03
Lucía Belvis

MIS DOS MUNDOS Y EL AMOR EN ELLOS

            Mi nombre es Leo, soy esquizofrénico. Veo personas que, en realidad, no están ahí y escucho voces que sólo existen en mi cabeza. Muchos dicen que estoy loco, yo me considero un hombre extraño, pero no un loco. Soy escritor, siempre lo he sido, las voces me ayudan a crear mis historias y mis personajes, por lo que no me tomo la medicación que me corresponde… lo único malo que tiene eso, es que no distingo la realidad de la ficción. Me aterra la soledad, es mi mayor miedo. Cuando tenía cinco años, tenía que quedarme solo en mi casa a menudo, por lo que creé amigos imaginarios para no sentirme abandonado, menuda fue mi sorpresa cuando, al convertirme en un adolescente, empecé a ver a esos amigos y a escuchar las conversaciones de personas que no estaban allí. Antes de mi diagnóstico, me pensaba que era un vidente… pero, por supuesto no era así. Mi familia me dio la espalda, y fui perdiendo a mis amigos uno a uno, hasta quedarme… ¿solo?

            Bueno, ya os he hablado lo suficiente de la historia de mi vida, estoy aquí para contaros una hermosa narración sobre el amor, está muy de moda, ¿no es así? A la gente le gusta sentirse amada y, si no es así, buscan amor en la literatura y las obras cinematográficas. Yo era del que buscaba el afecto en los libros. Voy a comenzar a contarte esa bonita historia.

            Me despertaron las voces de nuevo, me juzgaban, me odiaban, me amenazaban. Me tapé los oídos inútilmente, porque no venían del exterior, sino del interior de mi cabeza, que comenzaba a dar vueltas. Tuve que volverme a tumbar, abrumado por la intensidad de estas. Luego, mi amigo Rony entró en la habitación, alejándome del abismo que las voces creaban ante mí. Me sonrió y dijo:

            -Tienes peor cara que un muerto de hace cincuenta años.

            -Jaja, que gracioso eres.

            Con dolor de cabeza aún, me puse en pie, tembloroso y débil. Fui hasta la puerta a duras penas y me apoyé en el marco.

            -Hazme el desayuno.

            -Anda que no tienes cara, Rony.

            Él soltó una carcajada y se encogió de hombros. Bajó las escaleras y, desde la cocina, pude escuchar el golpeteo de los cubiertos contra la mesa de caoba.

            - ¡TENGO HAMBRE! ¡TENGO HAMBRE! ¡TENGO HAMBRE!

            -Ya voy, pesado.

            Bajé las escaleras, muy lentamente, teniendo cuidado de no caer. Al llegar abajo, vi como dos platos humeantes de huevos revueltos estaban sobre la mesa.

            -He decidido hacerte una sorpresa, amiguito. Es lo único que sé cocinar de momento, pero aprenderé más recetas.

            -Rony, eres una alucinación, no puedes preparar platos de comida.

            La sonrisa de mi amigo se le congeló en el rostro.

            - ¿Qué has dicho, Leo?

            -Lo has oído perfectamente, Rony.

            - ¡YO NO SOY UNA PUTA ALUCINACIÓN, LO SABRÍAS SI TE TOMARAS LAS JODIDAS PASTILLAS!

