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Manuel Avilés

Tabaco colombiano

—¿Recuerdas la primera vez que te di flores? Fue un sábado soleado, creo yo.

—Cómo no recordarlo, imbécil. Sólo a un idiota como tú se le ocurre regalar flores en una borrachera de preparatoria. Aun así te confieso, me sorprendió que tuvieras los pantalones de hacerlo.

Una semana faltaba para que la joven pareja cumpliera cinco años de mutua compañía, la que según ellos aseguraban, no estaba avalada por la ley de Dios, ni siquiera por la fracasada ley del hombre; era la norma que cuando niños se prometieron junto al árbol de mandarinas agrias, la promesa que una tarde se juraron y que consolidaban todas las noches bajo sus tórridas sábanas.

Olivia Serna se llamaba la mujer: 24 años de edad, 1.62 m. de estatura, 65 kg. y un vientre ligeramente abultado por la cerveza obscura de consumo cotidiano. Ojos tono canica, cutis color tostado, habilidosa lengua larga (por los años de práctica, decía ella) y piernas prolongadas como cobras de La India, pero firmes como un par de costales de azúcar morena, dignas de la perspicaz chica de “nuevo siglo”. Nunca le gustaron los sabores dulces, era fanática del limón y del destilado de agave barato, amaba los multiorgasmos matutinos y deleitar el chocolate amargo en las noches lluviosas.

— ¡Te he dicho un millón de veces lo mucho que detesto que me hables así! Ni una semana va de la madriza que nos pusimos y, evidentemente, no aprendiste nada. ¡Me tienes hasta la madre, Olivia!

El colérico muchacho, zurdo de nacimiento y alcohólico de afición, no era mucho más grande que ella. Tres meses y dos días era su rango diferencial de edad. Guillermo Trejo se hacía llamar. Ella le llamaba Memo, pero a él nunca le agradó. Era relativamente alto. El bajo peso que le caracterizaba era un nulo abogado de la fortaleza de su carácter. Inmaduro, terco y malhumorado, adicto a las prostitutas pelirrojas y al tabaco colombiano; irónica situación, pues su presupuesto sólo le permitía fumar Delicados sin filtro. Era apuesto e inseguro en ocasiones (herencia maldita del fallecido padre). Gustaba de los anocheceres estrellados, mas nunca los contemplaba sin una botella de whisky.

— ¡Situación que me importa un comino! ¡Eres un idiota y no dejas de serlo! Me encantaría que percibieses  lo ridículo que te ves ante mis ojos.

— ¡Bruja ladina! Aun no comprendo qué es eso que me hace amarte con tanta intensidad. Ponte el abrigo que te llevaré a comprar cerveza, anda.

—Eres un pedazo de tonto sin futuro, pero jamás olvidarás cómo complacerme. Soy tuya, Memito. Dame diez segundos, no tardo.

Ambos consolidaron un tenue y cálido ósculo, caminaron por la angosta sala y salieron del sencillo departamento del cuarto piso que alquilaban desde hacía 4 meses. La noche se tornaba fría, la brisa comenzaba a disipar el aburrido otoño que se anunciaba con las hojas secas del asfalto. Los locales de comercio apuntaban estaciones de radio locales  y los transeúntes caminaban presurosos, insípidos y secos…tristes y distraídos.

    —Me gustaría ser igual de miserables que ellos. Míralos, sin hambre, sin sed, con sus hijos, sus esposas, sus iglesias y sus perros. Me sorprende el pálido color de su semblante, son tan “ellos” —dijo Guillermo—.

—Mira quién habla, tontito. No eres muy diferente de esa bola de cabrones, apenas ayer me hablabas de hijos y matrimonio. No lo tomes a mal, amor mío, eres una roca de hombre y un amante completo dentro de mi cama, pero sé muy bien que en el fondo tienes el corazón de un cachorro, déjate de estupideces.

Ambos entraron al primer súper mercado que se topó en su camino. Atravesaron cuatro pasillos (Electrónicos, juguetería, lácteos y verduras) hasta llegar al apartado que provee bebidas embriagantes a los sedientos de espíritu. Tomaron 18 cervezas obscuras, unos totopos de queso en promoción y servilletas desechables. Pidieron un par de cajas de cigarrillos y, después de pagar, salieron mesuradamente. Guillermo sacó el primer cigarro y lo encendió mientras cruzaban la prolongada avenida principal. Olivia por su parte, comenzó a silbar una melodía pegajosa, al tiempo que sacaba una vieja goma de mascar dentro de su abrigo de manta. Los silbidos desafinados de la mujer casi le cuestan un pleito casual con su pareja, pero él sabía que esa noche no estaba destinada a la discusión latente, el alcohol los animaba y ponía de un excelente humor. Todo estaba destinado a ser inevitablemente perfecto.

