47
Manuel Avilés

La verdugo del segundo molar superior

-He de admitirlo, el tiempo ha transcurrido luego del sueño bizarro que trajo consigo la compleja silueta de la doctora corazón, quien curara con sus delicadas manos un infectado dedo anular, producto de una bacteria aerobia; producto de la ansiedad maldita; mas meramente, producto de la siesta pasajera que un sujeto de recién cumplidos 24 años tomó en la tercera fila de una densa sala de espera. Habrá quien nombró la experiencia como “Cavidad desnuda”; no obstante, aunque los tiempos parecen cambiar, nunca lo hacen.

-Vamos, pues, ¿vas a contar la historia?

-Ahí va. En el segundo año de la nueva era, la que tomó por sorpresa la calidad salubre de los países subdesarrollados, sobre todo, un individuo comenzó a percibir una sutil punzada en uno de los vastos dientes que alojaba su pestilente boca de fumador. Puedo decirte que este sujeto, a quien llamaremos “Pachenko”, cubre, o cubrió, no lo sé, perfectamente dos roles que dejaré abiertos a la imaginación y de los cuales no entraré en detalles, con el objeto de evitar un desvío en el tema. Como tal, y sugerí segundos atrás, Pachenko llevaba un tercio de su vida consumiendo cigarrillos; por otro lado, el malsonante mencionado hace, o hizo, no lo sé, de la procrastinación, el hábito más y mejor elaborado que pudo concebir alguna vez en su vida.

-Tenía caries, ¿no?

-Sí. El caso es que Pachenko, haciendo uso de su segundo atributo, y como cualquier otro haría aquí en el bar, bebió cinco pares de tragos y continuó con su vida. Yo sé que supones que las personas como el tipo del que te hablo podrían hacer del dolor permanente un estilo de vida que desemboca en el prometedor destino fatal: crudo, sinsabor, pero permeable, real; aún así, supongo que Pachenko sus razones tendría, quizá estaba en ese momento trascendente, en el que o todo se prende, o todo se desvanece. A veces se ponía a escribir poesía sin métrica, veía películas de ciencia ficción y bebía cervezas en la azotea de su abuela, pero bueno, ¿recuerdas que te dije que no me saldría del tema?

-Sí.

-Luego de 12 tragos fríos, metaforizando el trago, desde luego, la visita de la punzada mediana le tocó en la puerta de los nervios, metaforizando la puerta, desde luego.

-Sí sé cómo funciona una metáfora.

-Muy bien. Sin embargo, para dicho momento el dolor se volvió permanente. ¡Claro que no era como un dolor de parto! O como el que surge del cierre de la bragueta atorado en la respectiva extremidad masculina, pero está claro que aumentaba apenas las semanas transcurrían. Entenderás el duelo y el suspenso generados cuando una cerveza congelada y un molar descompuesto se baten a palos. Quiero imaginar que la espuma trae consigo a un montón de diminutos arqueros que disparan sus flechas, sin detenerse, hacia un amplio ente bucal que tiene las puertas abiertas. Y no es todo: el maldito molar en lugar de defenderse invita al invasor a pasar, dándole a la princesa resguardada en la torre más alta como tributo, ¿lo entiendes?

-¿La princesa significa tu voluntad?

-¡Ah, tonto! Literalmente, pasaron 24 días para que Pachenko extendiera su voluntad dormida e hiciera algo al respecto.

-¿Pero sí tenía caries entonces?

-¡Sí, sí! No recuerdo si el sujeto anticipó una cita o definitivamente llegó a sentarse en las sillas externas del consultorio, el caso es que los arqueros tiranos ya le habían incendiado el pueblo, y obviamente el fuego destruye todo a su paso. Ahora recuerdo la historia mejor. Pachenko fumó dos cigarrillos, mientras esperaba que la profesional del oficio, a quien conocería más tarde, terminara su previo trabajo. Espero que el humo de los Marlboro fuese una recreación vandalizada en su cabeza de lo que quedó del pueblo quemado.

-¡Esa me gustó!

-Cubierta de nariz y boca por una mascarilla sanitaria, por aquello del virus que agobiaba la segunda era (además de ser parte del protocolo de su vocación), y unos anteojos cuadrados de armazón grueso (por aquello de la miopía), luego de un agradable saludo, la joven odontóloga le sentó en un reluciente sillón estomatológico. Había un escritorio posicionado con excelente detalle; un lavabo, casi igual al del laboratorio de química, en la secundaria, las “ coloridas pócimas secretas”, dentro de botellas plastificadas, mas no transparentes, y la charola metálica sobre el mueble, resguardando los instrumentos de tortura para las próximas víctimas somnolientas. Era claro el olor a jeringa, por no hablar del característico látex o aun peor, los guantes de nitrilo.

-Eso lo he leído antes.

