18
Manuel Avilés

Tren Bala

Para Jaqueline.

 

A medida en que el tren avanza, Hombre conoce a Mujer, es casi de tarde y el reloj no se detiene. Éste le pregunta la hora y le ofrece un cigarrillo después de 30 segundos de plática casual. Ella se despide, apenas arroja su colilla a través de la vía y él la mira partir.

Hombre queda fascinado con el acontecimiento, un cigarrillo a cambio del amor. Mujer no ha de pensar en él nunca más.

Cuando Hombre se despierta, nota que todo ocurrió. A fin de cuentas, le es complejo discernir entre la realidad y el sueño. Los ojos marrones de Mujer se abren y  dispone a beber lo que en la cafetera; lava su cuerpo, viste sus ropas y sale cerrando el portón metalezco que protege la cavidad del inmueble.

Mujer porta calzado de piel y ranuras en el alma; hombre trata de ranurar el calzado y portar la propia piel sin macular la desesperación de sus ojos, sale de casa.

En el agobio de la mañana, Hombre divide el parpadeo en dos. ¿Quién fuera el que escapa del mundo, mas pretende habitar,  perpetuo, en él? El corazón ha de predeterminar sus pasos.

Con mermelada, Mujer unta el pan tostado de la cafetería, su cabeza recuerda el compromiso futuro, sabe que la libertad es un vaivén interno que colapsa en el otoño; Hombre entiende que la vida no tiene solvencia.

Los ojos marrones aparecen en el volátil concurrir de los autos de la ciudad, en el semáforo cuando color rojo, en la yugular de un medio día paranoico: el que choca contra los aconteceres de Hombre, el escapista de los hombres.

Y he aquí el placer del mundano. Dos de la tarde. Oficinistas y despedida. Tráfico y despedida. Salvación y despedida. Mujer, frente al computador trata de encender un cigarrillo, pero no debe; Hombre enciende el suyo, pero no puede. Ambos se sientan y no concuerdan con los planes del mundo,  pero ¡Qué demonios! ¡El mundo que se vaya al carajo y que el humo de alquitrán se disuelva con él!

El atardecer oferta su queja y lo regala al mal clima, comienza a llover. Son las seis y el computador baja. Falta poco para que vengan por Hombre y éste lo sabe. Ojalá que pudiera quedarse dormido en donde los ojos mismos de ayer. Poético desenlace que no ha de existir.

Entonces es así, como debe ser. Cuando Hombre cierra la puerta, las gotas mojan su pelo, no le importa. Su mano derecha sostiene una maleta obscura con nulas pertenencias. Camina rápido. Mujer sólo porta una bolsa de mano, le importa poco el destino y aún menos las pertenencias.

De nuevo el tiempo aqueja. Apresurado, Hombre imagina la hora, ha de saber que son las 23:55, los segundos le son indispensables. Mujer está en el andén. El tren, digno atributo del incierto, trae un  22 de septiembre que se encuentra a sólo 5 minutos del desaire y lo inevitable.

Entre las vías, un hombre mira a una mujer que se sostiene el vientre. Ha de fungir el recuerdo para un sólo sentido, sentido descarado. Mediano recuerdo. Hay dos sonrisas. La primera por deja vu, la segunda, que se disuelve con una bala de plomo en el cráneo, por amor.

Tres segundos más y es Otoño. Mujer aborda, no deja de tocar su vientre y trata de olvidar la escena. La lluvia limpia la sangre de las vías. Hay disturbio. Hombre estaba destinado a morir una noche antes, pero un par de ojos marrones le dieron un pequeño regalo, un poco de redención. Dos cigarrillos manchados de rojo van hacia la coladera.

 

 

 

  

 

 

Publicado la semana 18. 03/05/2021
Etiquetas
Compartir Facebook Twitter
Género
Relato
Año
I
Semana
18
Ranking
1 114 0