            Tiró la silla en la que estaba sentado, se dirigió a la entrada de mi casa, cogió su abrigo y salió dando un portazo. Entonces, una idea se formó en mi cabeza, los huevos sí eran reales, los debía haber hecho yo inconscientemente la noche anterior. Me comí mi plato, y el de Rony, para no tirarlos. Luego me vestí y cogí mi portátil, hora de trabajar. Tomé mi gabardina y las llaves y salí de mi casa para dirigirme hacia el parque que se situaba junto a ella para escribir. Llegué y me senté en el sitio de siempre, junto al árbol de siempre, corría la misma brisa de todos los días, la iluminación era idéntica, y mis ganas de trabajar también. Pero, algo en esa mañana era diferente. Era un pequeño detalle que llamó mi atención desde el principio. En mi sitio, había sentada una chica, o más bien, un ángel, porque tenía la belleza etérea de estos. ¿Dónde estaban sus alas? Tenía la nariz metida en un libro sobre mitología nórdica. Su cabello era negro, y lo llevaba corto, por debajo de las orejas. Su piel era de color chocolate, delicada y tersa. Levantó la vista del libro y conseguí vislumbrar sus ojos, de color miel, y tan dulces como esta. Se encontraban bajo unas cejas gruesas y bien dibujadas y rodeados por unas largas y rizadas pestañas. Su nariz era pequeña y respingona. Bajo esta, sus labios color caramelo estaban serios. Una pequeña cicatriz en la barbilla me llamó la atención, era de tono rosado, y contrastaba con la perfección de su rostro, menos mal, si no me hubiera dolido tanto mirarlo que hubiese muerto de amor por ella en ese preciso momento. Sonrió levemente, y siguió leyendo. Me encontré a mí mismo sin poder parar de mirarla, absorto en la forma en la que su expresión cambiaba a medida que pasaba sus ojos por las frases y los párrafos de la novela. Ella debió sentirse observada, porque alzó los ojos y, con algo de timidez dijo:

            - ¿Puedo ayudarte en algo?

            -No. Esto… es que eres preciosa… y me he quedado prendado de tu belleza. Además, tu rostro rezuma inteligencia, por lo que deduzco que se puede mantener una conversación lo suficientemente interesante contigo como para enriquecer mi mente y mi espíritu.

            -Tienes una forma de ligar algo pedante.

            -Y tú posees una forma de mirar tan desafiante y dulce a la vez que me has dejado sin palabras.

            Ella se rio, y yo con ella. Cerró el libro que tenía con ella y cruzó las manos sobre él. Yo me incliné hacia adelante, para acercarme un poco más hacia ella y los dos quedamos a dos palmos de distancia.

            - ¿Cuál es tu nombre?

            Sonreí de medio lado y, cuando iba a contestar, las voces atacaron mi cabeza. Las palabras se desordenaron en mi mente, mi lengua era incapaz de crear un sonido coherente, y me encontré balbuceando como un tonto. Ella me miró, preocupada.

            -Oye, ¿te encuentras bien?

            Me llevé las manos a la cabeza y, tras unos minutos, todo volvió a estar bastante en silencio, con algunos murmullos aislados.

            -Sí, esto… a veces sufro de jaquecas. Me llamo Leo, ¿y tú?

            -Encantada, Leo. Yo me llamo Sandra.

            Su voz era realmente encantadora, era la melodía más dulce que había escuchado nunca y, en mis sueños, aún la sigo oyendo. Esa tarde hablamos de música, teatro, literatura, guerras, hambre, muerte, otra vida, reencarnación, religión, gimnasia, series de televisión y conspiraciones gubernamentales. Me enamoré perdidamente de ella, y parecía que yo no le desagradaba demasiado. La acompañé a su casa y, al despedirme, sentí como si mi corazón se fuera con ella, y deseé verla cada día, a cada minuto y a cada segundo. La amé al primer instante, y me sentí tan afortunado por ello, pero a la vez tan desolado. Mi enfermedad me hizo sentir inseguro, mi sonrisa se congeló y se transformó en mueca de dolor mientras las voces taponaban mis oídos: “una chica así nunca te querría”, “deberías estar muerto”, “la muerte es tu destino”, “te mataré”, “te vigilo” … sentí una mano en mi hombro y levanté la vista. Rony. Al principio me sorprendí de verlo allí, pero luego recordé que era una alucinación, y que podía aparecer en cualquier momento.

