las despedidas, o en su defecto, los comienzos. Yo, particularmente, preferiría comenzar con las cosas que conozco, he visto y he leído (morando en la personalidad general del mexicano sin educación redactiva, juicioso, y propio del léxico nacional, aclaro). Dato tal, se las tiro de a pecho:

Lucía Belvis, una escritora muy muy joven, española, si no me equivoco, hace los mejores poemas que he leído en mi vida. No conozco absolutamente nada de poesía. No conozco nada de la forma en que vives (suponiendo que redacto en segunda persona). No conozco nada de nada; aun así, pienso pedir un deseo: sólo sé que en Plutón, Saturno, Marte, o en cualquier planeta digno de un buen diálogo, hablaremos de lo que sea. Tú tendencia por los astros cruzó un continente. Gracias. Eres una gota de amor, casi tirándole a torre, que, en mayúsculas, tiene lo que el mundo necesita.

En cierta ocasión, mis básicas lecturas, mi amor por los textos; por lo triste, o la finalización me hicieron pensar en Ramón. Ahí está el punto: una historia va con otra, “el bálsamo de la internacionalidad”, “el pibe de lo que queda en espera”, capítulo, capítulo. Finalmente, no hay satisfacción cuando la trascendencia culmina en una enfermedad. Hombre al que no conozco, ¡Mary es maravillosa!, espero quererla tan sólo con el 1% que tú. Gracias, Ramón. Quisiera yo hacer lo que tú haces. Ahí te van otras cien rosas, pero directamente para ti.

¡Hola, Enrique Plomo! Comprenderás que no me conoces, ni te conozco, ni nada de eso. Y aunque nuca pase, he de agradecerte algo: ¡amé del tres al cuatro! Fuera del título, concibo como irreal la grandeza de quien puede poner puntos suspensivos de una historia a otra sin permitir la irrelevancia. Por cierto, tuve un abuelo, y el de tu texto me partió el alma.

Sin querer, Sergio Carrillo, hubo un momento en que inmiscuí en tus haberes; tal caso surgió por “Nadie como tú”. Créeme que a mí, de algún modo me encantan las historias; dígase introducciones, clímax o desenlaces, cuando moran en los trenes, sus vías o sus andenes. Nadie como tú para regalarme tan bella introducción a esta plataforma.

Creo, Don Marc (en México le decimos “Don” al señor de respeto) que tus MICROMONÓLOGOS, desde mi perspectiva, claro, no son más que la opinión que cualquier individuo realiza hacía lo externo: satírico, individual, propio, excelso. ¡Es fantástica su iniciativa para dejar en claro que usted sabe lo que        quiere y hacia dónde va!

Has de saber una cosa, Francesco, aquí a los “Francisco” les decimos “Pancho”. Si no hay conflicto, con ese pseudónimo te nombraré en la siguiente línea. Yo lo veo, yo lo veo, yo lo veo, mi querido Pancho: ¡tienes un clímax hermoso!

Aunque complejo, debería agradecer a cada uno de los individuos, que desde el sur de mi propio continente, y hasta un extremo que conoceré pronto, aportaron para mi propia necedad de seguir presionando teclas en el computador, mientras bebo caguamas (cerveza, en botella de 1.2 litros); a todos los demás, también muchas gracias. Algún día nos veremos por ahí. Por el momento les dejo este, el penúltimo:

 

