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Lucía Belvis

EL DÍA EN EL QUE EL CIELO SE TORNÓ ESCARLATA

            Príncipe que gobierna sobre la nada, mirando al cielo con los ojos vacíos, contando estrellas con los dedos, buscando algo sobre lo que reinar. Poderoso hombre que sólo encuentra sonrisas sintéticas y ojos conspiradores a sus espaldas. Dios en forma humana que sólo obtiene amores de cartón y amistades de plástico. Dicen que el rico es el que lo tiene todo, pero las cosas materiales son perecederas. Por mucho que el oro reluzca, con el tiempo se vuelve opaco y oscuro. Por mucho que el lujo nos dé, todos esos objetos están vacíos y carecen de alma y de significado. Posee todo lo que su mirada puede abarcar, es invencible; pero se siente solo, siente que, cuánto más tiene, más pierde.

            —Me gustaría saber cómo es sentirse completo, feliz, amado…

            Sus padres no le quieren, ya que es el fruto de un amor inexistente, el resultado de una unión que destrozó relaciones establecidas. Un niño nacido del odio y la obligación.

            Un día, cuando se encontraba paseando por el pueblo, montado en su caballo, exhibiendo su opaca y dorada grandeza, vio algo que le cambió la vida, que hizo que se plantease muchas cosas.

            Los campesinos, con sus harapos y su pobreza; con sus sucias vidas entre la mugre y el hedor, sonreían. Esas bocas plagadas de caries y huecos no paraban de sonreír. “¿Por qué sonríen? No tienen nada, viven en la pobreza total, nunca llegarán a saborear un plato caliente… no lo entiendo”, pensó el príncipe. Contempló como se ayudaban entre ellos, como se apoyaban los unos en los otros. Reconociéndose. Vio como muchos de ellos se abrazaban y besaban, sin ni siquiera dirigirle una mirada.

            Cuando volvió a su enorme palacio, se sentó en su enorme mesa, separado de sus padres por cien asientos, que se sentían como si fueran cien años luz. Esa noche tomó una decisión. Dijo adiós a ese plato humeante de comida, se despidió de su cómoda cama y se asomó al balcón.

            —Necesito saberlo, necesito comprobar qué se siente cuando eres feliz. Quiero tener una familia, y amigos que me quieran y me respeten por cómo soy, no por quién soy. Quiero sentir que puedo volar, aunque no despegue los pies del suelo. Necesito ver el cielo estrellado sin sentirme preso en un balcón de mármol y piedra gris. Quiero sentirme vivo y no arrepentirme de ser como soy.

            Se despojó de sus reales y soberbias ropas y decidió salir con sólo sus reales calzoncillos a robar las humildes vestiduras de uno de sus mozos de cuadra. “Mis padres le darán unas nuevas”, se dijo.

            Ensució su sobrio, hermoso y aristocrático rostro con barro y otras inmundicias que encontró en la cuadra y se encaminó hacia el pueblo. Y así, apestando y con una sonrisa en los labios, abandonó su palacio, sin que nadie le detuviese, sin que se fijasen en él.

            Cuando empezó a recorrer las calles del pueblo, se sorprendió por la suciedad y el hedor a muerte que las cubría. Había cadáveres en cada esquina, todos famélicos, siendo comidos por perros salvajes o ratas. Había niños jugando en la calle, pero sus piernas eran tan delgadas que apenas podían sostener su peso. Borrachos entraban y salían de las tabernas, pidiendo otra ronda de alcohol, sabiendo que morirían si bebían más. Mujeres que eran acosadas por hombres en cada rincón. Ancianos que caían al suelo y no volvían a levantarse. El oro y la grandeza le habían estado cegando durante demasiado tiempo, incluso desde su caballo, los vio felices, mejor que él, sin ver la realidad de la vida de esas personas. En las calles reinaba la ley del más fuerte. Aquel que fuese más astuto, reinaba sobre los demás. A él sólo le respetaban porque tenía un ejército a su servicio y no podían luchar por culpa de la inanición. Muerte, hambre, pobreza… todos estos horribles problemas y muchos más les asolaban, y él no estaba haciendo nada para ayudarles. Desde su comodidad y sus lujos les había admirado y envidiado porque eran “libres”, pero sólo eran desgraciados. Encima, todas las horribles situaciones que estaban viviendo, eran por su culpa. “Debo volver”, se dijo, horrorizado. Comenzó a correr, tratando de alcanzar las ricamente decoradas murallas de su palacio, quería escapar de esa pesadilla de pobreza, muerte y podredumbre. ¿Haría algo para ayudarles? No lo sabía. Pero algo interrumpió su desesperada carrera hacia su cómoda cárcel.

