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Manuel Avilés

El Champú (Parte 1/4)

Para El Borre

 

-Primera parte: “La clase”-

 

Entre tanto cuchillo afilado y quemaduras de brazo, tenía que existir una asignatura en la que si no podía demostrar al mundo mis solemnes atributos como estudiante de gastronomía, por lo menos se me dejara hacer algo en lo que realmente soy impecable: ¡Ponerme hasta el culo de pedo!

“Coctelería básica” grupo dos (¡Malditos horarios!) Ojalá me hubiera tocado con mis amigos y no con esta bola de mocosos, cara de que ni una chela se han tomado en la vida. No hay terror. Lo bueno que alcancé lugar, de otro modo me hubiera tenido que esperar un semestre. 

Seguramente conoces a Mafalda, la pigmea cabezona con un moño en la cabeza y nariz pequeñita que hace mucho salía en televisión. Por supuesto que no me tocó ver su programa, no estoy tan viejo, la ubico por las imágenes de internet; sin embargo, no pudo llegarme una mejor imagen a la cabeza cuando se me acercó la muchacha.  No le pregunté su nombre, ni su edad, ni por qué chingados se me había pegado apenas comenzó la clase. Claramente la jovencita era una estudiante con iniciativa para hacer nuevos amigos. (¡Pa´ mis pulgas!) Tampoco estaba para andar eligiendo colegas a mi gusto en un grupo que ni siquiera era el mío. Eva, se llamaba, pues. Y sí, estaba más enana cuando la veías de cerca.

Deambulante, con el aprendizaje y las ganas de pistear, ponía la mayor atención para que no se me pasara nada. El reconocido catedrático y chef internacional Guillame Bocuse era una verdadera reata, según algunos amigos, así que regalándole una sonrisa fingida a la recién aparecida, comencé a tomar apuntes. “No, Eva, no quiero que me enseñes tu recetario, gracias. Trato de escuchar al profesor”. De verdad quería escuchar al profesor, pero la niña era un barro doloroso en la nariz. “Veintidós, Eva, tengo veintidós”. “Vinagre de manzana, Eva, eso dijo el chef”. “No lo sé, Eva, si dejaras de hablar habría escuchado la instrucción”.

Una hora y cuarenta minutos más tarde mi clase había sido un verdadero fiasco. En el transcurso traté de cambiarme de sitio, pero el aula estaba llena. (¡Qué lástima!) No aprendí y no bebí, pudiendo hacerlo en la misma sesión. (Gracias, Mafalda, gracias). 

Volví a pensar en lo trágico de mi situación. La clase era cotizada por muchos, además mis amigos desde el principio ganaron lugar en el grupo número uno para no presentarse en la tarde (¡Suertudos).

(¡Pero qué coño! ¡Cómo no lo recordé!) Ese día era la peda de bienvenida en casa de Sergio. Después de todo, la jornada no iba a estar del todo mal. El sujeto vivía a dos cuadras de mi casa y los valentones acompañantes de mis parrandas iban a estar ahí. (Yo creo que con cincuenta varos la armo: un rancho escondido y un cigarro suelto en la tienda ¡a huevo, no iba a llegar con las manos vacías!) 

“¿Vas a ir a la fiesta, Noé? Dicen que van a ir muchos de la carrera y la verdad yo no los conozco bien. Me traje dos botellas de mi casa, son Absolut, las robé del cuarto de mi papá, jeje. Creí que servirían para la clase.” 

(¡Pinche Mafalda! Ni de pedo te llevaría a una fiesta sabiendo lo castrosa que eres) “¿Cómo dijiste? ¿Tienes dos pomos de Absolut?” (Quizá después de todo no me caigas tan mal) “Sí, Noé. Bueno, uno está a la mitad y el otro prácticamente lleno. Si quieres, los pongo.” (¡Mafalda, Mafalda, estás a punto de ahorrarme cincuenta pesos, y vaya que me encantaría no gastarlos!) “Pues, yo tampoco conozco muy bien a todos, pero no estaría mal que fuéramos a tomarnos unos vodkitas por allá. Está bien, vamos” (Pero en cuanto te distraigas te robo tu alcohol y te dejo con el primer cabrón que me encuentre).

 

Publicado la semana 12. 22/03/2021
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