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Lucía Belvis

ENSEÑANZA

Todos estaban en silencio, pero el mundo seguía haciendo ruido. 

Una ardilla comía una nuez sonoramente mientras un gorrión cantaba una alegre canción sobre una rama. 

El cura siguió hablando, de forma insensible, diciendo palabras vacías que no describían ni por asomo la complejidad de la persona que un día había vivido en ese cuerpo. 

—¿Quién va a decírselo? 

—Yo no tengo ánimo para escucharle llorar... 

—Yo lo haré —. Se giraron hacia mí, con pena. 

Me iba a doler, nunca me recuperaría de escuchar el corazón de mi amigo romperse, pero debía saber que su gran amor había fallecido. 

Me pareció ver un vestido negro y dorado que yo conocía bien, pero cuando volteé la cabeza solo vi la sombra de un árbol. 

—Ahora, Sony va a decir unas palabras. 

Yo solo me ofrecí a hablar en el funeral porque supe que sería el único capaz de no echarse a llorar. 

—Hola a todos, queridos amigos y amigas, muchas gracias por venir, aunque sea en tan horribles circunstancias. Este día se convertirá en una gran herida abierta en el corazón de todos los presentes, porque es el día en el que nos despedimos de una de las personas más fuertes que hemos conocido. Fue alguien valiente e inteligente, alguien que no se merecía nada de lo que le ocurrió —. 

Mis ojos se encontraron con unas gafas de sol de diseño y un cabello negro como el azabache. Incluso el corazón más inalcanzable se había conmovido y se había dignado a aparecer. 

—Que desde una edad tan temprana tuviese que luchar contra esos demonios es algo por lo que nadie debería pasar —, respiro hondo y decido continuar. —Yo... lo admiraba, aún lo admiro. Querría tener su resolución, su fortaleza, su sangre fría... — 

No pude evitarlo, mis ojos se llenaron de lágrimas. Y pensaba que sería lo suficientemente fuerte como para no derrumbarme. No pude seguir. 

Me senté y enterré el rostro entre mis manos hasta que acabó la ceremonia. 

—Lo has hecho bien. 

Cuando levanto la vista, las gafas de marca me devuelven la mirada. 

—Yo... gracias. 

Hay tantas cosas que querría haber dicho... pero para cuando volví a abrir la boca, ya se había ido. 

 

Mi casa se sentía extraña y vacía, y antes de hundirme en mi propia soledad, marqué el número de la persona con la que menos quería hablar. 

—Sony, ¿qué pasa? Aquí es de madrugada...” 

Juro que no quería derrumbarme de nuevo, que no quería hacer sentir peor a mi amigo, pero no pude contarle los sucesos de los últimos días sin llorar. 

Se lo relaté todo, desde su desaparición hasta la temida llamada de la policía para que fuese a reconocer el cuerpo. 

Él me escuchó con paciencia. Luego, silencio. Al menos espera a despedirse de mí para comenzar a llorar. 

 

Las semanas van pasando y mi mente sigue varada en los días posteriores a que todo en mi vida se derrumbase, aquellos días en los que solo era un pobre chico que solo debía preocuparse de correr en el momento indicado. Pero los ojos de obsidiana desaparecieron y el fuego se llevó todos mis sueños. 

Un niño me dio un periódico, y vi que Simon Wolf había escrito un artículo sobre la muerte de... hasta recordar su nombre era (y es) doloroso. No me extraña, lo quería como un padre ama a un hijo. 

Narra su historia sin dejarse un solo detalle, pero con un respeto y un amor palpables.  

Me salto las partes más escabrosas y comienzo a leer su carta de despedida para él: 

“Muchos lo han tachado de criminal, e incluso de asesino, pero, para mí, solo era un niño asustado al que le enseñaron que solo el plomo sería capaz de defenderle. Yo lo veía como un animal herido. 

Las charlas que compartí con ese joven me enseñaron más sobre la verdad de este mundo que todos los coloquios que he compartido con famosos intelectuales. 

Para mí, era un genio. 

Las noches en las que lo encontré llorando debido a sus pesadillas me mostraron lo que es la verdadera fortaleza, lo que significa el valor. 

Para mí, era un superviviente. 

Solo lo vi empuñar un arma para defenderse a él mismo o aquellos a los que amó. 

Para mí, era un luchador. 

Verlo mirando a su amor me enseñó lo que significa adorar a una persona, ser capaz de darlo todo por otro ser humano. 

Para mí, era un amante. 

Me enseñó sobre la resiliencia y el honor. 

Me recordó lo que es la justicia y el por qué es necesaria. 

Sus ojos contaban verdades dolorosas, y sus manos temblaban cuando veía sangre. 

Su cuerpo se fundía en abrazos llenos de necesidad, de encontrar algo estable en el volcán en el que vivía. 

Su voz quería enseñar y reír. 

Me quedo con la única vez que pude verlo dormir en paz. 

Me quedo con las últimas palabras que me dedicó, aquellas en las que vi un atisbo de esperanza. 

Me quedo con la única vez que me abrazó. 

Me quedo con el recuerdo de cuando lo conocí. 

He aprendido tantas cosas de él que siento que la persona que soy ahora es una preciosa estatua creada por él. 

A veces creo verlo entre la gente, y me emociono sobremanera al pensar que podría verlo de nuevo y decirle todo aquello que nunca pude. 

Le hablaré a mi hijo de él como su hermano mayor, y espero que crezca sabiendo el héroe que fue, espero que todo el mundo lo vea. 

Este chico no es una víctima, nunca lo fue. No es un daño colateral, como lo llaman algunos, y no es un error. Fue un ángel, uno que vino a enseñarnos a todos los que lo conocimos cómo debemos afrontar la vida. 

Y ahora hablo directamente hacia ti, hijo. Espero que, desde donde quiera que estés, puedas leer estas palabras. Espero que puedas ver lo mucho que te quise, lo mucho que te quiero. Hijo mío, espéranos allí, ve montando la fiesta más grande que nunca jamás hayas organizado, y más te vale que haya cerveza”. 

Una sonrisa acudió a mis labios, y miré al cielo. 

—Va por ti, amigo. 

Publicado la semana 51. 21/12/2021
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