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Manuel Avilés

Sobre el génesis

S.S.

Cierto día, un individuo dentro de su habitación redactó una nota sencilla. La tarde pintaba a un aguacero seguro y los perros de la calle aun no comenzaban con su orquesta. El cielo se convertía a un gris deprimente que las gotas de agua hicieron por decorar. Sosegado, sacó su vieja máquina de escribir, la misma que le regaló su padre. Con los ojos hacia la ventana y la intensa luz de un rayo explotando en el exterior, dio un suspiro profundo y se entrelazó las manos.

 

No había mirada alguna que hubiese hecho a Ricardo el hombre más enamorado del mundo como cuando conoció la de Cynthia, ese medio día de un jueves. Obsoleto de los menesteres del amor, él sabía que las  miradas eran sólo miradas, así como los transeúntes, sólo transeúntes. No le costó levantarse, no como 14 meses atrás; se creía curado. Notaba en el deambular de vehículos que la vida le decía, a modo de metáfora, que la humanidad es un Camry blanco velocísimo que no tiene intenciones de detenerse. Así pues, rompiendo la calle lineal de sus propios pensamientos, dobló por la avenida principal.

¿Dónde moran los ojos más bellos del mundo?: ¿En el hijo sí deseado?, ¿En la madre perpetua?, ¿En el canino que llora de emoción una vez se llega a casa?, ¿O definitivamente en lo que se mira cuando uno mira al charco cristalino de un bache en la carretera?

Cuando las horas antes de la hora planeada, esa que dicen Dios determina, la curvatura de unos labios perfectos rozó con los dientes de la misma boca;  estos acogieron labial indeleble sin color y se prepararon para el intenso frío que demandaba una salida del hogar. Cynthia decidió caminar ese día, Cynthia era feliz y lo sabía. Cynthia es el amor que el mundo necesita y la  claridad que el ciego nunca ha dejado de anhelar.

En la farmacia, Cynthia compró ibuprofeno, sacudió su abrigo y se dispuso a transitar la ciudad. Su largo cabello castaño era cubierto por un gorro de tela. Su piel blanca merodeaba a un sutil cambio de color rojizo a causa de la temperatura. Sus pasos eran cortos y sus sueños, permeables.

Entonces, las 12. A la distancia, una figura femenina se hace grande mientras se acerca, de extremo a extremo, al cuerpo estático de Ricardo, quien embelese sus sentidos de manera perpetua a partir de ese momento. Veinte metros y los ojos toman forma, también la admiración; quince metros y las siluetas se confunden, el cariño invade sus adentros; diez metros y la fragancia del cielo ingresa por cada poro de la piel del hombre, la vida le mintió; cinco metros y recuerda que nunca conoció el amor, hasta ahora; doce centímetros y ha dejado de creer en todo, ya nada existe, gustoso puede morir, declarar extinta su especie y encontrar en ese diminuto momento todo lo que no conoció antes. Si estalla, estallará feliz, y morará etéreo y eterno en el sitio en el que ella se encuentre…

 

Para las dos de la mañana, retirando las gafas de sus ojos cansados, Ricardo ejerció un largo bostezo, hizo de lado la máquina de escribir y estiró sus brazos. Quitó la camisa rayada de su torso y volteó hacia su cómodo colchón; Cynthia ya estaba dormida. Alegre, la miró, besó su frente tibia y le susurró al  oído las palabras que desde hacía 7 años mencionaba antes de dormir, ella emitió un gesto placentero con la sonrisa más bella que en el mundo puede existir. Bajo un edredón azabache, Ricardo abrazó a su esposa y dormitó con ella el resto de la madrugada, con la lluvia musicalizando sus sueños.  

 

Publicado la semana 27. 06/07/2021
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