40
Manuel Avilés

Aión

L.C.P.

 

Luego de muchos años de aparecer por primera  vez, volví a escuchar el sonido que tanto tiempo resonó en mi cabeza. Recuerdo haberle llamado “la pequeña voz”, término que le adjudiqué gracias a un estúpido audiolibro reproducido ilimitadas ocasiones durante mi periodo de prematura independencia parental.

El timbre de dicha voz no era muy diferente del mío. Carecía de firme personalidad, si uno simplemente lo oía; aun así, logré darle una identidad tan particular respecto de cualquier otro impulso mental, que llegué incluso a tomar más sentido en esos diminutos ecos, que en las ondas sonoras de mi entorno poco sugestivo.

Al principio, el susurro sereno repetía palabras en un idioma que ni conozco, ni conocí, ni creo conoceré jamás. El caso es que se introdujo como parásito intestinal en el sitio aquel en donde mis ojos no podían observarlo, en donde mis manos no podían tocarlo. Como todo un principiante, me resultó confuso que algo, o alguien, dormitara y subsistiera dentro de mí. ¿Acaso este individuo invisible trataba de mostrarme con los rasgos característicos de su dialecto oriundo que algo no estaba bien? O caso contrario, ¿que no todo estaba mal?

Bajo la hiel de la lluvia nocturna, los susurros comenzaban a transformarse en letras más  o menos hiladas, fue ahí cuando comencé a temer. “La pequeña voz” aprendió con pintas de evolución, y paulatinamente consolidó el idioma que ni de poco me aperturé de enseñarle: 3 vocales en el desayuno, 3 consonantes en el almuerzo, “Manuel”, evocó con su lengua de gato,  durante la cena.

Pasé una semana enclaustrado en mi habitación, seguro de que una locura incongruente estaba invadiendo mis adentros. No recuerdo haberle pedido a santo o demonio que alejara de donde yo a ese sujeto, quien poco a poco demostraba tener dominio de mis pensamientos y pasiones.

Cierta mañana, luego de una velada de insomnio, y envalentonado, como se envalentona el hombre revolucionario en sus aires de juventud, decidí cambiar el apelativo primero, para transformarlo sólo en “Voz”. De inmediato se presentó para conmigo. La calidez de sus palabras pasó de ser un miedo recluido en el alma a una emoción enfrascada  en la incertidumbre y la curiosidad. No me dejó hablar, pero me contó una breve historia de conejos y sombreros, soltó una sutil carcajada y desapareció durante 2 meses.

Para entonces, “Voz” significaba un soberbio compilado de la lucha entre mis miedos y mis ambiciones, lo entendí porque comencé a extrañar, o a desear, los dotes de mi camino sin recorrer, ora impuros, ora huecos. Luego así, la máquina de mis pesadillas entonó nuevas formas y mi cabeza se postró en estado de recepción desesperada. “Voz” reapareció.

Un apetito repentino nació de mis vísceras luego de escucharlo hablar nuevamente. No me dio justificaciones de su llegada ni de su partida repentina. Se limitaba a contarme cuentos que desembocaban en metáfora, poesía surrealista, historias de universos paralelos, enfermedades crónicas, cuya cura estaba al alcance de la mano. Consecuentemente, yo trataba de responder sus argumentos acertados, o en su defecto, emitir el inmenso repertorio de cuestiones derivadas de mi inexperiencia e incomprensión, pero una fuerza motriz bloqueaba el hilo de ideas y fallecían antes de construir una pregunta. No obstante, poco tiempo después, mi búsqueda de raciocinio se hizo obsoleta: “Voz” ya sabía lo que yo necesitaba saber, me llevaba a donde tenía que ir y me indicaba lo que tenía que hacer.

Concebí un nuevo gusto por la literatura exquisita. De pronto, la música sonaba diferente, por fin me satisfacía. Dejaron de importarme los medios, el trabajo, el dinero, ¡el puto mundo!; dejó de importarme, aún más que antes, la gente. “Voz” era mi núcleo, mi espíritu, mi fuerza ante la desdicha cobarde. Yo sólo era el avión teledirigido que se accionaba con impulsos incandescentes. “Voz” fungía como el  gobierno absolutista, yo era el pueblo gozoso de pan y circo. Después, después yo dejé de existir.