            -Tío, vamos a casa, necesitas las pastillas…

            -No, Rony, no quiero estar solo, por favor…

            -Vale, pero, no estarías solo, me tendrías a mí… aunque no creas que no sea una alucinación. Vamos, ponte en pie y apóyate en mí.

            -Rony, eres demasiado bueno como para ser una persona real, nadie se ha comportado nunca tan bien conmigo, la gente no es buena… por eso sé que no eres real.

            -No sé si sentirme halagado por lo que has dicho o triste porque pienses que la vida es así.

            -Rony, volvamos a casa.

            Él asintió y echó a andar, cargando conmigo. Tardamos una eternidad en llegar a casa, pero, al llegar allí, las voces ya se habían ido, y sólo quedaba Rony, con sus pequeños ojos llenos de preocupación y tristeza. Me sentí fatal, por hacerle sentir así y por no poder distinguir si era real o no. Se pasó una mano por su rubio cabello y pude avistar algunas lágrimas saliendo de sus ojos.

            -Por favor, Leo, tómate las pastillas, no puedo más. Llevo siendo tu amigo más de tres años y… no creo que pueda soportar estar viendo cómo te destruyes a ti mismo lentamente. Sé listo, piensa en lo que te he dicho, por favor.

            Subió las escaleras y se encerró en su habitación. Me senté y encendí mi portátil. Empecé a escribir, las voces me habían inspirado para crear un nuevo monstruo. Terminé a las tres de la madrugada. Pastillas… no, no debía tomarlas. Rony desaparecería, mi inspiración nunca volvería y estaría de nuevo solo. El miedo y la desesperación regresarían a mi vida. Así que, a pesar del terror que me provocaban las voces, decidí no tomarme las pastillas. Nunca más volvería a estar solo. Me acosté, esperando a que llegara el día siguiente y volviera a verla.

            Volvieron a despertarme las voces, y Rony volvía a estar ahí, con su gran sonrisa.

            -Hazme el desayuno.

            Sonreí y me encogí de hombros.

            -Está bien, pesado.

            Desayunamos unas tostadas con algo de beicon. Mientras comíamos, Rony me dijo:

            -Oye, ¿te traigo las pastillas?

            Me atraganté y le miré.

            -No, no las necesito, Rony.

            Le sonreí y el me miró, derrotado.

            -Vale, tú sabrás.

            Se encogió de hombros y siguió comiendo, en silencio.  

            -Algo me dice que no estás de acuerdo con mi decisión.

            -No, no estoy de acuerdo, pero no puedo obligarte a tomarlas, eso debes decidirlo tú mismo. Si eres un inconsciente, no es mi problema.

            -Tengo sentido común, Rony.

            - ¿Ah sí? ¿De verdad? Porque yo creo que eso es justo lo que te falta.

            Me levanté.

            -Vale, Rony, lo que tú digas. He quedado, debo irme.

            -De acuerdo, vale… piénsalo, compañero, ¿es ella una ilusión? Si sospechas de mí, entonces quizá deberías replantearte también si esa chica es real.

            - ¡Es real!

            - ¿Lo es o quieres que lo sea?

            Ni siquiera le contesté, me dirigí a la puerta y, antes de salir, dije algo de lo que me sigo arrepintiendo hoy en día.

            -Ojalá tú también te fueras alguna vez, como las voces. Déjame tranquilo.

            Dichas estas crueles palabras, me fui. En ese momento, me dio igual lo que Rony pudiera pensar de mí, pero, en el fondo, me sentía fatal. Recorrí las calles, con una tonta sonrisa en mis labios, esperando para poder ver a la hermosa muchacha que había conocido la mañana anterior. Tardé bastante en llegar, ya que, a medida que iba caminando, iba practicando una manera de saludarla. Estaba tan nervioso…

            -Hey, nena, ¿qué tal?, no, eso es demasiado presuntuoso. Hola, ¿cómo estás?, eso es muy básico… ¿cómo has dormido?, estás radiante, dios mío, que pedante…

            No podía decidirme por una, no quería parecer un impresentable, pero tampoco quería presentarme como un chico tímido. Al llegar a mi destino, ella ya me estaba esperando en su portal. Nada más verme alzó la mano y me saludó, y todos los nervios me abandonaron, sólo quedaron la alegría de verla y las ganas de extender ese momento hacia el infinito. Me acerqué a ella, con los ojos brillantes.

