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Manuel Avilés

Jesucristo en avalancha

De acuerdo estoy que ni me enorgullece ni me dignifica haber hurtado del altar del templo local al Jesucristo que está en la cruz. Podría aceptar que soy un delincuente, un irrespetuoso de los cultos populares o un verdadero hijo de puta. Pero no, bueno, sí. Adopto sin problema esta triada de adjetivos sabrosones a las características de mi personalidad y mis hábitos; no obstante, mis propios motivos tuve al respecto.

Omitiré detalles del elaborado plan que ideé para extraer a media madrugada, con ayuda de maquinaria sutil y por las puertas principales de la iglesia, la figura de dos metros, elaborada de arce y caoba de un individuo envuelto en sangre e incrustado en una cruz hecha del mismo maderezco material; finalmente, no por esmerar la calidad de mis pocos años vividos en esta tierra, consideré un hecho que el tipo llevaba ya varias décadas por ahí.

Al principio, en mis deambulares matutinos notaba una expresión más indiferente que caótica del personaje en mención: un cuerpo semirrobusto y encuerado tendido en un amplio aposento, en donde la muchedumbre y los cantos desafinados se vinculan en disonante sincronía, debía estar en completo estado de tedio y aflicción.

¡Claro que la madera hubiese sido perfecta para elaborar una sofisticada avalancha noventera! Mas ¿Quién necesita un juguetillo de antaño cuando puedes escuchar las desorbitantes aventuras del sujeto que más de 2000 años lleva postrado en los haberes de nuestro tiempo? Digamos que le hice un favor.

Una vez en casa, no fue tan complicado retirar las chavetas que finamente incrustaron en las talladas manos de mi amigo, como sea siempre tuve dotes para extraer y no para introducir. Con los pies fue lo mismo. Jesús no puso resistencia ni causo alboroto propio de una mención.

La primer semana me dispuse a ponerlo en el contexto posmoderno, ya sabes: que siempre sí valió madre el imperio romano, que el Islam, que un chingo de gente se murió con la peste “no sé qué”, que el pinche Colón, que un cabrón quería conquistar el mundo, etcétera. Le hice evidente que no soy profe de historia, intuyo que se dio cuenta. El caso es que me escuchó con atención y supuso que dichos acontecimientos eran imprescindibles para adecuarse a la vida loca del siglo XXI.

Una vez salidos de casa, no me resistí en hacerle la broma que desde los 8 años planeaba en mis clases de catecismo. Le invité un six de Carta Blanca y nos fuimos a pasear a la presa de la comunidad. ¡El muy cabrón no sabe caminar en el agua! Apenas lo arrojé a la parte profunda y su cuerpo tullido comenzó a desvanecerse, ¡vaya sorpresa! Cuando me tiré al agua para salvarlo, minutos después del colapso gelástico que me provocó la caída, lo arrastré hasta la orilla. Me preocupó un poco que el pobre se pudiera resfriar. Hubiese sido irónico que su segunda muerte, documentada en video, fuera a causa de una neumonía derivada de una broma estúpida. Afortunadamente, me perdonó (como sólo él sabe).

Las siguientes semanas pasaron de maravilla. Me sorprendió su gusto obsesivo por las prostitutas y el vino barato. Aunque nunca puso un sólo peso para nuestros regodeos nocturnos, de algún modo todo se acoplaba y terminábamos vomitando hiel en la alcantarilla del vecino, supongo que “de milagro” estuvimos para contarlo, Dios proveé.

Recuerdo el día en que le aposté el perdón de 50 pecados capitales si convertía una botella de agua bonafont en vino. De verdad creí que lo iba a lograr. Noté su concentración mientras ponía firmemente su mirada en la botella. No sé quién se cansó primero, el caso es que apenas desperté, el agua todavía no cambiaba de color. Quiero imaginar que hay milagros que funcionan mejor con agua mineral; así pues, esos 50 pecados me supieron mejor que 50 pesos de cacahuates con salsa.

Cómo olvidar la ocasión en que jugando billar en la cantina de Concha nos pasamos de copas y por ende, de cuentas. Qué graciosa escena la de ver corriendo a Jesús en media plaza principal a las 3 de la mañana, escuchando rocanrol completamente desnudo porque dejamos empeñadas sus enagüillas y un supuesto “manto sagrado” a la propietaria. Lo extraordinario fue lo bien que le quedó la playera ajustada de motorhead y los vaqueros que le presté para suplir las prendas que justificaron nuestra borrachera. Sabía que le vendría bien un cambio de estilo.

Y así fue. Finalmente, en los días en que dejé de alardearme de libertino, las cosas comenzaron a fracturarse. No me sorprendió encontrarlo a media madrugada autoflagelándose la espalda con un cinturón mientras veía infomerciales en la tele, más lógico sería encontrarlo observando la programación del martes en el canal de Mariavisión o algo así, pero bueno; tampoco el que comenzara a introducirse en la cabeza cuanta madre puntiaguda se encontraba en el suelo fue una locura. El punto es que mi amigo Jesucristo comenzaba a corromper su alma. No sé si el hombre, como especie, está preparado para recibir de golpe el deliberado caos globalizado, sintomático e iracundo de los nuevos tiempos, pero mi vaticino parcial apuntaba a que Jesús de verdad era un mortal.

En la medida de lo posible, ambos sabíamos que nuestra separación era inevitable, siempre fue un sujeto muy listo. Aunque insistió en devolverme la camiseta y los pantaloncillos que le presté, no permití que lo hiciera, le dije que se merecía un nuevo comienzo y a veces las banalidades del exterior son un antecedente digno. Así que estreché su mano, le introduje en los bolsillos media botellita de whiskey que dejamos inconclusa días antes y una cajetilla de Camel, sus cigarros favoritos, luego lo crucifiqué en su reluciente avalancha de arce y caoba.

La noticia se extendió como la peste “no sé qué”. Que habían regresado al Santísimo al templo, que habían mancillado su gracia divina, que lo habían maculado con ropajes de Satanás, sacrilegio, sacrilegio, bla bla bla…La verdad, yo ya estaba muy lejos. En cualquiera de los casos, libre de pecados, de vicios pasajeros y de espejismos ilusorios, también era mi momento de comenzar de nuevo.  

Publicado la semana 13. 29/03/2021
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