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Lucía Belvis

VIAJE

La chica anda y entra en la casa. 

El miedo no se apodera de ella. 

Ve el cuerpo de la mujer sobre la alfombra. 

La tristeza no se apodera de ella. 

La chica coge la lejía. 

El hedor no se apodera de ella. 

Limpia la sangre del suelo. 

El asco no se apodera de ella. 

La chica limpia el sudor de su frente. 

El cansancio no se apodera de ella. 

Frota con más fuerza. 

El dolor no se apodera de ella. 

Solo cuando envuelve el cadáver de la mujer en la misma alfombra, se permite llorar. 

Pasa su mano frente a su rostro y una sonrisa aparece en él por arte de magia. 

Se ríe robóticamente. 

El unicornio junto a ella le señala el camino, cantando. 

Ella baila justo antes de tomar la alfombra y arrastrarla hasta el maletero de su coche. 

Se para en seco, esperando instrucciones. 

Abre la boca dos veces y gira su rostro. 

Ha visualizado a su próxima víctima. 

Va a tener que volver a entrar en la rueda del hámster. 

Se sube en el unicornio y va tras ella. 

Agarra su pelo. 

La chica grita. 

Ella sonríe. 

Se levanta, y llora. 

Pasa una mano por su rostro, y la tristeza desaparece de nuevo. 

 

Cuando el efecto de las drogas se va, ve su propio brazo cubierto de arañazos.  

Vuelve a estar en el baño de aquel motel, y en su sueño febril ha vuelto a matarse a sí misma una y otra vez. 

Se mira al espejo, asqueada. 

Pasa una mano por su rostro y pone una sonrisa. 

“Ey, guapa, pasamos una buena noche, ¿eh?” 

Ella asiente, justo como lo había estudiado. 

“Una muy buena noche, querido. Pero ahora debo irme. Ya sabes, cosas del trabajo”. 

Coge sus cosas y no mira atrás. 

Ni siquiera recuerda el rostro del hombre al que ha dejado en esa cama. 

Pone la radio, pero el mundo está tan jodido como ella, así que conecta su móvil a los altavoces del coche y pone en bucle esa canción que le produce la misma sensación que las drogas. 

¿Tiene dinero para comprar de nuevo?  

Lo duda. 

Quizá debería seguir el consejo del unicornio. 

Comienza a reírse mecánicamente, justo como en sus alucinaciones. 

“Eso estaría muy bien...” 

Desde luego, sería un final feliz para ella y sus padres, que no pueden aguantar más la situación. 

Desde luego, su muerte sería mucho más fácil de explicar que su extraña vida. 

“Ey, querida, ven conmigo...” 

Esa voz, fría y alegre en el fondo de su cerebro, alejándola de la cordura. 

“No me tientes. ¡Jajajaja! ¡Cada día es más difícil!” 

Mira su propio rostro en el retrovisor y ve como la piel de su rostro de está cayendo. 

“¡Pero si sigo colocada! ¡Qué risa!” 

Casi no puede contener la carcajada que sube por su garganta. 

¡Qué felicidad! 

¡Sigue pudiendo ser feliz! 

Un momento, si sigue colocada, ¿por qué se siente tan miserable? 

“Esto no es... divertido”. 

La carretera comienza a convertirse en una espiral oscura y aterradora. 

Un búho ulula en la distancia. 

Una risa diabólica se oye en la distancia. 

“Creo que esto no me va a gustar”. 

Pasar su mano por su rostro ya no consigue apagar el botón del dolor. 

“¡AYUDA!” 

No hay nadie que pueda ayudarla. 

La carretera se enrosca alrededor de su coche, aplastándola. 

“¡Me ahogo! ¡Me estoy ahogando!” 

Lucha por nada hacia la superficie. 

Un momento... ¿nadar?  

Es verdad, siempre estuvo en el mar, ¿cierto? 

¿Dónde está el salvavidas? 

¡Oh no! ¡Tiburones! 

“¡QUE ALGUIEN ME SAQUE DE AQUÍ!” 

Intenta zafarse de las cuerdas que la atan a la cama. 

¿Cama? 

Ah, sí, su cama, está en su cama, ¿verdad? 

Llora. 

Millones de escenarios diferentes, cada cual más horrible al anterior, se suceden en su cabeza, y no puede escapar. 

Finalmente, abre los ojos, y esta vez de verdad. 

Está en la habitación del motel, esta vez de verdad. 

“¿Cómo ha sido el viaje?” 

“Dame más”. 

 

Publicado la semana 52. 27/12/2021
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