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Lucía Belvis

EL SONIDO DEL VIENTO

        Se sienta en la roca, con dificultad. Sus ojos escrutan el horizonte en busca del pétalo que cayó y fue llevado por el viento. Como la medusa que nunca puede morir pero que nunca vive. Como la hoja de otoño que cae y no es arrastrada por la brisa.

            Cierra los ojos y sonríe, dejando que el sonido de las olas del mar lo acunen. Abre los brazos y baila, pensando intensamente en los brazos de la persona que una vez durmió cerca de su corazón.

            Suena una flauta a lo lejos, el sol va adormeciéndose.

            Las estrellas comienzan a despuntar sobre su cabeza, con el mismo brillo que la sonrisa de su madre. La luna no está esta noche, se ha marchado a bendecir a otro mundo. Y él sigue bailando, sin descanso, sin borrar su expresión alegre.

            Voces llegan a su mente. Son las de sus amigos de la infancia. La de su amor. La de su madre. Acompañan y dan ritmo a su baile desenfrenado, gracias al cual se está creando un amable torbellino, que está levantando las hojas, las está alzando, ayudándolas a que alcancen el infinito, a que lleven mensajes de tierras lejanas a cualquiera que quiera escuchar sus susurros.

            Nadie lo está mirando, ahora está solo con las flores. Uno con el viento, unido con el tiempo. Sus pies no se detienen. A pesar de estar transformándose en roca, son más ligeros que nunca. Son capaces de despegarse del suelo y rozar las copas de los árboles, escuchando la canción secreta que nadie más oye.

            Y sigue pensando en el abrazo de su madre, en el último que le dio antes de marcharse. Y sigue pensando en las palabras de su amante, esas que le dijo antes de elevarse.

            Baila bajo la luz penumbrosa. Sus manos se extienden y alcanzan ambos extremos del universo, abarcando la vida y perdonando a la muerte, besando al pájaro que fue a buscar la perla al corazón del mar.

            Su cabello ahora es la savia de los árboles, la sangre de los animales, el agua de los ríos.

            Su sonrisa es playa que no tiene puerto, esa en la que el coral crece, esa en la que los peces perduran.

            Su pecho es la cueva que acoge al perdido, la que resguarda del frío, la que adormece al intranquilo.

            Sus ojos son el sol, para iluminar las mañanas de todos los que le importan, los que deja atrás. Quiere que sus vidas se llenen de luz y color, que nunca pasen frío o que sufran de calor. Que tengan la paz que merecen y nunca encontraron.

            Y el silencio nunca fue tan completo.

            Y la luna nunca se echó tanto de menos.

            Y él sigue bailando.

            Y él sigue riendo.

            Y su amante vuelve a abrazarlo de nuevo.

            Y su beso se convierte en el aliento del mundo.

            Y ambos ríen.

            Y su risa se transforma en la nana del mar.

            Y su madre ya no sonríe.

            Y su nombre queda grabado en la roca.

            Y el viento se lleva su olor.

            Y el tiempo erosiona la roca, y le da la forma de una flor.

Publicado la semana 35. 30/08/2021
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