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Manuel Avilés

Labial indeleble y otros cinco desenlaces

La luna se apaga y los carburos se prenden. No como carbón activo, la mecha siempre es más frágil que las servilletas y hay labios que arden, hay bocas que besan y hablan, hay botanas amarillas.

Dentro de los disparos automáticos se sienten piquetes en la piel, un micrófono apagado no sabe de nuestro vocabulario, Dios no está en los iracundos ni en los que dejaron de amar, estás en bocas ajenas, estás en la ajenidad del que besa sin notar que la botella es discreta.

¡Maldito labial indeleble! Calla más de lo que dice, ama la servilleta y se recuesta en la colilla pasajera. ¡Tonta calidad que ama la caja que toca tus manos!

¿Hueles a sal o hueles a trovador de antaño? Hueles a color castaño, a veces hueles al color de tu alma.

Me quedo dormido en un sueño profundo, uno que me recuerda a pizza tibia y dolores de espalda, los verdaderos dolores se secan, siempre es bueno conocerte, conocer lo que nadie conoce.

 

(1)

Era un insomnio pasajero, un sueño tórrido, una caricia que seducía mis pesadillas.

Era la sensata salmonela que levantaba cada vello de mi brazo izquierdo. Arrojaba un frugal almohadazo sobre mi cara y acosaba, despierta,  mi cuerpo en las frías noches que mantenía en mi sofá...

Era la madrugada y sus sonetos friolentos, callados y enteros.

Eras tú, despierta bajo tus sabanas a las dos de la mañana, consciente, vagando con la mirada en los pasillos de tu habitación. Tus pies desnudos en la alfombra marrón, recorriendo y regresando sin sitio ni respuesta.

 Era mi sofá. Era tu recámara, mas tus sandalias no eran calzadas por mis pies sin ropa.

 Eran las lágrimas que de tus ojos salían y que mis mejillas secas nunca tocaron. Estábamos unidos por lo indispensable, era un bueno imaginando.

 

(2)

Aquellos momentos sin tacto que mantienen un lugar en la mente sólo para anidar desgaste e invalidez.

¿Dónde reside el error? Se preguntaba mientras una terrible fiebre dominaba su cuerpo cansado y acalambraba sus pies. ¿Fue la hora? ¿El lugar? ¿El momento? ¿La tragedia? ¿La pseudofelicidad? ¿La desdicha o la deficiente congruencia?

Quizá el verdadero error fue no buscar el acierto cuando la oportunidad era menos borrosa. Ser con totalidad, ser para él y no para otros.

Jalaba su cabello con ambas manos hasta llenarlas de sangre. Se mordía las uñas con la nula descares que hasta ese día tanto le caracterizó.

Embriagado por lo redundante, viajaba en patineta, sobre el limbo de su pasado, en la disyuntiva que lo pudo tener en un sitio, cuya similitud difería con el ardor del día a día.

Entrar en detalles calma la necesidad del hambriento y sólo prolonga la inevitable, pero anhelada inanición.

Con la llagas de lo que ya no sirve, de la ira estancada y de todo aquello que gusta de envenenar el alma, permitió por vez primera que la casualidad tomara la decisión. Un minuto de alivio. Un minuto que compensa todo el polvo que dejó sobre dos viejas ruedas.

 

(3)

Te quedaste en mis ojos sin mesura, arropaste la torpeza de mis emociones suaves y disparaste el revólver del millón y medio de cosas que me hicieron quererte.

La tiniebla del olvido me golpeó a quemarropa, también alimentó mis ganas de inaugurar un futuro colorido, delirante, un futuro que destrozó sin miedo el caos de mis entrañas.

Bendita intención de mirar la sonrisa hacía decorar tu rostro. La sonata maravillosa de la tarde que me hizo verte, como aquel que mira el mar por primera vez; el que sin sentido aboga por aquel fanatismo que le hizo feliz.

 

(4)

Piérdete en el intento, que de todos modos ni el viejo calvo de la esquina creía en ti.

Haces bien, pequeño sapo de las cloacas, porque el lodo que hasta ahora desconoces estaba destinado a caer en tus ojos.

El vaso vacío que derramaste sin siquiera existir, tuvo que morar en el iracundo hueco que forma tu mano.

Aún así, gnomo que habita en la higuera, traga de la manera más rica cada flor que las penumbras ofrecen...la soledad es austera, de todos modos ni eres ni serás.

 

(5)

Bajo la costilla del atardecer suelto, se levanta el bandido que hurta sueños en campos de amapola. Toma el cardo cual bastón y escruta, irascible, lo que una sombra de higuera le ofrece: un par de bragas olvidadas en la coyuntura del tallo, siete monedas opacas que rodaron desde un bolsillo extranjero... Tres lágrimas saladas que el colérico arriero no recordó levantar. Inhala el aire polvoriento salpicado del suelo que sus botas gastadas pisan. Mira al cielo, se arranca un trozo de piel y se devora insaciable.

 

"He ahí al ladrón de sueños, sin mercancía que robar. Dale la espalda a tu naturaleza ingrata, desgarra jubiloso las alas negras que dejaron de embonar, y mécete en el seco otoño que la sal de tu garganta añora. Vuelve a dormir, que la noche somnolienta te aguarda con el regalo de la muerte.”

 

 

 

 

 

 

 

Publicado la semana 19. 10/05/2021
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Poesía
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