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Manuel Avilés

De amor, de muertos y de peleas (Cap. 3)

De Juventud

 

La mañana había pasado como deben pasar las mañanas que no valen la pena. Desperté recordando mi antigua habitación, la de los muros azules que apuntaban hacia la ventana, con los cristales impregnados de humedad y moscas muertas. Claramente, vi cómo los primeros rayos de luz atravesaron la cortina polvorienta, filtrando el cebo natural que ante mis ojos, derrocaron el régimen absolutista de la madrugada. Traté de sonreír, hice caso omiso de la acostumbrada antipatía que los años me habían regalado para con el resto del mundo fuera de mi espacio; sin embargo, fue inútil. Inhalé media bocanada de aire para no alterar mis pulmones y tallando bruscamente los párpados con mis manos me levanté de la cama. Mis pies descalzos de inmediato se quejaron por la temperatura del suelo y antes de permitir una rebelión recurrente por parte de éstos, aceleré el paso directo al baño.

 

El fanatismo al alcohol me había permitido no asear mi boca de manera habitual por semanas. Nunca fui fanático del sabor de la pasta dental, además era un verdadero fastidio experimentar la náusea que el cepillo generaba cuando, sin querer, sigiloso entraba hasta mis anginas. No me importó en absoluto. Algo que desde luego alentaba la afrenta contra estas trágicas maldiciones de la cotidianeidad, eran los sábados, y no es por decir que los viernes o los domingos me desagradaran. El caso es que después de bastantes años de clientes obstinados y renuentes, café desabrido, quince mil pesos míseros de indemnización justificada y compañeros “Godínez” en el servicio bancario telefónico, un día completo de liberación personal era digno de luto y alabanza. Además, por mi pésimo desempeñó como vendedor de seguros, nunca tuve mejor momento para descansar y maldecir desde mis adentros lo ridícula que era mi vida.

 

Terminé el ritual de limpieza física, el que incluía además de la boca, mi cuerpo escuálido bajo una cascada de agua helada y un afeitado rápido y superficial frente al espejo, agradeciendo a la genética inmoral los doce pelos que extraía de mi cara cada quinientos años.

 

Sentado en la cama, mientras retiraba un cenicero desparramado del piso, elegía entre camisa de cuadros o playera negra de “Ramones” (para satisfacer mi nostálgica adolescencia punk). ¡Vaya que hacía tiempo de no escuchar música! Y menos dedicar unas horas para refinar el gusto, ya por lo menos para enterarme qué desgracias estaba ofertando la radio local.

 

El desayuno, propio manjar de un descarriado sin empleo, fue esporádico y grato. Entre los residuos de caguama y un pantalón chamuscado encontré medía bolsa de sabritones: menos duros que los bolillos enmohecidos de la alacena; menos blandos que la constante de mi impotencia sexual después de una madrugada de copas, pero igual de escasos que la vitalidad de un alcohólico irrelevante.

 

La casa, compuesta de una planta baja y una alta, habitación superior, dormitorio subterráneo para visitas, sala-comedor, cocina, amplia terraza y un cuarto de baño externo, característica de los inmuebles de siglo pasado, estaba en verdadero silencio.

 

El medio día apuntaba a un atardecer lluvioso, se exhibían las nacientes nubes en la punta de la montaña, por lo que mi fanatismo a la sequía externa me obligó a apresurar mi paso hacia la tienda de provisiones del mercado local. Tenía un par de meses en que los suministros monetarios se agotaban. Mi racionamiento debía ser coherente y se limitaba a las acostumbradas botanas caseras, al vino barato y a los cigarrillos sin marca que “Carmelo”, el tendero traficante, me proporcionaba al mejor precio.

 

La ruta fue simple, siempre en línea recta: los mendigos, los infantes, los templos, los perros hambrientos, las plantas de sombra, los barquillos de vainilla y todas las depravaciones callejeras iluminaron mi caminata indiferente.

 

Hice lo acostumbrado, regresé corriendo a casa y tras batallar treinta segundos con la chapa oxidada del portón, ingresé de inmediato.

 

La sesión comenzó a las 12:48 horas. Los vasos de vidrio últimamente escaseaban y entendí que no existía una diferencia notoria entre el vaso y la botella pegada a la boca. Por fortuna ese día correspondía al vodka hacerme los honores. Sin refresco, ni agua mineral, ni jugo de arándano, ni dignidad, ni valores que interrumpieran el camino más puro entre la libertad y el hombre, me embriagué de inmediato. El sacramento voraz de mi sed ya había dejado de contemplar lo que al tiempo competía. El objetivo no sabe de excesos y, en efecto, tampoco de virtudes. Sin más, el proceso hilado del argumento etílico me llevó a la felicidad, posteriormente a la euforia, después al cansancio, a la tristeza, a las lágrimas y al berrido desesperado de un hombre incapaz de moverse en el suelo.

 

Desperté 9 horas y media después, la botella de vodka ya había desaparecido, no había cigarrillos en el suelo, ni playera de Ramones adornando mi torso. Mi cuerpo había dejado de sentir nauseas, el oficinista desempleado era sólo un concepto vago. No había habitaciones pestilentes, no había bolillos mohientos, no había malos augurios. Mi cuerpo alojaba 5 kilogramos más y un par de brazos consistentes. Me sentía bien, los dolores del mundo se fueron. Me senté algunos minutos junto a una jardinera de buganvilias, debía ir al trabajo y ya era tarde. Mi esposa bajó de la recámara, me dio un beso en los labios y se dispuso a preparar el desayuno. Tuvimos una breve charla sobre cortineros y juegos de cocina, apenas desprendí palabra. Me dispuse a darme un baño, me quité las prendas y dejé que el agua caliente de la regadera chocara contra mi espalda. Afeité mi barba poblada y me lavé los dientes. Confundido, me pregunté si verdaderamente me sentía feliz, no lo supe, comenzó a llover y mis pensamientos cambiaron de rumbo.

Publicado la semana 17. 26/04/2021
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