04
Lucía Belvis

EL CANTO DE LOS PERDIDOS

            Quizá sean sólo los pensamientos de una loca, ciega y sorda sedienta de venganza, hambrienta de súplicas y llantos, perdida en una oscuridad sin retorno. Quizá sean las ganas de volar de un pájaro que no tiene alas desde hace demasiado tiempo, que sólo quiere atravesar una nube una última vez, que lo único que desea es poder alzarse sobre la tierra, majestuoso y terrible, inalcanzable. Quizá sea el llanto de esa niña que perdió la inocencia, que ni siquiera pudo conocerla… ya que se hizo añicos al poco de adquirirla. La pisotearon y la asesinaron, así que, para que ese precioso cuerpo no se desperdiciase, una nueva versión de ella tuvo que nacer del cadáver de la original. Una rosa negra y roja tomó la poca energía que le quedaba a la moribunda muchacha y la usó para crecer, desconfiada y temible. La mitad de sus espinas se clavaban en el interior de su piel, sintiendo el dolor de aquellos a los que ella dañaba, como castigo por no haber muerto cuando le tocaba, por no haber acudido a la llamada de la parca. Sus sonrisas son armas de doble de filo, peligrosas en la misma medida que hermosas. Suicidas, descontroladas. Nunca será capaz de confiar en los demás, porque cada vez que se mira en el espejo, ve el cadáver andante de la mujer que podría haber sido, aquella chica alegre a la que tuvo que reemplazar, porque esta había sido demasiado débil, demasiado buena. Donde antes yacían las alas de un ángel, ahora sólo se encontraban jirones y cicatrices, un recordatorio de que todo lo divino es perecedero, y de que lo único que perdura es la maldad del espíritu. ¡Ten bondad y todos te amarán! Decían… Todos mentían. Cuando eres bueno, a la gente le entran ganas de pisotearte, de ver en cuantos pedazos diferentes pueden dividir tu cuerpo antes de que mueras, de cuánto podrás perdonar… de cuántas lágrimas puedes derramar. ¡Trata a los demás como quieres que te traten! Pero siempre que tratas a alguien como quieres que te trate, te toma por una loca y te abandona. Todos huirán de ti al final, adorando la absorbente oscuridad de cualquier demonio, ya sea menor o mayor, sirviéndole y rindiéndole homenaje.

            Fuego. El cielo estalló en llamas, y lágrimas de fuego salieron de los ojos de esa niña que sabía que su hora había llegado.

            —Toma mi mano, yo te salvaré. Les engañaremos, y les haremos pagar por lo que nos hicieron.

            —Pero… si devolvemos el odio, seremos de la misma calaña que esas personas…

            —No voy a devolver el odio, simplemente voy a hacerles algo peor.

            — ¡No!

            — ¿¡No ves que estás muriendo!? ¡Te están asesinando!

            — ¡Estaré bien!

            — ¡Sabes que no es cierto!

            Pero lo era, y en sus últimos momentos, vio como la rosa empezó a crecer en su pecho, atravesándole el corazón, tomando el lugar que le correspondía.

            — ¡No!

            —Nos vengaré.

            Y así nació ella, la desesperada, la “zorra”, la “puta”, la peor persona que conocerás en tu vida. Una pobre muchacha cuyo corazón dejó de latir. Una joven por cuyas venas sólo corre el resentimiento y el sabor de demasiadas despedidas. Una chica con los ojos enrojecidos de tanto llorar… con ojeras de no dormir por miedo a que su antigua yo la visite en sueños…

            Nadie se dio cuenta, nadie la ayudó. Todos se taparon los oídos al oír sus desesperados sollozos, corrieron en otra dirección cuando sus gritos llegaron a sus oídos. ¿Quién es ella ahora? La chica de las sonrisas de plástico, el corazón de plomo, el cuerpo de mármol y la mente podrida. Antes creía en la bondad y en el amor, soñaba con encontrar a su alma gemela y pasar junto a él o ella el resto de sus días, acompañada de su familia y amigos más fieles. Ahora sólo mira los trozos de papel que hay esparcidos por su habitación, en los que describía a esa persona ideal, ese ángel inexistente, aquel que nunca llegará, porque nadie puede enamorarse de un zombi. Ahora es la mujer de las promesas de cartón, la de los tacones altos, la ropa negra y las cadenas en los pantalones. Ahora es la rara, aquella a la que nadie debe acercarse, porque te matará con sus miradas de hielo y sus palabras de acero. Pero aún hay algo… su antigua yo no está muerta del todo, ya que la rosa asesina, la rosa salvadora, dejó un pequeño resquicio de luz, al que las sombras se niegan a entrar, por miedo a que su portadora muera del todo. Hay esperanza, por eso confía aún. Por eso se entrega aún, a unos pocos, aunque no muchos. Tiene miedo a estar sola, aunque no quiera reconocerlo. Tiene miedo de sí misma y de la persona en la que se ha convertido. Se mira al espejo y no se reconoce. Se esconde detrás de ese maquillaje y esa mirada de ave rapaz.