            -Hola.

            -Hola.

            Nos reímos y ella me cogió la mano, con timidez. Enrojecí hasta las orejas, lo que a ella le encantó. Empezamos a andar hacia el horizonte, sin pensar demasiado en ir a un sitio concreto, sólo por el placer de permanecer el uno junto al otro, pero… algo iba mal. A medida que íbamos recorriendo las calles, la gente nos miraba, y no con admiración precisamente. El terror de estar viviendo una mentira comenzó a tomar forma en mi interior, como un negro monstruo que me arrebataba toda esperanza y la cambiaba por una profunda desesperación y la letal confusión. Sandra miraba a la gente de la misma manera, pero el daño ya estaba hecho. Cada vez iba sospechando más y más, hasta que ella me miró y pareció leer mi rostro.

            -Oye, parece que hubieses visto un fantasma.

            Me sonrió, pero, al ver que yo no le devolvía el gesto, se preocupó.

            -Leo, ¿estás bien?

            - ¿Por qué nos miran?

            -Digamos que las personas que viven por aquí me conocen.

            Mi cara de sorpresa tuvo que ser muy divertida, ya que ella soltó una risita.

            -Hay rumores sobre mí.

            - ¿Rumores?

            -Sí. Prefiero no decírtelos, no es agradable, y no quiero que pienses cosas de mí que no son verdad…

            -Claro, respeto tu decisión.

            -Gracias.

            Sonrió. Todos mis temores se esfumaron, al menos por el momento, y seguimos andando, el uno contra el otro, sin que existiera nada más en el mundo. Otro día más que se me pasó volando, al volver a casa, no podía parar de sonreír. Pero, nada más entrar por la puerta:

            - ¡Rony, ya estoy en casa!

            No obtuve respuesta.

            - ¿¡Rony!?

            Silencio de nuevo. El miedo se apoderó de mí, estaba solo, completamente solo. Comencé a buscar a Rony por toda la casa, pero él ya no estaba, me había dejado solo, no me lo podía creer. Cuando llegué a la cocina, vi una nota sobre la mesa. Era de Rony.

Querido Leo:

Necesitaba aclarar mis ideas, por eso me he marchado. No soporto verte sufriendo, no quiero ver como tiras tu vida a la basura por miedo a perder la inspiración y quedarte solo. Que no veas que no soy una alucinación me duele, por eso me he ido tres días con una persona que sabe que soy real. Tengo novia, Leo, llevo seis semanas con ella, pero, como nunca me preguntas por mi vida, no lo has sabido. Nos hemos distanciado. Volveré a casa en tres días, espero que, para entonces, ya hayas ordenado tus ideas.

Rony

            Lloré y lloré. Rony se había ido. Pero, después de unos momentos de tristeza, caí en la cuenta de que era una alucinación, que tarde o temprano volvería, que era mi cerebro jugándome una mala pasada, que era inspiración para mi libro. Así que me puse a trabajar, y acabé a las cinco de la mañana, menos mal que había quedado con Sandra a las seis de la tarde.

            Al despertarme, las voces volvieron a acosarme, y esta vez, no estaba Rony para ayudarme. No estaba allí para pedirme el desayuno, para pedirme que me tomara las pastillas, para sonreírme con toda su cara, para hacerme reír. No estaba allí para ser Rony. Ese ataque de las voces me afectó especialmente por este motivo. Paró quince minutos después, cuando ya me había caído al suelo y estaba llorando y sudando de miedo. Cuando terminó, le pegué un puñetazo al suelo y grité:

            - ¡Joder!

