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Lucía Belvis

CIRCO

El circo estaba lleno, todos estaban esperando la gran actuación final, el número del tonto de Huntir, mi número.

No quiero seguir haciendo esto, no quiero seguir actuando, necesito que se caiga el telón.

Todos mis malvados compañeros fueron haciendo sus números, sonrientes, deseosos de atacarme de nuevo.

“¿Estás listo, Huntir?”; el jefe de ceremonia aparece detrás de mí, con esa extraña abertura curvada que tiene por boca en su rostro.

“Yo… no quiero seguir haciendo esto, señor. Me… duele… y estoy harto de que ganes dinero a costa de mi dolor”.

“Me alegro de que estés listo, querido”.

Se alejó de mí, levitando, haciendo que mi esperanza desapareciese. 

El sueño que tuve la noche anterior se repite en mi cabeza en bucle. En él, los brazos de un ángel se extendían hacia mí y una onírica voz me decía que huyese, que me estaba esperando.

Con horror, escuché cómo el maestro de ceremonia anunció mi número y, aunque fuese fuerte, mis compañeros me agarraron entre todos y me lanzaron al escenario.

Empieza el espectáculo.

Me lanzaron el mismo dardo de siempre, para mantenerme drogado, dócil, predecible, mientras ellos se aprovechaban de mi horrible poder.

“Y ahora observad cómo, por su torpeza, mete su brazo de lleno en esta caja, en la que, en cuyo interior, hay una gran cuchilla, que cae cada cinco segundos. ¡Oh, no, Huntir! ¡Eres tan tonto!”

Escuché al público corear ese horrible cántico, riendo al son de mis llantos y gritos de auxilio.

“¡Vaya, su brazo ha vuelto a crecer! ¡Vaya, Huntir! ¡Eres tan afortunado!”

Solo una persona del público no se estaba riendo. Solo una persona del público no aplaudía ante tan repugnante espectáculo. Eso no había ocurrido jamás, ¿por qué no era como los demás?

La figura que no se reía, estaba encapuchada, y sus manos (lo único visible de su cuerpo), estaban vendadas. Reconocí esas manos como las del ángel de mi sueño y, mientras que mi sangre manaba por diferentes partes de mi cuerpo, tuve la certeza de que iba a morir.

“¡Oh, no, Huntir! ¡Eres tan tonto! ¿Por qué dos de tus dedos de la mano derecha no se están regenerando? ¿No será que no eres invulnerable?”

Me di cuenta, con horror, de que mi diabólico jefe tenía razón. Dos de mis dedos no se estaban regenerando. En mitad del sopor en el que me hallaba por culpa de las drogas, luché por alcanzar la superficie que es la conciencia y, en un instante de lucidez, conseguí zafarme de mis compañeros. Sabía que no llegaría muy lejos, que no podría escapar, que ya estaba acabado. El público pensaba que era parte del espectáculo, y sus carcajadas envenenaban mi mente. Cuando mis captores iban a atraparme de nuevo, un destello argénteo nubló mi vista.

“No le dañeis, ahora, es de los nuestros”

El ángel encapuchado sacó una espada y me protegió de los monstruos. Me tomó con su delgado brazo y, tras atisbar por un segundo su hermoso rostro, me elevé.

“Lo has hecho bien, Huntir. Ahora, vive”.

Desperté en un callejón, cubierto de barro. La muerte me había dado otra oportunidad.

Podía escuchar los gritos de mis compañeros a lo lejos, corrí por mi vida y comencé a disfrutar de mi existencia.

Publicado la semana 48. 30/11/2021
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