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Manuel Avilés

De amor, de muertos y de peleas (Cap. 2)

 Girasoles de florería

 

Cuando se levantó a media madrugada, las luces seguían encendidas. El sonido de los  esporádicos vehículos en la urbanidad del exterior, bien mezclados con la cantidad suficiente de whiskey, le retumbaban en la cabeza. Trató de mantener el equilibrio, pero no pudo evitar derrumbarse hacia la izquierda y chocar con un muro de la habitación. Apoyándose con las manos, llegó hasta la puerta de madera, salió con lentitud y deslizó cada una de los envases vacíos, incluso rotos que, regados, adornaban la superficie de toda la casa. Con mucho esfuerzo, hizo parada en la sala, buscó el sillón de la parte media y cogió una de las botellas que resguardaba un poco de su contenido. No utilizó un vaso, ni le importo que un vidrio afilado se asomara de la boquilla del recipiente; simplemente cerró los ojos y dejó que la bebida y la sangre tibia de su lengua pasaran directo al estómago. Venciendo a los demonios inoportunos del intestino, guardó las ganas de vomitar y juntó ambas manos temblorosas.  Se tapó el rostro y deslizó la cabeza hacia atrás. La pared corrugada le enfrió la piel, y en el mareo perpetuo de su naciente resaca no pudo contener las lágrimas. 

Trató de calmarse, mas no encontró un motivo para hacerlo. Con la mirada hacia abajo  y  las gotas saladas uniéndose en perpetua agonía con la suciedad del suelo, observó la hoja húmeda y arrugada que salía de un costado de la mesa de centro. Se acercó a ella, se arrodilló y la levantó lentamente:

 

Anoche mientras dormía tuve un extraño sueño, uno que parecía traer personas que están lejos. Soñé con el rostro de gente que dejé atrás y desperté con el corazón lleno de alegría.

 

Lanzó la hoja a lo lejos. Se levantó, buscó un poco más de alcohol en las botellas de la cocina y se volvió hacia el sillón. Tomó el álbum que desde hacía tres noches estaba en el pequeño buró de la sala, junto a los cristales rotos de los portarretratos. El delirio de sensaciones fusionadas en su cuerpo le hacían tomar formas que especulan a la locura. Su rostro cambiaba de color, reía, hacía muecas y ahogaba gritos dolorosos en el pecho. Terminó lo que quedaba por beber en su mano y se quedó dormida, con la boca ensangrentada y los ojos hinchados.  

Con suerte, cuando despierte encontrará una cerveza en el refrigerador. O quizá, con más suerte, la casa estará limpia, ella sobria y el día, soleado. Todavía con más suerte, el teléfono sonará para escuchar al detective decir que todo es un error, que existen pistas suficientes para considerar un escape. Saldrá a la calle, se meterá al primer templo que encontrase para agradecer a Dios por todas las bendiciones y prometerá convertirse en una fiel creyente a partir de ese momento. Comprará girasoles de florería, volverá a casa y hará el amor con el hombre de su vida, el individuo que no tuvo razones para humillarla y desahogarse a fuerza de palos por más de 25 años.

Pero en lugar de ello, tendrá que despertar  dos horas antes de que amanezca, recoger en silencio botellas rotas del suelo, quemar fotos, borrar huellas y lavar todo lo que en la cocina se aloja. Darse un baño, vestirse y peinar su cabello quebrado; volver al sillón del medio, cruzar la piernas, quizá los brazos, y pensar con detenimiento cuál es la mejor manera de deshacerse del cadáver masculino que tiene en su habitación. Luego, con la mente despejada, tendrá el valor de continuar escribiendo en la hoja húmeda y arrugada que yace en el suelo.

 

 

Publicado la semana 15. 12/04/2021
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