50
Manuel Avilés

María, con acento

Cierta tarde, una triada de sujetos tomaron por bien ver un astro en el cielo estrellado y adjudicarle un milagro. No como tontos, más bien, como hombres de fe, se treparon en sus respectivos medios de transporte. Al primero le valió madre, antes de hacer bolas de billar con sus colmillitos, agarró a un elefante desgastado y le dijo: ¡arre!; el otro obligó a un camello silvestre a partir; el camello lo tiró cuatro o cinco veces. El caballo, compadre el tercer tipo, era más dócil. Finalmente, la triada de sujetos se encontraron en un camino poblado de piedras y arena caliente, allá por Afganistán, tierra de gringos y guerras.

Al mismo tiempo, un pedófilo fumaba un cigarrillo en la parte trasera de un corral de borregos. José-bar-José, como le decían sus amigos, trataba de disimular su fuerte adicción ante los ojos de la niña de quien abusaba sexualmente desde hacía tres meses. Has de saber, mi querido José-bar-José, que ser el elegido es una tarea difícil, y no depende ni de tus vicios ni de los del creador.

María, en trabajo de parto, estaba a punto de dar a luz al hijo de Dios: ¡Así como lo lees! El pedófilo fumador no era el padre. En términos posmodernos, vendría siendo como el padrastro, o el buchón. José no escuchaba corridos pesados ni esas cosas adjudicadas a los padrastros malditos, pero en efecto, era un padre no biológico.

La niña, María, fue sustraída de sus aposentos un jueves por la tarde. Si bien, es innecesario trascender en sus menesteres, he de argumentar que siempre le gustó jugar con muñecos de madera. Y he ahí la ironía: “nunca te cases con un carpintero”.

La señora que les prestó la casa, afortunadamente para el contexto de tan bella leyenda, también era una muy buena partera. No hubo magia en el  nacimiento; María pujó igual que cualquier otra mujer al momento de sacar a un feto de las entrañas. No obstante, las cosas se complicaron y asistió al llamado un tal “Doctor Love”, reconocido totalmente en la comunidad.

El doctor  realizó una cesárea, aparentemente el cordón umbilical rodeaba el cuello de la creatura. José no paró de fumar, y la triada de sujetos, que con buen tino para las apariciones, llegaron para presenciar el acto de desgarres y sangre, quedaron anonadados: el del camello sacó un pequeño recipiente de whisky del interior de la chaqueta; el afroamericano se puso  a silbar una canción y a tocar unos tambores improvisados.

Antes de morir, María emitió una frase en el oído del pseudopadre, José: “El azul índigo se ve mal en tipos como tú, prefiero el rosa celeste, ¿te gusta?, ¿te gusta?” Y sus ojos se cerraron.

Las dos lágrimas que corrieron en los ojos de José no fueron por la difunta, ni por el par de cigarros que le taloneó uno de los reyes, el menos rubio. Fueron, quizá, por saberse solo nuevamente…ahora estaba solo de nuevo.

El niño nació. El niño nació. El niño nació. Y ahí, la esperanza, querido amigo. No quiero adelantarme con la historia, pero según sé, se volvió boxeador y actualmente gana millones de dólares año con año; millones de millones, hablando de pesos mexicanos. Ya nadie se acuerda de María.

Cierta tarde, un boxeador retirado fumó un cigarrillo y lo tiró al cenicero. Luego de regresar su recipiente de alcohol al bolsillo respectivo, volteó a ver a sus tres padres reyes, muy ancianos, por cierto; y caminó hacia el barrio más pobre del condado. Al despedirse de José-Bar-José y darle un puñado de billetes, inventó una fecha para rememorar a su madre. La única condición es que fuera una fecha diseñada para asustar a los perros, y que su legado permeara  a través del tiempo.

 

Publicado la semana 50. 13/12/2021
Etiquetas
Compartir Facebook Twitter
Género
Relato
Año
I
Semana
50
Ranking
1 161 0