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Manuel Avilés

Mímica (Metáfora de la Casualidad)

Recuerdo el momento, pero no la hora del día. Empieza con la sorpresa, mora en la estabilidad y desemboca en el protocolo. Cuando pequeños, tú le pusiste el nombre a la esposa de Guillermo, no lo sabía. Imagino que estaba sentado en la banca destartalada del quiosco escuchando a mi banda favorita.

 

¿Verdad que es sumamente complejo introducirse en las manos de Satanás? Fue en la temporada en que las nubes lloraban por sanación, Leo reía con los pies amarrados a una raíz enferma. ¡Bella secuencia del oscuro al semioscuro! Mar parecía acongojada: su cómplice infantil, su yo, su nosotras, su diminuto chimpancé arribaba al punto de la comunión trágica, no antes de que la tarde cerrara los ojos; el tiempo gusta del vaticinio. Leo no cortaba el césped, a veces no cumple sus promesas personales. Una lata en la mano condicionaba su mirada desviada por los vehículos del asfalto, tienes la invitación digital, no te duermas, debes saber, Leo, que cuando las estaciones se abran de nuevo buscarás la máquina para no olvidar. Mar tiene lo necesario para atestiguar un encuentro, usará las ropas apropiadas, parece que la pieza única, la floreada con rasgos marinos, combinará perfectamente con los caudales que mueren en la alcantarilla, ¿Ella lo sabía? ¿De verdad puede ver el futuro?

Se levantó, Leo está despierto, cuando la muerte no viene embotellada, se aloja, paciente, en las entrañas de un receptor distraído. No gustará entonces de los acordes que papá y mamá escuchaban, mas el aire huele a balada, es ameno, hace el amor con el punzor de la cabeza, hora de partir, tienen más equilibrio las piernas que tu corazón. Mar estuvo lista antes de saber que jamás estuvo preparada, el pasado sí puede interpretar; la corteza entorrinal hizo de las suyas en ocasiones continuas, los chupasangre, la libreta manchada, el desgarrador de piel, la comida italiana, un grito desesperado dentro de la ebriedad del contrario, una confesión, dos columpios, tres estrellas fugaces, el olvido transparente. No odias a la sociedad, pequeña cuna de sal, eres diferente, eres la transeúnte sonriente que camina en reversa. Llegarás acompañada de alguien, Leo, de nadie.

Caronte transporta a Leo en su canoa. Las botas, común denominador del agua y la tierra, yacen impecables, inmaculadas en el portón del recuerdo, sitio de ron y cebada. Ahí se alojaba su cómplice, el que es protagonista de la ceremonia, Dios llora.

Comida casera, la mejor de todas. Hay un ritual sencillo, ruedan desechos de nada sobre los rostros directos. Leo tiene ganas de seguir el patrón, cuando el brandy, la desdicha; cuando el cigarrillo, la luz. Mar siempre ha sido un lecho de sentimientos, anestesia su nostalgia con amenazas a forma de chascarrillo. Se vieron minutos antes, no se han dejado de ver.

Otra vez la vida se ve con ojos ebrios, por un lado, el otro ve con ojos enteros. No comparten sus labios, Mar es un ser elocuente, oferta y demanda, más primera que segunda. Leo deja de ser tibio, Mar deja de ser fría.

“En el caos estarás cuando mi integridad fallezca”

 

Publicado la semana 11. 15/03/2021
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