26
Manuel Avilés

Plash Plash

Hola, querida:

Siete, siete, dos por uno, coliflor, pin pun, plash plash.

Atribuyo este sustantivo para no quedarme con ganas de llamarte así. Nunca lo dije con falsa franqueza, pero tampoco es tarde para poner títulos a mi antojo. Nada me gustaría más ahora que entregarte esta hoja arrugada en las manos, mojar tu mejilla con un beso sincero, verte a los ojos y regalarte una última sonrisa como despedida; dar vuelta hacia atrás y doblar en la esquina, caminar en línea recta y perderme en la vereda en que ya hace bastantes ayeres te vi por primera vez. Pero no todo es posible.

 

Racatam, racatam, súcum suc suc súcum.

 

Parecía un tonto tratando de lograr con chistes pendejos que te fijaras en mí. Más de una vez caminé afuera de tu casa espiando, cual delincuente en horas laborales, la habitación del segundo piso de tu morada, viendo como retirabas la cortina para ponerte un pijama e irte a dormir...nunca te enteraste. ¡Benditas las horas en que mi ansiedad doblegó la voluntad y permitió, sin receso, quedarme dentro de casa y no verte! No era mi intención, lo juro; los médicos nunca se enteraron de que tú eras la cura de una enfermedad sin causa.
Te soy franco, jamás supe porque dijiste que sí. No sé si fueron mis pantalones nuevos, la colonia que le robé a papá o las gladiolas amarillas que te di en la primera cita como muestra de mi afecto. Lo que tengo claro es que temblaba sin control mientras miraba tus labios perfectos. Debí verme como un fracasado ante tus ojos. Debí saber que una mujer de tu clase estaba perdiendo una apuesta pasajera o pagando una deuda a Satanás para estar con alguien como yo.

 

Tum tum, pus pus.

 

No te voy a mentir, aunque casi no estaban en casa, mis padres se alegraron al ver que los audífonos, la barba de una semana y el computador que no se desprendía de mis piernas, se convirtieron en un rastrillo de tres hojas, una camisa bien fajada y vaselina abundante en el cabello.

 

Dam dam, dam, dam.

 

 Al principio creí que todo era un sueño. Los hoyuelos en tus mejillas cada que soltabas una risa o pronunciabas una palabra eran la alegría de mi alma. Tu vestido floreado, justo arriba de la rodilla, acalambraba mis pupilas y tensaba la extremidad virgen que colgaba entre mis piernas. Aun cuando aparentabas no arreglarte, mi corazón se moría de ganas de morar junto al tuyo. Tus pantorrillas eran un vicio para mi vista. Tus hombros simétricos y tu cadera tambaleante eran una terca broma sucia a la represión de mis instintos. Tus labios, debería jamás haberlos probado.

 

Ai can bugui chuc, chuc.

 

Ojalá pudiese esperar una respuesta textual de lo que te escribo.
La situación no cambió nada cuando decidiste formar algo "importante" conmigo ¿qué te costaba tomarme unos segundos y decirme qué sólo te interesaba la subjetividad de mi alma en su más genuino término? Tratar de entender mis problemas y darme palmadas cariñosas de vez en cuando en la espalda.
Es evidente que te las sabes de todas, todas. Verme amargado y antisocial te dio excelentes argumentos para darme en la madre. Deja tú el ridículo que pasé cuando comenzaste a pedir vinos caros en el restaurante, o cuando te besaste con el mesero del bar mientras yo vomitaba en el baño, aprovechando, por supuesto, que ese día tomaba mi primera copa. Sé que éramos novios, pero no hay justificación, lo hiciste y te valió madre.
No puedo negar que te graduaste, y con honores, en el arte de la persuasión, es más, hasta maestría te aventaste. Podría pensar que es raro el haberme enculado contigo, pero no, ahí estuvo tu "Ernesto", tu " Mi amor hermoso" para tolerar las pequeñas cosas que hacías cuando no te veía y cuando claramente podía verte.

 

Be be be bererere repeturam rapatam tan.

 

Hoy puedo poner títulos a mi antojo porque tengo tiempo. Ya no tardan en traer el almuerzo y el tipo del uniforme está convencido que estoy aquí por error. A veces el color de sus zapatos me recuerda a tu vestimenta del once de noviembre, el día en que nos mostramos ante el todo poderoso en el altar.

 

Dolo churrín taca, taca.

 

Ya sabía que me estaba cargando la chingada, pero no iba a dejar que la oportunidad se me pasara. ¡Tres semanas! Sólo había que esperar tres semanas y acababa la carrera. Probablemente, no comeríamos con mi entrega honorífica de licenciatura en física, ¿hubiese sido distinto?

 

Pun pun, papas, paquetaso.

 

¿Qué te digo? Se supone que es una carta de despedida y ya me estoy volando la barda. Todavía no concibo que te hayas dado a la mitad del edificio en el que con problema, vivíamos. ¡No jodas! El del segundo piso estaba casado y tenía hijos.
No me molesta tanto la relación sexual que gozaste, según las fuentes que me lo narraron. Es el hecho de que pusieras mi estado mental dentro de tus argumentos para conseguir orgasmos deliciosos, mientras cubría mis dobles turnos en la fábrica. Afirmar que como marido no funcionaba y que mi ansiedad te aterraba, eso sí esta cabrón. Luego, jurarle a las autoridades que me fascinaba golpearte y beber licor de caña todos los días. ¡No mames! Lo de la pornografía homosexual sí fue el colmo.

Chirroqis tronquis, supis quirriquis.

 

Parece que te tengo rencor, Mary, y sí, pero uno menos perceptible que antes, como sea aquí hay tiempo para todo, hasta para lo que no te imaginas.

Quiero despedirme citando lo último que escuché de tus labios:
"Te detesto"
Me guardo esa oración en lo más profundo del todo que resguarda mi presencia, para saber que por lo menos sientes algo por mí.

El tipo del calzado blanco ha traído mi comida, espero que aún recuerde que yo estoy cuerdo y todo esto es un error, es más, espero que en esta ocasión tú seas real y no me esté aventando a otro personaje imaginario, como aquellos que me invento cada que la temblorina se me da. Evidentemente existes ¿verdad? ¿Verdad?

 

 

 

 

P.D. En este cuarto acolchonado la vida es más amena si inventas tus propias canciones chi chi plash...

Publicado la semana 26. 28/06/2021
Etiquetas
Compartir Facebook Twitter
Género
Relato
Año
I
Semana
26
Ranking
1 134 0