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Manuel Avilés

Casimiro

                           Por Manuel Avilés

Tiene más de ocho semanas que experimento la sutil y corrosiva necesidad de mandarte a la chingada. Es un sentimiento que la memoria dejó de perpetuar hace más de media vida y que regresó, desde luego, apenas Casimiro desapareció de la casa. Los vecinos dicen haberlo visto en la planta baja del edificio, escarbando en las macetas de los habitantes del 32 y persiguiendo a la manada de gatos callejeros que, incluso hoy, alimentan con sus aguzados maullidos mi particular insomnio nocturno; de hecho, hay quien piensa que su repentino extravío está más relacionado contigo que con cualquier ajeno del exterior. No es difícil interpretarlo, nunca te agradó más que a mí.

Yo sabía que la tarde en que Casimiro apareció en la puerta debía cambiar aunque fuera un poco la transitoria y patética relación amorosa que nos unía. Ya fuera por tus desafinados gritos cuando te emborrachabas con whisky o tus esporádicos meados derramándose en el balcón porque el excusado te parecía demasiado sucio, la vida se tornaba insoportable y asquerosa, en medida que el vaso de mi paciencia colmaba crecientes gotas de bilis, pero qué más da, no hay mal que por bien no venga, ni cardos tan espinosos  en estos caminos de Dios.

Por esas fechas, nuestra situación no estaba tan pinche, se puede decir que hasta enamorada de ti yo seguía. Casimiro se había adaptado a la casa y aun no conocía los desquicios de tu complejo carácter. A veces nos gustaba caminar en el parque, recorrer el boulevard adornado por frondosas buganvilias y devorar, al final de la tarde, la nieve de vainilla que Casimiro tanto amó y que expresaba con enérgicos saltos sobre sí mismo. Ya en el hogar, las afrentas paulatinas de un hombre como tú, recién desempleado y naciente alcohólico, comenzaban a dar vestigios de una pronta e inevitable insoportabilidad de la vida.

Hubiera preferido que la primera bofetada me la dieras a mí y no a él, de hecho, gustosa hoy aceptaría que la tortura hubiera sido sólo mía y no compartida con una creatura frágil e indefensa; un pequeño ser que aterrado dormitó, solitario, en un rincón de la casa donde no lo pudieras encontrar.

Sabrás que Casimiro es fuerte y es por eso que huyó, le doy la razón y de haber sido posible, con él me hubiera escapado. El caso es que tiene más de ocho semanas que experimento la sutil y corrosiva necesidad de mandarte a la chingada, ¿qué me detiene? No puedo arrojar tu cadáver podrido en el río, no hasta que Casimiro sea un hombre y regrese para escupir en tu rostro. Con suerte, no tendrá que escapar nunca más, y con más suerte, a mí los gatos del vecindario ya me dejarán dormir.

 

 

Publicado la semana 2. 12/01/2021
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