            Eché tanto de menos a Rony que me dolió el pecho como si una enorme losa lo estuviera presionando.

            -Rony…

            Susurré. Tenía una novia y no me lo había dicho… no, era una alucinación, no podía tener novia. Fui a la cocina, y desayuné solo. Cuando terminé, decidí hacer una cosa, en honor a Rony, tomarme las pastillas. Subí a mi cuarto, donde las tenía guardadas en un cajón, y saqué el bote con ellas. Fui al cuarto de baño y me miré al espejo. Tenía las pastillas en la mano derecha y la nota de Rony en la izquierda. Si desaparecía, él era una ilusión de verdad, pero, el dolor de no haber confiado en él completamente por pensar que era una ilusión… le había estado haciendo daño, y eso me podía más que el miedo a quedarme solo. Mi mirada pasó del bote a mi rostro, estaba temblando y sudando. Saqué dos pastillas y, alcé la mano, abrí la boca y me las tragué. Tardaba unos diez o quince minutos en hacer efecto, así que escribí a Rony un mensaje:

Rony, lo he hecho, ¡me he tomado las pastillas! Pronto me harán efecto, saldré de dudas respecto a todo. Lo siento mucho, muchísimo, ha debido de ser muy duro para ti el haberme visto así durante tanto tiempo, me siento tan mal por todo lo que te he hecho. ¿Podrás perdonarme? Espero que sí, porque acabas de irte de casa y ya te echo de menos. ¿Cómo conociste a tu novia? Me interesa muchísimo cómo alguien tan pillo como tú se ha centrado, jajaja, es broma. Te echo de menos, tío. Hasta luego.

            Le di a la tecla de enviar y puse el móvil sobre la encimera, para poder limpiar la casa sin distracciones, pero, estaba ansioso por la respuesta de Rony, si es que era real… También, deseaba muchísimo hablar con Sandra, la echaba de menos. Al pensar en ella una sonrisa se dibujó en mi rostro, ¿sería verdad que había encontrado al amor de mi vida? Si era así y Rony era una persona de verdad podríamos hacer citas dobles, noches de pareja y esas cosas que hacían los amigos cuando encontraban el amor. Estaba tan feliz.

            Pasaron los diez minutos a la velocidad de la luz, y ese zumbido tan molesto que siempre estaba en mi cabeza desapareció. Sonreí, y los temblores volvieron a empezar. Cogí el móvil y lo volví a dejar en la encimera unas diez veces. Al final me decidí, y vi un mensaje de Rony. La alegría que sentí en ese momento no puede describirse con palabras.

Hola Leo, me alegra mucho que hayas decidido tomarte tu medicación. ¡Por fin sabrás que soy real a ciencia cierta! Jajaja. Se llama Miriam, la conocí en el grupo de terapia artística a la que voy (otra cosa que no te dije, jeje). Comenzó como un tonteo tonto, por parte de los dos, pero al final ha surgido algo serio entre nosotros. La quiero muchísimo, podría mirarla todo el día sin cansarme de hacerlo, además es muy divertida, me hace reír cada vez que abre la boca. Puedo ver el universo en sus ojos, y creo que ella lo ve en los míos. Es muy guapa, mucho más que ese ángel tuyo jajaja, es broma amigo. Se ha leído tus libros, es fan tuya, quiere conocerte. No me la robes, ¿eh? Ya te la presentaré, a lo mejor la llevo a casa, ¿qué te parece? ¿Puedo volver? Yo también te echo de menos Leo. Escríbeme, ¿vale?

            Lloré de alegría, ¡Rony era real! ¡Quería volver a casa y me iba a presentar a su novia! Salté de la emoción y mi cabeza se dio contra el marco de la puerta. Me eché a reír y comencé a escribir una respuesta para Rony.

