08
Lucía Belvis

SPICA

            —Me he enamorado.

            Mi amigo se atragantó.

            — ¿Perdón?

            —Lo que oyes, estoy enamorado.

            —Esto tiene que ser una broma…

            —No lo es. El amor ha anidado en mi corazón, amigo mío.

            — ¿Y quién es la afortunada?

            —Bueno… es una estrella.

            —Uhhhh, que interesante.

            —Y brilla más que ninguna otra, bajo mi punto de vista.

            —Eso es precioso, ¿y cuál es su nombre?

            —Spica.

            —Wow, que exótico.

            —Y hermoso…

            — ¿De qué color tiene los ojos?

            —Azules.

            — ¿Y el pelo?

            —Negro, con algunas mechas blancas.

            —Ostras, esa chica sí que es rara…

            —No lo es.

            Dije entornando los ojos y dando un largo sorbo a mi café.

            —Bueno, ¿y puedo conocerla?

            —Me parece bien, pero ella sólo sale de noche, y del 23 de agosto al 22 de septiembre. Hoy puedes verla.

            — ¿Pero qué narices…?

            — ¿Qué?

            — ¿Te estás quedando conmigo?

            — ¡No! ¡Te juro que es de verdad!

            Mi amigo resopló y cruzó los brazos.

            — ¿Hoy puedo verla?

            —Ya te he dicho que sí.

            —Bien, pues quedamos a las nueve de la noche y me la presentas.

            —Mejor a las once y media o a las doce, se sentirá más cómoda, es un poco tímida.

            La cara de estupefacción que puso mi amigo provocó que una ligera risa saliera de mis labios.

            —Tú te estás cachondeando de mí.

            —Que no, de verdad. ¿La quieres conocer o no?

            —Está bien, nos vemos esta noche.

            —Pasaré a recogerte a las once menos cuarto, luego iremos al observatorio, he quedado con ella allí.

            —Qué raro me suena todo esto…

            —Confía en mí.

            —Está bien.

            Nos despedimos y volví a mi casa. Esperé impacientemente durante toda la tarde, hasta que llegó la hora de empezar a prepararme. Me puse mi traje más elegante, mis zapatos buenos, me afeité y peiné. No sé cuánto tiempo estuve frente al espejo, sin dejar de ver imperfecciones. Cuando volví a mirar el reloj, casi llegaba tarde, por lo que salí a toda prisa y me dirigí hasta la casa de mi amigo. Él estaba esperándome fuera.

            —Llegas un poco tarde.

            —Es que quería estar perfecto para ella.

            —Vaya tela… písale, que no llegamos.

            No tuvo que pedírmelo dos veces.

            —Pero ¡qué haces! ¡Era una forma de hablar! ¡Nos vas a matar animal!

            — ¡Dijiste que pisara a fondo!

            — ¡No literalmente, hombre!

            Bajé la velocidad. Mi amigo suspiró. Llegamos a las once y veinticinco.

            —Bien, veamos… ¿dónde está ella?

            —Dentro.

            —Pues vamos.

            — ¡Espera!

            Él se giró hacia mí.

            — ¿Qué?

            —Tienes que ponerte esta venda en los ojos.

            — ¿Por qué?

            —Ya te dije que era tímida.

            —Esto no puede ser cierto…

            —Pues lo es.

            Le puse la venda y le dirigí hacia el interior.

            —Agáchate un poco.

            — ¿Cómo?

            —Que te agaches un poco.

            — ¿Por qué?

            — ¡Tío!

            Refunfuñó un poco, pero se acabó agachando.

            — ¿Y ahora qué?

            —Quédate así un momento…

            Toqué un par de cosas y ajusté otras pocas y le permití quitarse la venda.

            — ¡Venga ya!

            — ¿Qué pasa? ¿Es que no la ves?

            — ¡Sí! ¡La veo, es una maldita estrella!

            —Ya te lo dije.

            —Pero ¡cómo te vas a enamorar de una estrella cacho burro!

            — ¡Tú te enamoraste de un personaje de un videojuego!