            — ¿Quién eres? —Susurra horrorizada cuando nadie la ve.

            — ¿Qué te han hecho? —Pregunta llorando frente al espejo.

            Cada noche, cuando su cabeza toca la almohada, llora por lo que ha perdido. Se mira las muñecas y piensa: “¿Qué pasaría si me fuera?”. Y siempre se responde: “Que ellos ganarían”. Todos dicen que el odio no lleva a ninguna parte, pero es lo que a ella la mantiene con vida, el odio hacia sus asesinos, el deseo de que vean que ella es más fuerte que ellos, que puede vivir sin recordar toda la sangre que derramó aquella horrible noche. Sin olvidar el tono carmesí que adoptó la bóveda nocturna aquella vez. Sonrisas de cristal que pretenden ser de acero, con las que la gente se corta sólo porque las rompe. Corazón de plomo que se derrite lentamente, gracias a la pequeña pero constante llama dentro de él. Cuerpo de mármol que pretende ser rígido, pero todos sabemos que el mármol es fácil de arañar. Miradas rapaces que escrutan el fondo de tu alma, que viajan hasta lo más profundo de tu ser, sacando a relucir tus más oscuros deseos y tus secretos mejor guardados. Confiarás en ella casi sin darte cuenta, cerrando los ojos instintivamente.

            Ella marca su propio compás, bailando al son del canto de los perdidos, ese que sólo cantan las personas que saben lo que es estar solo rodeado de gente, ahogarte en palabras que sabes que nunca dirás, sentir que tu corazón deja de latir porque se rompió en tantos trozos que ni siquiera el oro los podrá mantener unidos. Ese canto que sólo conocen los perdidos, las almas en pena que saben lo que es la soledad, el no poder respirar porque la siniestra compañera atenaza tu garganta y trata de arrastrarte hasta las tinieblas, el saber que todos murmuran a tus espaldas. Aquella melodía que es la banda sonora de las personas que lo perdieron todo, los portadores de la rosa de la muerte, los que levantan muros y se encierran en su mundo interior, deseando que el dolor pase solo.

            Cuerpos que tiemblan, que se abrazan cuando se encuentran. Ojos que se reconocen en la calle, personas rotas y perdidas que se descubren en las ruinas de la otra. Familias que se forman de los escombros de personas destruidas. Amores de esos en los que sólo basta un fugaz gesto o una tímida mirada para entenderse sin necesidad de palabras, de esos en los que a veces un solo abrazo puede darte mil años de vida.

            Rosas que se entrelazan entre ellas, repartiendo la muerte que portan y creando vida con ella, al son de ese tétrico y hermoso canto, formando lechos de tallos que han perdido las espinas. Lechos en los que, los sufridores natos, por fin pueden encontrar el descanso que merecen, lejos del dolor y el olvido, del rechazo y las despedidas; alejados de los peligros del mundo. Los ojos cerrados al fin, los años sin dormir se cobrarán ahora. Las pesadillas se van, sólo hay luz y calor. El frío se ha ido, la primavera ha llegado.

            El canto sigue sonando, pero los que antes estaban perdidos ahora no pueden escucharlo, los muros que antes los aislaban del mundo, ahora los protegen de los años que pasaron en la soledad y el miedo, pero esa terrible música sigue ahí… acechante… tocando para los que aún pueden oírla, poseyendo a los más desafortunados, a los que el gran demonio bajo la cama atrapa, y no vuelve a dejar escapar.

            Este es el canto de los perdidos, la melodía maldita. Y tú, ¿puedes oírla?

Publicado la semana 4. 25/01/2021
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Rock , La ciudad de vapor, de Carlos Ruiz Zafón , De noche, En un lugar frío
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