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Manuel Avilés

Despedida

Muchos ayeres han pasado desde que escribí una carta diferente de las que yacen en la categoría habitual. Claro está que existe una disyuntiva hermosa entre lo que me nace escribir y quien me genera escribirlo; no obstante, es complicado diferenciar la magnitud y la sintonía de ambos catetos, pues si  bien, he de decirte, te considero la hipotenusa ideal para esta breve, pero sincera metáfora.

¿Recuerdas la primera vez que te di flores? Tampoco yo, sabes que nunca lo hice. Y ahora que comienzo hablando de flores, recalco la ironía del presente y del detalle que sintetiza la relatividad del tiempo: que si un día es un mes; que si una hora, un día más un amanecer; un minuto, el almuerzo y media charla ocasional; un segundo, toda la vida…es extraño que luego de cinco veranos el “alguien” desconozca cuál es el regalo perfecto para el “opuesto”. No se me ocurrió nada mejor que las batallas de Pacheco y el Jacinto Canek de Abreu, y sé que no estuvieron mal, regreso, el objeto es el desconocimiento mismo.

Cuando joven, creía en Dios y en la posibilidad; ahora, viejo, luego del tránsito voraz, creo nuevamente en Dios y en la posibilidad. ¡Sólo Dios hizo posible el encuentro aquel que tanta dicha trajo consigo! Trato de recordar el impulso minúsculo que desprendieron mis nervios difuntos, luego de la cósmica resurrección que la mirada tuya inyectara aquella tarde calurosa. Brillabas, brillabas como un sol, pero no de ésta galaxia, de otra, otra menos limitada, una en la que los sueños no perecen, en donde las palabras no existen y es innecesario dejar marcadas. La verdad es que siempre te imaginé ahí.

Yo no soy quién para juzgar la secuencia de los actos y las consecuencias de la secuencialidad. Pero puedo decirte, Adelaida, que me considero un afortunado testigo y receptor de los hechos, los hechos imborrables que se trazaron en un cuaderno tan visible como los fantasmas de mi habitación. Tus cálidos besos, debo agradecer por ellos. Debo agradecer por el ósculo sencillo, impregnado de fuego y aromas, el ósculo sencillo que no se elabora, simplemente fluye. Efectivamente, ante la imponencia de la perfección, no más que mis gratitudes existen. Con tu beso no renací, nací.

Luego de ahí, vinieron los tiempos perfectos. Aprendí a conocerte, y tú, a conocerme. Para ser franco, llevaba ya tiempo dormido en la colchoneta de mis propios pensamientos. Sería muy satisfactorio decirte que en su momento aprendí a colocar tal colchoneta sobre un césped seco y confortable, no es así. La vida me había enseñado, o desenseñado, que la cabeza nunca debe detenerse, y que la infelicidad era una parte necesaria y absoluta en los menesteres de la evolución. Mediante el tiempo, elaboraste la fórmula para evolucionar manteniendo el espíritu en capacidad máxima. Lo mejor es que me compartiste tal información. Acariciaste mi rostro, reconociste mis talentos, sostuviste mi cuerpo cuando no podía con él, y sonreíste apenas te diste cuenta que no era precisamente yo la portada del catálogo popular. Sonreí cuando dormitamos por vez primera, después de hacer el amor por vez primera, pues por vez primera el amor estaba ahí, en serio, te lo digo, estaba ahí.

Cierro los ojos y puedo verte completa. A veces la carne se evapora del recuerdo, mas la luz de tu existencia me devuelve la imagen y la recrea con la claridad de los días medianos. El timbre de tu voz sigue sonando de la manera que sonaba cuando íbamos a casa y me platicabas tu día. No importó que fuésemos en vehículo, caminando de la mano, o volando en una nave espacial: yo cargaba un Serna, y tú un portaplanos. Humores paralelos y sueños entrelazados. “La casa sería como tú la hicieses, siempre que tuviera una biblioteca perfecta”.

