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Manuel Avilés

La hermosa vida de Carlos y Karla

Para Nelly, para Carlos, para Karla

 

Esa madrugada, un par de pesadillas hicieron levantar a Karla de su cama, y por ende, a Carlos, su hermano, de la suya. En ambos malos sueños  el relámpago desbordó su soneto en el horizonte; en ambas camas el pasado era un vicio justificado que omitía una realidad genuina; en los dos hermanos vivía un ferviente momento circunstancial, mismo que necesitaban amar. Aunque distintos, los dos compartían cosas en común. Eran alérgicos al tocino, los huevos revueltos les generaban asco, la religión era un constructo social, y el rock cincuentero  les hacía vivir más de noche que de día. Siempre estuvieron acostumbrados a la precisión local, al vicio social, al “por qué”, fuera del “para quién”. Se acostumbraron,  y como debe dé, el pájaro más fuerte vuelve por su compañero.

Carlos huyó de casa una mañana de domingo, mientras “el fantasma enamorado” emitía un ruido sutil en el callejón que llevaba al final de la esquina. Probablemente, la familia no estaba lista para él. Apenas cumplidos los 19, el joven poco barbado, portando una cicatriz mediana entre la ceja y el oído, con una altura por encima del promedio, y una complexión por debajo del promedio, necesitaba algo diferente de la vida de hogar. ¡Claro que padre fungirá todos los días, todos los años, toda la vida como el síndrome sintomático de la exigencia parental! ¡Claro que madre, apagada, recluida en el fondo de su obscura habitación, no hará más que emitir silencio!

Apenas el reloj marcó las 6, Karla dio un bostezo prolongado, y somnolienta enredó con un pedazo de cordón las cortinas de la ventana. El sol todavía no expresaba los  primeros vestigios de luz, aun así, entre la penumbra la joven de 15 años observó una silueta cautelosa que abría el portón de la casa. Paso a paso, la sombra de su hermano se desvanecía con la distancia. Carlos se iba sin darle una justificación, una promesa, un último abrazo; al mirar el closet de madera, pudo percatar la ausencia de la vieja chamarra militar que tantas veces usó su hermano, y que tantas veces el mismo se quitó para cubrir a Karla de la sorpresiva lluvia en la ciudad. Así mismo, no encontró el desodorante, el cajón de los calzoncillos parecía estar vacío, el pequeño cactus desapareció. Sin embargo, el viejo radio, morada emisora del rock cincuentero, la tarantela, el jazz y el musette estaba en el sitio de siempre: colocado frente al espejo y en el ángulo adecuado para dar espacio a la vieja fotografía en que ambos hermanos, infantes aun, posaban espontáneos y sinceros con el rostro embadurnado de pastel.

Ese 3 de septiembre, Karla cumple su primer lustro. Para entonces los precedentes de valentía e intrepidez dan pistas nuevas. Madre y Padre cumplen casi diez años de matrimonio; según se entiende, amor a primera vista, genuino, noble, honrado; primer hijo, varón,  el orgullo de la familia; Volkswagen Type 1, crédito de la casa, trabajo estable; una princesa llega de sorpresa. La pequeña teje sueños sobre su diminuta, pero incontrolable cabeza: dinosaurios, naves espaciales, pelotas de beisbol…maquinas que superan la velocidad de la luz. Antes de dar espacio a la cena y la piñata, Karla hace una mueca sutil  cuando recibe el regalo que Padres, abrazados y mirando a su hija, compraron dos meses antes para ella. Cocinita de madera con accesorios, marca Kid House. Ante el funesto suceso, Carlos cambia completamente y para siempre la visión que su hermana tiene para con él. La lleva hacia el modesto jardín y sin pelos en la lengua le regala su antigua avalancha.  Emocionada, lo toma del brazo y suplica que le enseñase a domesticar su nuevo vehículo. Cinco cuadras al norte de casa, cuya inclinación longitudinal rebasaba el 6%, y sin la supervisión de un adulto, Carlos coloca su viejo casco de bicicleta en la cabeza de su hermana, mostró a ésta el método correcto para utilizar la palanca de freno, así como la fuerza precisa que demanda el control de un volante. Demasiado arriesgado. Con prisa, ambos superan la velocidad de la luz montados cual piloto y copiloto. Esquivando una jauría de perros hambrientos y 4 pares de automóviles estacionados al costado del camino, Karla ha de explotar en éxtasis, su protector está con ella, sus ojos no pueden abrirse por el roce del viento. 15 metros antes de la llegada, un estúpido bache les hace perder el control, dos opciones: poste o fila de arrayanes. El impacto del primero es seguro, los arbustos siempre guardan secretos en sus adentros. Previo al choque, Carlos abraza a su hermana y la acoge dentro de sí, dejando la cabeza propia expuesta. Dos mocosos chismosos, un ataque de histeria maternal, y 9 puntadas más tarde una cámara fotográfica inmortalizará el más hermoso e inolvidable “¡Que lo muerda!, ¡Que lo muerda!” en la vida de Karla.

A las 9 de la mañana, Karla, con el pijama puesto, dejó de llorar. Una extraña idea retumbaba en su cabeza y sí, bien le decía que su hermano no regresaría jamás. Y existen dos lógicas en la psique de Carlos, por lo menos en la interpretación de ella. ¡Nadie quiere vivir ahí! ¡Alguien necesita ir allá! Karla salió de su habitación y se dirigió hacia la cocina.  A medio camino, miró a la recámara de madre, ésta estaba recostada, ni ella ni padre sabían ni sabrán que Carlos no regresará jamás. Y luego, este es el final de un ciclo.

Una terrible y desconocida enfermedad llevó a madre al borde de la locura. En principio, el reflejo de dicha enfermedad se explayó en la ausencia, la ausencia parcial. No habrá más reuniones escolares, no más fiestas de cumpleaños, no más vinagre ni rosas. Madre habrá de regalarle a los hijos el milagro de la resignación. Padre encontrará en las hojas del periódico y el café desabrido la anestesia para el silencio. Después llegó la ausencia total.

Karla encontró en el escape la lección perfecta por parte de su hermano. A los 32, luego de 5 años de un matrimonio en el que la violencia permeaba los días, decidió hacer su maleta. No le dio un beso al esposo, no acarició el cabello castaño de sus dos hijos, sólo salió de la casa. Poco antes de arrojar las llaves a la coladera recordó su viejo radio, dentro de él habita una carta que Carlos le dejó, explicando todo.

Antes de levantarse, Karla miró el rostro de su hermano. Asustada, se recostó junto a él, la pesadilla se había ido, los malos sueños no son más que eso. Madre los levantará por la mañana, comerán hot cakes con miel de maple. Padre ajustará el cinturón de seguridad de ellos, en el coche, y partirán a la juguetería. Existen avalanchas a prueba de baches. ¡Feliz cumpleaños, Karla!

 

 

 

 

 

 

Publicado la semana 43. 25/10/2021
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