            — ¡Eso no es lo mismo! ¡Un personaje tiene físico y personalidad! ¡Una estrella es un maldito cúmulo de gases!

            — ¡Yo no me meto contigo!

            — ¡Es que eres estúpido! ¡¿Para esto trabajas aquí, para enamorarte de las estrellas que tienes que…?! ¡¿Por qué narices trabajas aquí?!

            — ¡Trabajo aquí porque soy astrónomo!

            — ¡Lo que eres es un tonto! He perdido la tarde y la noche enteras por venir a ver una maldita estrella… que broma más buena, me largo.

 

Un mes más tarde, los amigos vuelven a reencontrarse

 

            —Me he enamorado…

            — ¿Otra vez de un ser sin sentimientos ni emociones, que no tiene forma humanoide, vive a millones de años luz de ti y es un gigante gaseoso?

            —No, listillo. Me he enamorado de verdad.

            — ¿Cómo se llama esta vez?

            —Omega, pero sus amigos la llaman Cisne.

            — ¿Omega? ¡Esto me suena a otra trola de las tuyas!

            — ¡¿Por qué eres tan cruel?!

            — ¡Es que me sorprendiste tanto con la estrella, que ya no sé qué narices pensar de ti! ¡Recórcholis!

            — ¡No es una estrella!

            —Y, además, ¿qué es eso de que sus amigos la llamen Cisne cuando su nombre es Omega? ¿Qué tipo de mote es ese? ¿Es porque tiene el cuello muy largo?

            —Supongo que será por su elegancia y su presencia.

            — ¿Me juras que no es una estrella?

            — ¡Te lo juro por Alfa Centauri!

            — ¡Calla, calla! ¿Y cuándo podré conocerla?

            —Esta misma noche, en el planetario.

            — ¿Otra vez en el planetario?

            — ¿Y qué quieres que le haga si quedo allí con ellas?

            —Bueno… sólo espero que digas la verdad y que no sea una estrella…

            — ¡Que te lo he jurado!

            — ¡Vale, tranquilo! Nos vemos esta noche, entonces, y me la presentas.

            —Te va a encantar.

 

Esa misma noche, en el coche

 

            — ¿Y cómo os conocisteis?

            —Yo acababa de desencantarme de Spica, y me sentía solo… entonces la vi, y el mundo se detuvo por un instante. Los planetas se alinearon a nuestro alrededor, y crearon un puente interestelar entre nosotros…

            —Tío, a veces pienso que deberías ser poeta, en vez de astrónomo.

            —Yo estoy muy bien con mi trabajo.

            — ¿Y cómo es ella?

            —La mujer más hermosa del universo, los cabellos rojos, los ojos grises…

            — ¿Y qué más?

            —Ya lo verás…

            — ¡Venga, que me tienes en ascuas!

            —Paciencia, que ya estamos aquí. Eso sí, voy a tener que pedirte que te vuelvas a poner la venda.

            — ¿Otra vez?

            —Ella no es tímida, pero me parece que será divertido que te vea entrar con la venda puesta.

            —Está bien, me pondré la dichosa venda…

            Una vez que se la puso, le conduje al interior, y moví su cuerpo de modo que mirase por la lente del telescopio. Iba a ver a mi gran amor.

            — ¡UNA PUTA NEBULOSA! ¡TE ESTÁS SUPERANDO!

            — ¿Verdad que es hermosa?

            — ¡Una nebulosa es un cúmulo de gases y polvo! ¡¿Cómo te vas a enamorar de gases y polvo?! Madre mía… cada día estás más loco.

            Sonreí, mi plan iba a la perfección.

            —Sí, me estoy volviendo muy loco.

            “Sólo una vez más, tienes que traerlo una vez más. Veamos, ¿qué elijo ahora? ¡Bingo! Una galaxia, me ‘enamoraré’ de una galaxia. A ver si me atrevo la próxima vez…”, me dije.

            — ¿Es que me estás tomando el pelo?

            —No.

            — ¡Otra noche perdida!

            —Lo siento.

            — ¡Llévame a casa, anda!

            —Como quieras.

