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Manuel Avilés

Erick vuelve a casa

En la eremiomanía del sujeto ingrávido que, en la postura de personalidad anacoreta, per se, decidió ser indeleble, encontrose poco sempiterno luego de una década flébil, apenas entró quejoso.

Seamos concretos, como baldragas zozobró contemporáneo; sin embargo; antaño, nefelibata, martirio hiperbólico ofertó a los padrazos. Dicho está que como párvulo se gustó de asesinar palomas con tirachinas; ocasionalmente, luego de buenas rachas cinegéticas, Erick reprimía el estatus ausento y se le daba por volver. Quizá, augurios propios entraban en vaticinio parcial, cual accionar en los aconteceres póstumos de quienes conoció.

Ya de mancebo, respuesta análoga tomó por cola. No por hacerse de menesteres calamocanos ni de consumo fumoso, más bien, porque tribulado necesitaba chancletear en los haberes de un derrotero heteróclito del resto. Erick estaba exigente de una almadía metafórica, de un carricoche que sobrepasase las mismas extremidades.

Fue pues, como fue. Como dádiva de un decimoséptimo ritual onomástico, el conquistador, el bárbaro, el oriundo de Fráncort del Meno, tomó la valija vacía y se encaminó al confín. Como deficiente bienquisto, parvos mancebos tenía para con sí; por ende, no más que un errabundo callejero atendió mirada de hito en hito. Por su parte, los susodichos padrazos caso omiso ocuparon de la emancipación, y el programa televisivo continuó en la pieza principal de la morada.

Nunca fue de peculio abundante, es más, decumbente, la yactura capital era parte de su día a día. Al principio, apenas trescientos kilómetros y nueve días, bajo su propio regolaje y desapego, el óbolo sutil le hizo a recurrir. ¡Suertudo! ¿Pues quién en su sano juicio de íncola inmigrante se hace de la filis popular para consagrar un objetivo? Sólo él.

Así la temporalidad. De indumentaria llana, el errante aventurero perdió su lastre pesantés, auguró proclividad al ascetismo y se hizo de su propia falacidad incumbente. ¡Por supuesto que el cardumen zozobrante de la cuestión ratificó dudas temporales! Pues una vez, granjeado en espacialidad semipermanente, de cuyo sitio desconozco, ignorante; tal jovenzuelo a nada se encontró de tornarse al génesis. Es habitual, cualquiera lo haría: Yo, el inexistente, lo haría.

En evidencia, en el clímax recae todo aquello a lo que la descripción no recurre, pero Erick no es un individuo de argumento. He de decirles que si bien, el Demian de Hesse hace en demasía inventariando un litigio, por bien servido hago del nuevo aventurero, quien en carácter de factor spoileado (acorde a la retórica del nuevo siglo) habrá de hacerse con el estatus de máster en la abogacía; bien tuvo por regresar y coger la cachava tirachinas.

Tres mil seiscientos sesenta y seis días caducaron. El hombre de la valija restituye con la misma valija: ni desastrada, ni cabal, simplemente, la misma valija. Regresa en la estación cuatro, ahora no camina. Y regresa en la estación de la tizona caída, en la que el progenitor no ejerce más significante que significado, de todos modos, éste y ésta ya se encuentran  bajo tierra.     

En la eremiomanía del sujeto ingrávido que, en la postura de personalidad anacoreta, per se, decidió ser indeleble, encontrose poco sempiterno luego de una década flébil, apenas regresó quejoso, y por cierto, para nunca más quejarse.

 

  

Publicado la semana 36. 06/09/2021
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Erick Neri Morales
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