Cenamos y desayunamos pizza durante varios días consecutivos, cuando el perro, adoptado gracias a tu corazón noble, no se nos adelantara. A veces me pedías que te preparara un omelette especial para despertar tu creatividad frente al computador, pero tal acto, tan repleto de amor puro, terminaba en algo más, en amor tórrido, en orgasmo recíproco, y ¿por qué no?, en siete u ocho sustos que se iban a la basura, luego de la prueba de orina.

Está claro que en principio no nos iría de lo mejor, económicamente, digo, cada quien tenía sus rachas cambiantes. Los proyectos, la publicación, los planos, el concurso; pero nunca nos fue mal, creo que de eso se trata, al fin de cuentas tú me enseñaste eso, y siempre que pude, traté de recordártelo con hechos: yo estaba para ti y tú estabas para mí. Aunque nuestros contextos familiares y sociales empataban en su mayoría, de algún modo existió un rescate recíproco, el que brota y rebrota cuando las personas se saben juntas. Mi familia es complicada, en el buen sentido; la tuya, igual: tu madre es un amor, tus hermanos son yo.

¡Qué benditos fines de semana pasamos juntos! Sabrás que al principio fue difícil para mí, luego de llevar una adolescencia y adultez temprana impregnada de los jugos de Dionisio, adecuarme a los criterios de una deseada vida casi marital; y aprendí a degustar del alcohol, a sentirme satisfecho con lo externo; aprendí a bailar contigo, a no inhibirme si tenía ganas de soltar un palomazo, porque nada es imposible. De pronto los amigos se hicieron mutuos, aprendí nuevas canciones y a veces tarareaba géneros inimaginables para mi contexto rockero, mientras me daba una ducha. Y luego aparecías. Lo reconozco, desperdiciamos agua.

Recorté tus uñas y enseguida besé tus pies, ¿o fue al revés? No lo sé. Tu cuerpo me fue indiferente cuando de pudores hablamos. Le di nula importancia a tu rosto sin maquillar, a tu cabello enmarañado y a tu pijama repleto de gatos. Pude haber lamido por una eternidad cada milímetro de tu piel, también tu alma, y también a los fugaces pensamientos que, antes de hacerme reír, me dejaban pensando casi toda la noche. Me enamoré de tu humor, ¿Te lo dije? Chistes bobos sobre almendras y princesas, chistes que no dan risa sin la resolución propia de lo nuestro. Es lindo saber que las personas cuentan el chiste de su propia vida y nadie se ríe. Un lunes por la tarde te compré un anillo.

Después, después ya no existe.

Se me salió el corazón de alegría al verte hoy en el museo. Tuviste toda la razón: algún día juntos habríamos de estar en un lugar que competiese con nuestros propios giros, forjando nuestros logros y ahogándonos con nuestra propia dicha. Hace siete años que me uní en matrimonio con una mujer a la que amo, tenemos dos hijos gemelos: Román y Ramón, ¡Qué creativo!, ¿no?,  y me siento muy feliz. Finalmente, me quedé con lo mío, la publicidad me agrada, sigo  obsesionado con los comerciales y los espectaculares de carretera; lo sabes, así que es mi fuente de ingresos; pero, ¿te confieso algo?, encontré mi verdadera pasión, aquella de la que años atrás platicamos en “nuestra casa”. Acordarte debes.    

Fue maravilloso experimentarte en aquellos ayeres, mi querida Adelaida, los ayeres de mis “veintitantos” y tus “veintipocos”, en los que las dudas se desvanecieron y las nuevas preocupaciones inauguraron la latencia. Gocé estar contigo en las columnas divididas que aparecen en la línea del tiempo, congeniar el espacio, ir en contra de lo habitual, cambiar roles, desmantelar globos aerostáticos, hacer del coche un hogar, mejorar mis hábitos, consumir sustancias naturales a tu lado, degustar con la nariz la esencia de tu cabello delicioso, mientras te quedabas dormida, imaginar lo venidero, extrañarte a lo lejos y amarte de cerca. Fue bueno, fue muy bueno.

Felicidades por el Pritzker, lo mereces. Nadie más que tú merece todo. Te voy a recordar siempre, mi Adelaida, guarda la lista de reproducción. Gracias por todo.

 

       

  

 

Publicado la semana 37. 13/09/2021
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