            “Sabe de astronomía, seguro que entenderá mis bromas cósmicas, y podré descubrirle todos los misterios del universo”, me dije mientras le miraba fijamente en el camino de vuelta a casa. Él se quedó medio dormido.

 

 

Un mes después,

nuestro alocado protagonista,

se decidió a dar el último paso.

Invitó a su amigo a la misma cafetería de siempre,

 y volvió a decirle las palabras que ya nos conocemos…

 

            —Me he enamorado.

            — ¿¡Nuevamente la misma historia!? Creo que esta vez no iré al maldito planetario…

            — ¡Oh venga! Yo creo que esta vez te resultará tremendamente estimulante… para que no te lleves ningún chasco, te voy diciendo ya lo que vamos a ver.

            — ¿Y qué será está vez?

            —La galaxia del ojo negro, Messier 64. Creo que te gustará. Yo me pasé una hora entera mirándola ayer.

            — ¿Tan bonita es?

            —Bonita e hipnótica. Su negrura te arrastra hacia su luminoso epicentro en un ciclo sin fin…

            —Menuda descripción… así cualquiera se negaría a ir…

            — ¿Entonces vas a venir?

            —De acuerdo, ¿pero tendré que ponerme la venda?

            —Por supuesto.

            — ¡Qué se le va a hacer!

            Todo iba según mi plan. Lo recogí en su casa a las diez y media de la noche, y volví a llevarlo al planetario. Le vendé los ojos y lo conduje hasta el interior, pero, esta vez, antes de quitarle la venda y mostrarle el universo, decidí ver si mi mundo se completaría, o si, por el contrario, me quedaría flotando en el espacio, sin saber cuándo se me acabarían las reservas de oxígeno de mi ya cansado traje espacial. Tomé su rostro entre mis manos y le besé. Él se sorprendió enormemente, y ahogó una pequeña exclamación contra mis labios, pero no se apartó, brindándome el oxígeno que necesitaba para seguir respirando un poco más. Le quité la venda, y nos miramos.

            — ¿Tú no estabas enamorado de la galaxia esa?

            —Yo no recuerdo haber dicho que estuviese enamorado de la galaxia en concreto, sólo te dije que me había enamorado.

            Se llevó la mano a la frente y negó con la cabeza.

            —Yo pensaba que estabas loco de remate…

            —Es que únicamente salgo con personas con algo de conocimiento de astronomía, así que decidí probar lo que sabías…

            — ¡Pero si yo no sé una mierda de astronomía! ¡Sé lo que es una estrella y lo que es una nebulosa por lo que me enseñaron en el colegio y en la secundaria!

            Recuerdo que me quitó el oxígeno de golpe.

            —Entonces… ¿no sabes nada de astronomía más allá de la composición de una estrella y una nebulosa?

            — ¡No, y las pruebas que me has hecho no demuestran que sepa nada de astronomía! ¡Si ni siquiera sabía de dónde provenía el nombre de Ríspica!

            —Spica.

            — ¿Ves? No tengo ni idea… pero bueno, que sí me gustas, yo que sé…

            —Pues yo no puedo salir contigo.

            — ¿Perdón?

            —Lo primero que me llamó la atención sobre ti, fueron tus ojos. Son negros, como esa galaxia que íbamos a ver hoy, pero en el centro, hay una luz tan hermosa… exactamente igual que la del cuerpo celeste que te quería mostrar hoy… entonces decidí probarte, chico galaxia. Pero… ahora que veo que no sabes nada, tus ojos han pasado a ser oscuros y vacíos…

            — ¡SINVERGÜENZA!

            Me dio la torta más fuerte que me han pegado en mi vida y se fue, dejándome solo, en mitad de ninguna parte, soñando con encontrar mi pedacito de universo en los ojos, el cabello o la tez de otra persona. No volví a verle, borré su número y le olvidé. No tenía tiempo para lamentarme, tenía que seguir buscando.

Publicado la semana 8. 22/02/2021
Etiquetas
Star wars , estrellas, astronomía, universo , De noche, bajo la luz de la luna
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