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Manuel Avilés

Cuatro servilletas en un bar de autolavado

Trata de hacer memoria, muchacho tonto, ni siquiera saliste tan ebrio esa tarde del rio apestoso. Según yo, tu subconsciente, caminaron los 120 pasos que tantas veces contaste, en ese camino austero que conducía a la calle Arteaga, la que daba directo a tu casa. Y como fue, la tomaste de la mano, la viste a los ojos, detuviste los pasos para abrazarla y besar sus labios carnosos. ¿Recuerdas que era muy pequeña?, ¿verdad que sí? Pero así las cosas de nuestros constructos raciales, de cualquier forma tenían la estatura precisa para entablarse en perfecta armonía. Era claro que ni sus padres, ni su hermana mayor podían verlos juntos. En el estatuto de su pensamiento, simplemente no eran el uno para el otro. ¡Cálmate, Romeo! Todos tienen sus razones, ¡si los hubieran visto en tu antigua casa de soltero! ¡Total! La encaminaste hasta la Juárez, dejándola a escasos metros del Bancomer. Sabías que esa bitácora tomaba tajada en la tienda del Sapo, en paz descanse. Pasaste por las Noche Buena rezagadas que te vendía a diez pesos, compraste cuatro y dormiste alcoholizado.  

Aquí no puedo mentir ni desmentir. No sé si pasó un mes, una semana, o un mes con una semana; pero bien recuerdas que fue por los tiempos en que tu madre  tu padrastro, y tus queridos hermanos te visitaron, ¡qué hermosos tiempos! Ella lo sabía, cada día de esos cuatro años los extrañaste un montón, verlos te hizo bien, te sentías como pez en el agua. El caso es que tal improbabilidad de tiempo no me deja asegurarte en qué día exacto la conociste. Obviamente sabemos que fue en una fiesta de graduación preparatoriana y llevaba el vestido azul más hermoso del mundo. No es el punto, no es el punto. Justina, Julieta, ¡la querías llevar a tu casa, maldito alcohólico! Ella es más lista que tú, siempre lo será.

Fumaron como 50 mil cigarrillos juntos en ese balcón de metal, las paredes eran verde menta y los azulejos tono beige, o algún color de esos que apuntan al blanco. Se besaron muchas veces y no pasaron del sostén desprendido y arrojado al suelo. Reitero, todos tienen sus razones, pero te sentías feliz. Era una especie de complemento congruente de tu vida. Ella te hacía feliz.

En aquellos tiempos comenzaste a cortar el césped selvático de Carmelita, muy amiga de su madre, por cierto; el “te sigo soñando” sonaba a todo volumen en un viejo Sony Ericsson, apenas te lo mostró. Doscientos pesos eran los adecuados para tres six de barrilito, ¡maldito (s) alcohólico (s)! El punto es que ni cuenta te diste, ya fuera una semana, un mes, o un mes con una semana, pero estabas enamorado. ¡El amor me apasiona, el amor te apasiona!

Luego, arrojados, espontáneos, tristes, quizá; hicieron del suelo que colindaba con tu baño un ritual precioso; terminaron en la planta alta y supongo que ahí todo cambió.

Nota que las pláticas más sinceras se hacen desnudos, o por lo menos en calzones, sobre un colchón barato, mirando hacia el techo y reprimiendo el pudor de cuerpos que apenas se conocen; aun así, ¡no te hagas el occiso, respiraste amor los últimos meses en el inmueble de ese antiguo pueblo!

Ella te platicó respecto de su profesión, ¡ironía!, la misma en que tú fracasaste en el primer intento. No estuvo mal tu carencia de profesión, para ti fue bueno ver en alguien más tus propias pasiones. No hay nada mejor que la sana admiración. ¿Te escapaste de la fiesta por imbécil, cierto? No concibo cómo llegaste a esa cantina del pueblo vecino, pero bueno, otra historia.