Le llaman Roberto Fragoso. Cuando nació, el nombre ya estaba escrito y la mirada borrada. Crece en el pico de un cerro olvidado que poco a poco el tiempo se encarga de difuminar. Las canas le brotan del cuero, la sal emana de su piel y las arrugas en el rostro comienzan a jugarle una prematura broma sucia. Roberto no va a la escuela, sabe que la vida no depende de ello y, aunque de esto dependiera, la situación es compleja, el viento tóxico se encuentra inmerso en el mundo, no hallará nada en esa angosta trinchera, existen más armas dentro de casa, en el campo y en las rocas.  El invierno desértico se diluye en la masa viscosa de su cabeza, sale sin mesura por su par de orejas largas, dando como regalo de olvido un aperitivo a la muerte. Mira al cielo, “Beto” piensa que algo se aproxima, los años cordiales le enseñaron a observar al mundo, la ceniza prematura del cielo, el llanto semiamargo del agua. Conoce el poder de los objetos que moran encima de sus cejas pobladas, ha visto la lluvia caer en veranos apenas perceptibles, mas hoy la tierra salada es un sustituto ingrato de la taza con agua fría que besa sus labios. Beto sabe que las cosas andan mal, peor incluso que antes, pero gana más  sobreviviendo, aun sobre las costras de lodo y los charcos pestilentes. En vano es comprender lo que ocurre, ¿por qué la tierra vibró? Es lógico. Ya no hay animales que llevar al cerro. El cardo, cada vez más abundante, no puede ser alimento de las creaturas que perecieron, de cadáveres podridos en el fondo del barranco, aquellos que al momento son la carroña de los buitres y el asilo de  moscas en larva. El primer día nadie lo notó, todos dormían. El viento ácido golpeó los techos laminados y tumbó los muros de madera llenos de polilla, los cuales, para el hombre, eran llamados “hogar”. El viento es veneno, Roberto lo siente y piensa que nada mejor viene en camino. Ve con melancolía y asombro que el sol no manifiesta sus rayos, ahora el infierno térmico ataca con su aguda furia. Roberto Fragoso sobrevivió, como pocos, a la primera ráfaga. Es un hombre delgado, pero rígido y físicamente inquebrantable. El mostacho abundante bajo su nariz está lleno de polvo, su luenga y enmarañada cabellera está sucia y huele a sudor de varias semanas, de varios meses. Un sombrero de palma cubre su cabeza, una camisa de manta y unos vaqueros descompuestos, su carne. Los pies agrietados por la tierra y el cansancio caminan sobre unos botines de cuero. Beto, el hombre del cerro, duerme sobre un catre metálico en la hostilidad de la choza humilde que se construyó. El sueño le ha robado el hambre, le ha hecho olvidar la sed, y le ha vuelto hacia el deseo de muerte. Un mosquito lo despierta, la gota de sangre caliente está embarrada en su mejilla. El insecto se quedó pegado a la mano y al mirarla trata de recordar. ¿Quién fue el padre de Roberto Fragoso? ¿Qué mujer lo llevó en el vientre? Sus pensamientos iracundos lo traicionan, no lo sabe, es un recuerdo obsoleto, nunca lo supo, es hijo del polvo tóxico que araña la chapa rota del portón. No aloja una caricia materna en las noches de tormenta, cuando el miedo a la obscuridad acosaba su velada. No existe beldad en un seno frágil y maduro. La memoria no encuentra al padre estricto y tradicional enseñándole a ordeñar una vaca, ninguno, con sus ásperas y secas manos mostró la manera adecuada para tomar la pala y el vielgo, alimentar al ganado, extraer agua del pozo y fertilizar la cosecha. No existe, nunca hubo padre y madre, ni abuelo, ni hermano, ni nada.

 