            — ¿Pero qué tenemos aquí? ¡Pero si es el príncipe disfrazado de mendigo!

            Una voz femenina, acompañada de un brazo esquelético, pero fuerte, le llegó desde atrás.

            —Creo que se ha equivocado, señorita…

            — ¡Ahí tenemos la prueba de que no eres pobre! ¡No llamamos “señorita” a las mujeres! Te pillamos…

            Más manos agarraron su cuerpo, apresándolo y obligándolo a girarse. Jóvenes de su edad, con los ojos llameantes de odio y deseosos de venganza por los siglos de abusos estaban frente a él. Pañuelos de muchos colores diferentes tapaban sus rostros, dejando a la vista únicamente sus aterradores ojos. Los ojos de la muerte, de la justicia, de la venganza.

            — ¡Dejadme marchar!

            Se rieron de él.

            —Vamos, diviértete un poco con tus súbditos, con los cerdos que comen las sobras de los platos que tú pruebas. Con los tontos que deben pagarte con mujeres, hombres, dinero y comida; con SUS mujeres y hombres, con SU dinero y comida. Alimentamos tu real y dorada boca con los alimentos que hemos cosechado de sol a sol, siendo torturados e instados a latigazos por tus queridos guardias. Mientras nosotros agonizamos, tu te sientas en tu trono y te aburres, insultándonos. Eres basura, y debes caer. Tú, y tu familia debéis caer. El cielo arderá y se volverá escarlata. Sobrarán las palabras y los intentos de llegar a un acuerdo, porque será demasiado tarde. Vuestra sangre formará ríos que alimentarán nuestras nuevas cosechas, y el periodo de terror, hambre, pobreza y muerte habrá acabado. Encantada de conocerte, puedes llamarme verdugo.

            El príncipe tragó saliva, e intento zafarse del agarre de los divergentes, pero eran demasiados.

            —Por favor, después de ver cómo vivís, quiero hacer algo para ayudaros…

            — ¡Calumnias! ¡Mentiras vacías que relucen como perlas! ¡Guárdate tus doradas píldoras de engaños! ¡Nosotros queremos justicia!

            Los rebeldes comenzaron a gritar. Alzaron a nuestro protagonista en volandas y comenzaron a exhibir su presa por las callejuelas del pueblo. Su gente, al ver quién era el prisionero, empezaron a seguir la procesión, uniéndose a los reclamos de justicia y venganza. Pidiendo que la sangre corriera. Llevaron al príncipe hasta una pira. ¿Cuándo habían formado esa enorme torre de madera y paja? Nuestro chico no lo sabía. Lo ataron y le mostraron una antorcha encendida.

            — ¿Unas últimas palabras, principito?

            — ¡No quiero morir! ¡Por favor! ¡Piedad!

            Risas, a un volumen demasiado alto. Lanzaron la tea encendida y las purificadoras llamas cubrieron el cuerpo del joven, que alzó un grito hacia el cielo nocturno, que se había tornado escarlata. Su piel comenzó a arder y a desprenderse de su cuerpo. Sus entrañas chillaban tanto como su dueño, pidiendo piedad, una nueva oportunidad…

            Príncipe, que reina sobre las llamas, cuyos agrietados y carbonizados labios se sellaron con una súplica de piedad. Piernas fuertes que nunca volverán a caminar. Rostro de mármol que se quebró y ennegreció, perdiendo su luz y su riqueza. Ojos que se evaporaron buscando una salida que nunca hubo. Príncipe de fuego, alma de carbón, llanto de ceniza de un futuro que no llegó. En el olvido quedó su nombre, y su nación le desterró, no sólo de su memoria, sino también de su corazón. Alma que vaga sin dueño, sin encontrar cielo o infierno, vagando en ese espacio infinito, que nunca nadie encontró. Príncipe de rojo, cuyo cielo se volvió escarlata, cuando el fuego crepita, su nombre susurran las llamas. Hombre olvidado en el tiempo, suspendido en el limbo sin fin. Aquel que vive en el hollín, el que nunca será feliz.

Publicado la semana 5. 01/02/2021
Etiquetas
música de tono medieval , historia, revoluciones históricas , Junto a una hoguera
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