Sí, tráela. ¡Que emoción! Yo hoy he quedado con Sandra, la podría traer para que os conociera, ¿te parece bien? Además, con el tiempo podría quedarse a vivir aquí contigo, ya sabes que detesto la soledad. Me encuentro genial, debí haberme tomado las pastillas antes, siento no haberte hecho caso. Bueno, a lo que iba, venid los dos, os la presentaré.

            Al momento me llegó este mensaje de Rony.

Lo he hablado con ella, ya vamos para allá. Espéranos. Me alegro de que te encuentres tan bien tío.

            Miré la hora, las doce de la mañana, quizá podría ponerme a hacer la comida y almorzar con ellos. Así que me puse a cocinar. Media hora después, la puerta de entrada se abrió y Rony apareció, seguido de una chica de muy baja estatura, literalmente, le llegaba a Rony un poco por encima de la cintura (Rony medía un metro ochenta). Tenía el pelo teñido de rojo y los ojos negros.

            -Leo, amigo.

            Rony vino hacia mí con los brazos extendidos, y me abrazó con fuerza.

            -Eres real. Me alegro de verte, y de no estar solo.

            Él soltó una carcajada y se apartó de mí.

            -Leo, esta es Miriam. Miriam, este es mi amigo el paranoico.

            Dijo guiñándome el ojo. Yo no pude evitar soltar una carcajada.

            -Hola, encantada, soy muy fan tuya.

            Su novio comenzó a olisquear el ambiente con ansia.

            - ¡COMIDA!

            Gritó mientras corría hasta la cocina. Miriam se rio y fue tras él. Me caía bien.

            -Sí, he pensado en que podríamos comer juntos si queréis.

            Pero Rony ya se había servido y estaba sentado a la mesa.

            -Gracias compañero.

            Volví a reírme. Su novia también se estaba sirviendo, solía pensar que nunca conocería a nadie que comiese más que Rony, pero me equivocaba. Menos mal que yo comía poco. La comida y parte de la tarde pasó entre risas y animadas charlas, estaba muy contento de que mi amigo volviera a estar en casa, y me alegraba un montón de que fuera tan feliz junto a alguien, ya que se lo merecía, yo también me sentía bien con Sandra. Llegó la hora de ir a buscarla y convencerla para que fuera a mi casa, no la había avisado porque me dijo que trabajaba hasta tarde, y no había querido molestarla.

            -Voy a tener que ausentarme un momento, ahora mismo vuelvo.

            -Romeo va a por su Julieta.

            Rony me sacó la lengua.

            -No lo hagáis en el sofá.

            Salí acompañado por el sonido de sus carcajadas, todo iba genial hoy, estaba siendo uno de los mejores días de mi vida. Estaba muy nervioso por verla, iba a conocer a Rony, y eso era un paso importante, una parte de mí me decía que era demasiado pronto, pero yo iba a invitarla de todas maneras. El camino hacia su casa se me hizo más corto que de costumbre, pero ella no estaba esperándome abajo, eso me pareció extraño. Llamé a su casa y una voz masculina me contestó:

            - ¿Sí?

            -Esto, hola. ¿Está Sandra?

            -Creo que se ha equivocado, amigo. En este bloque no vive ninguna Sandra.

            El mundo se me calló a los pies. Un niño pasó por mi lado junto con su madre y dijo:

            -Mira mamá, es el señor que hablaba solo ayer.

            -Cállate, cariño. No le mires.

