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Lucía Belvis

MITO

            Como Dido, prendí fuego a todos los recuerdos que me quedaban, incendiando mi cuerpo y mi mente con ellos, ardiendo y sellando mis labios con un último adiós, con una última palabra agridulce.

            Como Ícaro, me elevé demasiado sobre el celeste cielo, desintegrando mis alas y cayendo inevitablemente hacia lo mundano mientras que los espejismos de lo divino se desdibujaban a mi alrededor.

            Como Dédalo, creé un laberinto en el que encerrar a una bestia, una aberración que yo misma creé, y de la que por mucho que corra no puedo escapar.

            Como Ariadna, fui abandonada a mi suerte, rodeada de arena y ceniza, cubierta de lágrimas.

            Como Antígona, fui sepultada por hacer justicia.

            Como Daphne, tuve que huir, hasta tener que convertirme en algo que no era para evitar ser atrapada.

            Como mito viviré, en la memoria de aquellos que quieran recordarme, entre los brazos de algún soñador, que quiera acordarse de mí en su alucinación febril, para luego dejarme ir al alba.

            Entre la vigilia y el sueño viviré, en ese recóndito y vacío lugar en el que verdaderamente todo es posible, incluso el alcanzar la eternidad mirando el ciclo de vida de una flor.

            En la tierra sin tiempo, donde las agujas del reloj se detuvieron y en la que la arena dejó de caer incluso antes de que existiese ese lugar. Donde no importa cuánto andes, ya que siempre permanecerás en el punto de partida.

            En ese oscuro espacio donde la realidad se confunde con lo fantástico y donde todos tus deseos se cumplirán.

            Sonreiré ante la pérdida y brindaré por los momentos perdidos que nunca volverán porque en realidad nunca se fueron y por los sueños irrealizables que en realidad ya he logrado.

            Miraré hacia un futuro que en realidad ya ha llegado, que no deja de llegar, que nunca dejará de acercarse a cada instante.

            Echaré la vista atrás hacia ese pasado que siempre fue pasado, sólo que no supe verlo.

            Amaré sabiendo que no vale la pena amar a algo que nunca ha existido, abrazando al vapor y besando la niebla.

            Bailaré en cada amanecer y cada anochecer, en ese preciso momento en el que la luna y el sol, eternos amantes, consiguen dirigirse una última frase de amor que expira en sus labios cuando se alzan sobre el cosmos, condenados a perseguirse sin nunca encontrarse. Les gritaré las palabras que el otro siempre quiso dedicarles, pero que Cronos, caprichoso, robó del tiempo y guardó en su memoria, cruel y despiadadamente, arruinando el corazón de los enamorados.

            Tomaré las manos de los fantasmas que traten de hacerme caer, llevándolos conmigo en mi propio hundimiento, dedicándoles mi mejor sonrisa y arrastrándolos a mi tormento.

            Abrazaré a los ángeles que vengan a contarme sus penas, llorando lágrimas de oro que traen vida en su epicentro. Y así, entrelazados, encontraremos el cielo, y le prenderemos fuego.

            Lloraré por todos aquellos que no pueden o no saben hacerlo, derramando toda mi esencia en gotas de plata, que únicamente saben gritar pidiendo ayuda y justicia por todas aquellas voces que fueron silenciadas por esas arpías, que no tuvieron la oportunidad de alcanzar la plenitud y el descanso, que acabaron en el mismo lugar en el que yo me encuentro, pidiendo una ayuda que no llega. Que parece que nunca llegará.

            Gritaré por todas las almas que fueron robadas y llevadas al inframundo sin previo aviso. Por todas las ánimas que fueron arrancadas de su seno sin darse cuenta siquiera.

            Como Atenea, lucharé por el honor y la justicia, buscando la sabiduría y la verdad.

            Daré vida a todas las estatuas, insuflando un objetivo claro, creando un ejército de gigantes cuyo velo se calló. Juntos marcharemos, pidiendo que todo vuelva a funcionar, que el gran engranaje gire de nuevo, y que al tomar nuestras manos no sintamos que estamos cometiendo un acto atroz, sino que estamos creando un nuevo mundo de luz y unidad en el que todos estemos a salvo, en el que no haya más mitos, en el que todos seamos reales y seamos capaces de traer la luz y el sentido a este loco mundo que trata de alejarnos lentamente de nuestra humanidad para transformarnos en hermosas e inmaculadas esculturas clásicas, cuyos rostros no derraman una sola lágrima por mucho dolor que soporten.

            Volaré con las alas de la victoria, animando a todos a unirse a mi pequeña gran revolución, la guerra invisible que todos debemos luchar sin que los dioses sepan siquiera que la están librando.

            Y cuando todo esté hecho, cuando el tiempo vuelva a pasar y la luz se abra paso a través de la oscuridad, sólo entonces encontraré el descanso que nunca tuve. Únicamente entonces seré capaz de alcanzar la dicha y de poder sonreír sin estar pensando en el momento en que todo termine. Entonces, mis lágrimas se detendrán y mis manos dejarán de temblar.

            Hasta entonces seguiré siendo mito. Continuaré viviendo en las sombras, sentada en una esquina de tu mente, esperando a que despiertes y que me ayudes a salir del trance en el que estoy sumida. Estaré esperando con ansias esta noche, en la que escucharás mis melosas palabras que te invitarán a abandonarte a mí y a toda mi figura de humo, vapor y niebla. A que beses mis labios de aire y te des cuenta de que es hora de abrir los ojos, de que el alba está cerca y no quieres abandonarte al sueño… hasta que un día nunca despiertes y abras los ojos al verdadero mundo.

Publicado la semana 7. 15/02/2021
Etiquetas
música clásica , Dioses griegos, mitología griega, héroes y heroínas griegos, arte griego , De noche
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