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Manuel Avilés

"Crónica" del preámbulo de un examen inútil

Hoy te despertaste a las 8 de la mañana. Afortunadamente tu padre, quien es dueño, en parte, del sitio en donde trabajas, gestionó un permiso innecesario para laborar sólo media semana. Despertaste más ebrio que crudo, de algún modo has aprendido bien: No hay mal que por cerveza no venga, o algo así. Tienes el recuerdo intacto de la noche. Recuerdas los diálogos parentales, recuerdas cómo quedaron pintadas tus manos, recuerdas haber orinado en un césped ajeno, recuerdas haber visto a tu padre orinar en un césped ajeno. Eres sabio, recuerdas todo.

En su momento, antes de que el frío colapsara tus huesos firmes, una individuo hizo la aparición predispuesta. Habías comprado dos hamburguesas: una sin cebolla para ti, una sin mayonesa para él. La invitación fue genuina, de todos modos siempre el sillón es más cómodo que un asiento de vehículo motorizado. Tú no andabas pedo, él sí, un poco, bueno, mucho, pero, ¡qué más da! La chela es la chela. Recordé a Doña Chela, me regaló un trofeo en los tiempos de la infancia futbolera, técnicamente no me lo regaló; antecedió un trofeo que estaba listo para mí; no, me equivoco, para ti.

Como es debido, cantaste 13 canciones, la mayoría de antaño, eso pasa cuando bebes con los individuos de una generación similar a la tuya. Vomitaste en el portón de un inmueble particular, justo veinte minutos después de vomitar en un inmueble donde es legal vomitar. Reitero, eres sabio, recuerdas todo, pero deja de vomitar.

Son las 9 de la mañana y sabes que necesitas estudiar para un examen inútil, un protocolo que busca satisfacer tu ego, o en su caso, pisotearlo. Cuando cantaste “la planta” aún no estabas ebrio: la novia de tu padre, que al mismo tiempo es la ahijada de tu madre, que al mismo tiempo es tu amiga de la infancia, que al mismo tiempo es la comadre de la particular de la casa con portón de madera, y que al mismo tiempo guarda una cantidad  de caguamas, o latas, o cervezas de temporada en su refrigerador, se sentía bien

La elocuencia se hace latente, te hicieron un préstamo pequeño, la luz de tus ojos quiso regalarte 50 mil libros y tú no fuiste quién para negarlo; la última vez que te regalaron 50 mil libros, cambiaste. ¡Ojo, niño! Un buen libro puede cambiar al mundo.

A las 10 de la mañana dejaste de recordar el pasado, lo triste es que comenzaste a percibir el futuro.

Un protocolario examen murmuró en tu cabeza. Quizá no el examen, más bien, la noción que tienes del examen. Porque tú lo sabes, no has estudiado nada. ¡Miera! Las “d” en el teclao están ejano e funcionar. Ya funcionaron de nuevo, pero no corrijas, la vida sin una letra es mejor.

En tu pensamiento de las 11 de la mañana recordaste a tus amigos. Tienes dos secciones. Por un lado está el de toda la vida; no recodabas que tiempo atrás hacías música: escribiste siete canciones, búscalas en el celular que lanzaste al río. Por otro lado, están los de la escuela: técnicamente te están dando  un acordeón que puedes guardar en tu reloj, el mismo que empeñaste hace muchos años en una cantina de Guanajuato.

A las 12 con 3 te dolió la cabeza. Asististe a la tienda local y compraste cuatro latas de cerveza:

1) El conecte

2) El súperconecte

3) ¿Y si en lugar de estudiar escribes estupideces?

4) “Acepto”

El caso es que hay un millar y medio de respuestas respecto a un examen inútil. No sé si lo dije antes, pero aunque respeto los contextos de la carrera que estudié, sé que todavía no existe un premio nobel graduado en comunicación. Eso me reitera que debo dejar de escribir, y al mismo tiempo, que debo seguir haciéndolo.

(El tipo reprueba)

Publicado la semana 49. 06/12/2021
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