¡Tienes razón!: ¿Y las servilletas del autolavado? Espera. Puedo ver el momento en que asististe a la vinata del Sapo y compraste una caguama de corona, aún no existían las de 1.2. El moño te costó 3 pesos, hiciste la fusión y corriste hasta su casa, la del portal discreto junto a la central camionera, de vista a los 3 peldaños en que una o dos veces se sentaron para platicar de escapes y sombrillas de piedra. Sonrió con tu chascarrillo, tu cantinfleo y el prodigioso bálsamo contra la resaca; acordaron una cita y te fuiste, decidiste hacerte el tatuaje que centenarios llevabas planeando hacerte en el brazo derecho. ¡Me das un poco de risa! No recuerdas, en fin, lo llevarás toda la vida.

Ok, ya voy. Pero deja que lo ponga en cursivas, se perciben más finas, y en tu interior, subconsciente, por supuesto, tienes algo de finura. Sólo recuerda que finalmente tú eres yo, y yo, tú:

  El paseo en el vehículo de Chava fue hermoso, hoy noto el riesgo que corrimos cuando ebria condujiste: nos llevamos un susto, no lo olvido, muchos sustos hubo. Fue en el camino hacia la autopista principal, la Celaya-Salvatierra. Los sujetos salieron a agredir, yo me bajé del coche y no me importó tu integridad, era estúpido, te pido una disculpa, ¿o debo ofrecerla? Una vez debatimos esos menesteres disculpescos . No sé si llevamos a tu hermano mayor, o él me llevó a mí, o nos llevó a nosotros, el caso es que al día siguiente visitamos el recién establecido supermercado, compramos la cerveza más barata, la mejor, la cómplice de nuestros arranques mentales, la de mis recuerdos; y me pediste te acompañara al autolavado, gran gesto de respeto ante los vehículos ajenos,

La suciedad de una llanta, bien vulcanizada por un hombre; el vómito impregnado en un tapete trasero, y las moscas difuntas del pueblo en que sacamos a tu hermano mayor de una pelea de gallos, colocadas en el parabrisas me regalaron los mejores 46 minutos de mi vida.

Junto a un tablero de dardos, sentados en una de las tres mesas que el servicio  otorgaba a los clientes, te dije la verdad: Estoy quebrado, pasado mañana regreso a mi pueblo. No importa, Lágrimas. Quiero una vida contigo. Yo también. ¿Cuál es la garantía? Te amo. Yo también. ¿Qué me lo garantiza? Escribíamos nuestra vida en estas servilletas. Va. Una tú, una yo. Visitar Francia. Orinarnos en New York. Ver todas las películas del mundo. Diario sale una nueva, mínimo. No importa. Ya sabes de cine, eh. Tú me enseñaste. ¿Ya viste la de Tarantino? No. Dicen que le harán una peli al Cantinflas. Yo me parezco al Cantinflas, cantinfleo. Ya sé. Me da miedo. A mí también. Es muy poco tiempo. No importa, el amor es así. Eres mi todo. Tú eres todo…

¡No interrumpas, cabrón! Después te fuiste, ella fue contigo y para contigo, fueron meses y visitas hermosas; llegaron los tiempos del Tabaco Colombiano; mataron sus almas a golpes; se fueron nuevamente, y por última vez, se despidieron en un taxi con cavidad para una mudanza: ¡más ironía!; ella iba adentro, tú te quedaste parado mirando las luces nocturnas de la calle Pie de la Cuesta. De la nada (o de todo), centenares de días después, a tu mente llegó la promesa estructurada en el río apestoso. Borraste las fotos para omitir el recuerdo, pero no se te olvidaron, ¿verdad? No.

¡Ey! No debes responder, fue una pregunta subjetiva. El punto es que los años pasan, has arrancado seis canas de tu cabeza el último mes. Todo está bien, ella está bien. Después nos meteremos en detalles. Y duerme, que mañana trabajas. ¡Exacto! ¡Shhh! ¡Shhh!

 

 

Publicado la semana 46. 15/11/2021
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Me dejó marchar- Coque Malla
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