-Cierto, me dejé llevar por una historia del pasado. La cosa es que hubo una plática en la que la muerte lenta sale a relucir. No es para tanto, hay dolores más grandes, como el parto y la bragueta. Ese día Pachenko comprendió que la resaca es mortal ante la intervención de un médico. La revisión fue sencilla, o al menos así pareció. “Tengo que romperte la mitad de los dientes con el martillo que mi padre guarda en su cajón de herramientas”. Utilizando una lámpara, la dentista revisó el aparente segundo molar superior que no funcionaba como deben funcionar los segundo molar superior sanos. Antier compré un taladro eléctrico en la ferretería, ya tiene sus pilas y todo. Con él voy a perforar el resto de tu dentadura usando la broca más grande. Espero no desgarrar tus encías. Pachenko empalideció. Si tienes una hemorragia o algo así, puedo decirle a la vecina costurera que me preste su maquina de coser  para evitar que te desangres.

-¿Es en serio?

-Eso dicen. Pachenko simulaba estar dormido, pero no lo estaba. Aunado a las tres dosis de anestesia local que no pidió, ¡exigió!, la botella de Bacardí de la noche anterior le estaba jugando una broma siniestra. Antes de comenzar el ritual, la simpática verdugo trató de amenizar el momento, consciente de que el sujeto al que atendía se estaba muriendo de miedo. Pues bien, Pachenko, disculpa que haya tenido que encadenarte, pero no me dejas otra opción. El grillete que puse en tu cuello al parecer te queda chico, no te preocupes, en cuatro o cinco meses se te quitarán las marcas.  

-No es verdad.

-Lo es. La doctora introdujo el eyector de saliva en el interior derecho de la boca de Pachenko. El martirio comenzó apenas el sonido del torno dental fue echado a andar. ¡Brrrrrr, brrrrr!, ¡cálmate, cálmate!, el óxido del martillo no me deja trabajar en paz, supongo que otra vez tengo que utilizar las pinzas de presión. Un par de lágrimas salieron de los ojos de Pachenko. El torno hacía una romántica sincronía con el succionador que conducía litros y litros, litros y litros de saliva y sangre. El sujeto trataba de concentrarse en cualquier banalidad del menester mundano: pensó en Félix el gato, el transporte universitario, la pista de carreras de Hot Wheels, el padrino de bautizo, Banco Santander, “el valor de las ideas”; sopa de gato, sopa de gato, empanadas de la tía Guille, ¡Dios santo!, descubrió que los lentes de la doctora  reflejaban el extenuante trabajo que se realizaba, como si un segundo fuera eterno, en la cavidad que sus labios protegían. Cerró los ojos. Oye, creo que acabo de rebanar un pedazo de tu lengua con la sierra eléctrica. No te dolió, ¿verdad? De todos modos más tarde te la pego con Kola Loka, ¡pega de locura! Ja, ja, uy ¡qué aburrido eres!

-Los médicos no hacen bromas ni utilizan sierras eléctricas para arreglar los dientes.

-Las medicas verdugos sí. Después de 12 minutos y medio de taladrar el molar, la anestesia comenzó a hacer efecto, mala suerte, pues esa parte culminó en ese momento. Pues dice el tutorial que estoy viendo que no te provoques el vómito, supongo que en algún momento los cuatro dientes que te acabas de tragar saldrán solos, fue sin querer. Posterior a un detallado lavado en el área de trabajo, la joven odontóloga pasó a hacer las pruebas correspondientes para anticipar la elaboración de una pieza de porcelana. Honestamente, desconozco el léxico apropiado para describir qué hizo y cómo lo hizo, el caso es que Pachenko para entonces ya se había desmayado. ¡Despierta!, ya todos tus dientes están fuera. El tipo se despertó con las sutiles palmaditas que la doctora ejerció en las mejillas de éste, preparó una provisional dental y la colocó con exacta precisión.

-¿Por qué andaba viendo un tutorial?

-Yo que sé. Creo que después de eso, el servicio estaba hecho. ¿Viste dónde dejé la llave de las cadenas? Creo que ya las perdí, permíteme, iré por la cortadora. Hubo una breve charla protocolaria apenas Pachenko suspiró, se levantó del sillón y estiró las piernas que por un millón de años dejó de usar. La próxima cita era para la semana entrante. La doctora hizo sus anotaciones en el cuaderno de anotaciones de los doctores, recibió el pago acordado y despidió al cobarde de Pachenko con una sonrisa sincera. ¡Cuídate, muchacho! Si aún puedes caminar, nos vemos aquí el lunes. Por favor trae tu propio balde, porque el mío quedó hecho un asco. Lo sorprendente es que el tipo regresó, o es masoquista o de verdad le interesa su salud dental. ¿Qué te pareció?

-Pues pienso que para ser mi tercer cliente del miércoles, no estuvo mal. Si no estuvieras chimuelo, diría que Pachenko se parece a ti. ¿Un cigarrillo?

-¡Por supuesto! Y apúntame la botella de vino, después paso a pagarla.                 

 

Publicado la semana 47. 26/11/2021
Etiquetas
Compartir Facebook Twitter
Género
Relato
Año
I
Semana
47
Ranking
1 72 0