Memo y Olivia arribaron a su morada, abrieron su deteriorada puerta de madera y mientras sus traseros se postraban en el par de banquitos que habían colocado en su balcón, destaparon dos cervezas. El efervescente líquido pasó de la botella a la garganta y de la garganta al estómago. Una tras otra las colillas se acumulaban en la maceta que alojaba una Gladiola de la anciana vecina del 36.

Un par de gatos decoraban con su llanto la penumbrosa escena de la noche tranquila. Un vagabundo ebrio en el semáforo trataba de levantar una pequeña botella de ron barato entre los barrotes de una coladera sucia. Los vehículos transitaban lento, transportando al millar y medio de padres de familia que volvían a su casa después de un arduo día de labores. El tipo calvo del piso de arriba observaba en sus adentros una serie policiaca, al ritmo de una masturbación intensa, inspirada con la última revista pornográfica que le vendió Don Roberto, el dueño del puesto. Dos sexo servidoras gordas esperaban clientes a unas pasos de la capilla local y las lámparas municipales paulatinamente terminaban sus semanas de labor, partiendo, supongo, al paraíso de lámparas desechadas.

Bendito panorama adverso de una ciudad corrompida y sucia, panorama que, sea conocimiento del lector, dejaron de percibir hace 20 minutos Guillermo y Olivia. Luego de 8 cervezas, un par de botellas rotas, 12 cigarros mal fumados y una “bacha” olvidada de hachís, los jóvenes creyeron oportuno darse la apertura de explorar sexualmente sus cuerpos llenos de calor: Él la besa con deseo, comienza en las mejillas y desliza su lengua hasta el cuello, la toma por la cintura y llegan hasta el viejo comedor. Olivia aprieta fuertemente sus manos y con un golpe hostil se permite abrir las piernas  para dejarse poseer. Con destreza, la chica aprieta las costillas de su amante y lame el sudor que le cae por la barbilla. Súbitamente, y con la excitación a flor de piel, Guillermo la sujeta con ambos brazos, cual animal salvaje levanta el poco bronceado cuerpo de ella y lo arrastra (con la nula delicadeza que lo distingue) hasta la polvorienta habitación. El suculento deseo que tanto los apegó se disipa en la memoria, cual revolver sin martillo. Él arranca sus ropas y desprende sin piedad las propias. La soledad de sus cuerpos se disuelve en la salada gota que empapa un cuarto obscurecido por la sombra de sus almas…por la sombra de lo perpetuo.

En el limbo fallecido de su ilusión, Guillermo lame los pechos de Olivia, y esta, igual que en todos los tiempos, tiembla de placer y encoge al límite los dedos de sus pies. La chupa, la saborea, la muerde, la golpea, la castiga, la asesina y la resucita con el semblante de un amor plagado de exceso y libertinaje. En un intermedio fugaz, él la mira a los ojos y besa con ternura sus pómulos, acaricia su rostro y, abriendo con los dedos el paraíso cuyas ingles anteceden, la penetra extasiado y obsceno; ella gime sin resguardo ni pudor, no puede evitar con sus uñas un mapa en la espalda de Guillermo trazar. Luego le muerde la mejilla, extiende, precipitada, lo más puro de sus adentros y, merecida e inevitablemente, permite que su cuerpo evoque un prolongado orgasmo carnal…ella tiembla, se revuelca en el olvido propio, llora de gozo y se aferra pasionalmente al sentimiento más solvente que mora dentro de sí. La vida le regala otro y uno más y uno más…ya no está aquí, ya no le importa, el mundo mortal no es más que un viejo tabú. Todo es fuego, sal y amor. Antes de que vuelva al mundo de los hombres ciegos, el hombre del espacio que ha dirigido su marcha comienza a temblar también. Como una taquicardia incontrolable y afligida Guillermo avanza de los rincones del infierno a las praderas de la libertad y, en estado de coma, explota…explota como una bomba de tiempo que se prolongó de más, como un millón de partículas varadas que ahora fluyen en el denso crisma de lo infinito. Empapado, culmina, aprieta la cadera de Olivia y la lleva hacia él, cual demonio al romano pecador. Ambos se abrazan y lloran, viven la magia de lo que siempre han sentido el uno por el otro, amor.

No hay sentido en culminar lo que no tiene ni principio ni final, eso sería el pase directo al precipicio del alma.

Un departamento pequeño en una ciudad inmoral, cerveza tirada en el suelo, amor plagado en el aire, una caja entera de cigarrillos, otra caja a la mitad. Las ropas destrozadas salieron huyendo por el balcón tras una ráfaga de viento, y un viejo comedor ahora necesita una reparación urgente.

Dos cuerpos yacen plenos y perfectos sobre un colchón individual. Ambos duermen y comparten un suspiro profundo que mora en la madrugada y se consuma hasta el amanecer.

— ¿Recuerdas la primera vez que te di flores? Fue un sábado soleado, creo yo.

—No, mi amor. Fue un viernes, lo recuerdo como si hubiese sido ayer.

 

 

Publicado la semana 24. 15/06/2021
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