 

Es curioso cómo sin verte, puedo verte. Es curioso emigrar de una letra a otra, sin saber, de principio, que el principio es principio cuando el homo lo determina. Sin embargo, ¿por qué el homo es curioso? La naturaleza lo ha hecho mortal, debería quedarse en eso, la mortalidad es el alivio celoso del que no puede morir. Entre el celo y la curiosidad, estamos los atrapados en los menesteres del alma. ¡Empápate de lo inalcanzable! ¡Subyaga tu duda! ¡Busca en el cajón de tus calcetines! Y sobre todo, individuo que me toma por designaciones simples, aprende que el tiempo no es tuyo. 

 

40 años pasaron para que yo, Manuel, recobrara una cuarta parte de la cordura. Cuando abrí los ojos, mi cuerpo escuálido aparentaba 20 kilos menos de peso, desde la última vez que me miré en un espejo. Mi cabello enmarañado y sucio era un total nido de liendres. Estaba semidesnudo, portaba unas paupérrimas sandalias desgastadas y mis brazos miraban en sí un decenar de cicatrices curtidas insalubremente por las décadas. Me sentía sediento. Postrado en un cartón reblandecido por la humedad y carcomido por los roedores, en el medio de un callejón obscuro que ni conozco, ni conocí, ni  creo conoceré jamás, até mis manos a mis rodillas podridas y comencé a llorar sin consuelo. No lloré por mi estado físico, ni por saberme perdido, tampoco por la inconciencia del sitio espacial en el que me encontraba. Lloré por no saber quién era.

Un aguacero torrencial hizo levantar mi rostro hacia el cielo. El ambiente nebuloso sólo me permitía divisar un farol casi fundido a la distancia. El cansancio de no saberse es catastrófico,  comparado con el cansancio mismo de existir. Me levanté con agobiante pesar y caminé del lado opuesto de la luz. Mi corazón sucumbía en extrañeza, pensaba si “Voz” era una materia física que existió y me hizo dormitar mucho tiempo, o sencillamente era producto de un sueño casual que apagaba mi vida miserable y remontaba en los ayeres de mi solitaria juventud.

Llegando al final del callejón me topé con el barandal que limita la tierra con el mar, la vida con la muerte. Justo antes de precisar mi arrojo hacia las aguas, un individuo vestido de gabardina obscura y sombrero bowler, me tomó del hombro izquierdo, haciendo erizar las extremidades de mi cuerpo raquítico. Antes de dar vuelta para mirarle el rostro, se acercó hacía mi oído y murmuró con un timbre particular, muy similar al mío: ¡Querido amigo! Tiempo y esfuerzo me han costado lograr extraer al conejo del sombrero; para ti pasaron años, para mí, milenios. Mas ahora, que lo hecho, hecho está, permitiré que exhales palabra. Sólo responde: ¿quieres hacerlo de nuevo? No dije nada, con la sangre inmóvil volví camino hacia el farol que estaba a punto de fundirse, olvidé mi plan suicida y me dispuse a conseguir agua para consumir.

Luego de muchos años de aparecer por tercera vez, volví a escuchar el sonido que tanto tiempo resonó en mi cabeza. Recuerdo haberle llamado la pequeña voz”, después, simplemente “Voz”. En ocasiones me dice palabras que ya no se escuchan ni con la mente ni con los oídos.  Toma mis manos cuando éstas no dejan de temblar. Ahuyenta a las bestias que quieren pisotearme durante la madrugada. Juega a las cartas con el extractor de hígados. Apaga la lámpara de la calle cuando la candela no permite que los mosquitos se alimenten de mí. ¿Tratará de decirme que algo no está bien, o que no todo está mal? Lo desconozco. Por ahora, aquí, en la división de la tierra con el mar, intento recordar todo lo que decía ese estúpido audiolibro.    

 

 

Publicado la semana 40. 04/10/2021
Etiquetas
Compartir Facebook Twitter
Género
Relato
Año
I
Semana
40
Ranking
1 140 0