Elías Fragoso despierta temprano, quiere imaginar que son las cuatro de la mañana. Aunque es un hombre observador nunca conoció el sol, no sabrá si son las nueve o las veintidós. Conoce la obscuridad y sabe caminar entre ella. Entiende que la noche no es más poderosa que el hambre, por eso tropieza y le importa poco. Orina detrás de la choza, percibe el cálido vapor que sube hasta su nariz y, afanando al pudor, moja con las últimas gotas su calzoncillo desgarrado. Toma la cubeta con una mano y se dirige hacia el perpetuo pozo de cantera, quince pasos y medio al noreste del portón. Saca, igual que siempre, un chorro lodoso del fondo. Elías no se preocupa por ser discreto o sutil, su padre duerme dentro y sólo una gran explosión del interior de la tierra puede despertarlo. Con los pies enllagados por la sequía, el hombre trepa sobre las rocas junto a la nopalera y voltea su rostro hacia el panorama inútil que precede su visión. Guardó un pedazo de carne seca en el bolsillo y se dispone a comerlo, alcanza a ver la estructura móvil de tubos oxidados que conforman la carretilla. Para él es complicado interpretar por qué los árboles deshojados a su espalda siguen vivos, aun sin beber agua, sin beber aire, por lo menos no el gas nauseabundo que respira desde que nació. A lo lejos hay botellas de vidrio rotas, pedazos amarillentos de loza y marañas en el alambre que delimita su hogar. Su padre está enfermo, el viejo abre ocasionalmente los ojos para mojar con el lodo del pozo sus labios partidos y mirar en la suciedad de los muros el reflejo de su cuerpo torpe y desahuciado, la hora está muy cerca. Cuando pequeño, Elías vio a su padre en pie, mostrándole los senderos que llevaban al antiguo pueblo y enseñando a construir delgados paños  para la tormenta vespertina. Miró día con día a Roberto decaer en una tristeza profunda. Fue testigo de los pasos cada vez más lentos: del catre al pueblo, del catre al pirul, del catre a la puerta, del catre al tropiezo y del catre al catre mismo. Después escuchó a su padre llorar sin consuelo, sin identidad, sin agua que rodara en sus pestañas, sin vida dentro de su cuerpo. Ahora Roberto emite gemidos mudos, el yugo impaciente de su propia asfixia no tiene más sonido que el de las palabras en papel. ¿Pero quién le ha dicho al hombre que debe ser gobernado por un Dios benévolo y justo? Elías no lo sabe, Roberto no lo sabe, el sueño pretende ser perpetuo. “No siempre fue así, hijo. Antes existía la luz. Bajo esa capa de tierra tú estás despercudido y sientes, como todos los que habitamos este suelo maldito, sólo el veneno que vuela en el aire, que se pega en nuestras narices y nos hace toser como perros enfermos. Las heridas dolían, pero sanaban con el tiempo, luego llegaste tú, Elías. Me maldije por provocar tu llegada, ¿quién era yo para traerte a esta tierra a sufrir? ¿quién era yo para ver luz en los ojos de alguien que la luz nunca verá? Tu madre, ¡ojalá la recordara! ¿Llevarás sus ojos? ¿Llevarás  su sangre? El aire se llevó el recuerdo, como se lleva a todos los que se mueren aquí. Tu madre”. Quizá por vez primera, Elías Fragoso ve brotar de su mirada una gota salada que se consuma en la barbilla y hace sentir una roca atorada en el vientre. Puede notar en el rostro de su padre que el momento es más corto. Acomoda la camisa casi sin botones bajo la cadera y hace la cara hacia el suelo. Su madre ¿el invento de Roberto o la verdad mal explicada de un mito que no puede comprender? “Yo tampoco la recuerdo”. Una humanidad rota y descompuesta buscando impacientemente la calidad de su propia trascendencia, la tela natural con remaches y orificios donde no deben estar. ¿Dónde está la muerte? Elías concibe el cruel destino del nuevo hombre y, tragando arena y lodo, acaricia el vello erizado de sus brazos y llora, llora como nunca, llora porque pronto, igual que el recuerdo de mamá, su padre entero perecerá con la muerte misma, su mano temblorosa escapará de la mente, su mirada, su rizo rebelde, su abrazo tibio. Su padre, su legado, su alma, su sonrisa perdida, pero también su dolor, su pena, su agonía diaria, su todo. La maldición arraigada de lo que ama y odia al mismo tiempo: su padre y el esqueleto sobre el catre, la disyuntiva de la vida y la muerte alojadas en el mismo ser. “Necesito crear una máquina para no olvidar…”

 

 

Publicado la semana 51. 20/12/2021
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