            ¿Hablar solo? ¿El día anterior? ¿Mis sospechas habían sido reales? ¿Mi cerebro me la había vuelto a jugar? Rony había vuelto conmigo, pero Sandra no era real, había sido una alucinación, una mera ilusión, un cruel espejismo. Me caí al suelo de la impresión, sin poderme creer lo que me estaba pasando. No podía parar de repetirme a mí mismo: “Ella no era real, ella no era real, ella no era real…”. Me sentí solo y vacío, el mundo perdió el color. Todo por culpa de las pastillas, ojalá nunca las hubiese tomado. Prefería vivir en una mentira con Sandra que en una realidad sin ella. Volví a levantarme, y a dirigirme hacia mi casa. Las voces de los viandantes sustituyeron a las que normalmente poblaban mi mente: “Ese es el loco de ayer”, “mira, ¿ese no hablaba solo?”, “no te acerques a él, puede ser peligroso” … comentarios así me acompañaron todo el camino hacia mi casa. Al llegar, abrí la puerta a duras penas.

            -Hola tortolitos… espera, ¿dónde está Sandra, por qué tienes cara de muerto?

            -No era real, Rony, ella era una ilusión.

            La sonrisa se le congeló en la cara. Yo me caí al suelo.

            Lo próximo que escuché fue el sonido de una sirena, y sentí unos brazos que me levantaban. Estaba muy débil y la cabeza me daba vueltas, pero al no sentir el ataque de las voces, supe que el efecto de las pastillas no se había pasado aún.

            - ¡Os estoy diciendo que necesita ayuda, es esquizofrénico! ¡Por favor, ayudad a mi amigo, despertadle!

            -Señor, estamos haciendo todo lo que podemos. Su amigo ha sufrido una conmoción leve, estará bien.

            - ¿Me lo juran?

            -Sí, señor.

            - ¿Por qué habláis de mí como si no estuviese aquí?

            Los ojos de Rony se iluminaron y me abrazó, sin hacer caso a las advertencias del enfermero.

            - ¡Estás bien! Menudo susto me has dado colega.

            -Bueno, me duele un poco la cabeza, pero estoy bien.

            -Señor, por si acaso, vamos a llevarle al hospital para que le hagan una exploración, si ya se encuentra bien seguramente será entrar y salir.

            -Vale, de acuerdo.

            Me subieron a la ambulancia, mientras que Miriam y Rony entraban en el coche de este último. Cerré los ojos, pensando que así el sentimiento de pérdida se mitigaría un poco, pero eso sólo fue peor, porque no podía dejar de acordarme de ella, de la arruga que se le formaba entre las cejas cuando no entendía algo, de su dulce sonrisa, de su hermosa voz, aquella que me acunaba de noche y me despertaba por las mañanas; me acordaba de sus luminosos ojos, que me miraban con amor y admiración, no con miedo y asco… me acordaba de ella. Al llegar al hospital, me hicieron unas pruebas, me dijeron que estaba bien, pero que preferían asegurarse de que no volvía a desvanecerme, por lo que me prepararon una habitación.

            -Tío, siento mucho lo que te ha pasado.

            Rony me abrazó, su cara no me reprochaba nada, a pesar de que él ya me lo había advertido. Debí haberle hecho caso, había sido tan estúpido.

            -Me lo merezco, Rony, debí haberme tomado la medicación hace tiempo ya. A partir de ahora, no va a haber día en el que no la tome.

            Sus ojos se iluminaron.

            -Me alegro de eso, pero no te lo merecías. Nadie merece que le pase eso. De verdad que siento lo que te ha pasado, si puedo hacer algo por ti…

            -No me dejes solo, Rony. Por favor, nunca más.

            Él asintió, con convicción.

            -Está bien, te lo prometo.

            Sólo pasé esa noche en el hospital, Rony se quedó conmigo, y hablamos hasta las tantas de la madrugada, volviendo a reforzar nuestra amistad. Él era lo único que me quedaba ahora, lo que siempre tuve, pero no supe apreciar. Al final, las pastillas me habían dado un gran regalo, saber que mi mejor amigo nunca se iría de mi lado, pasara lo que pasara. A las siete en punto, mi doctor me dio el alta, y pude irme a mi casa, acompañado por Rony. Miriam acabó instalándose con nosotros, ya que me había ganado completamente y cuantas más personas fuésemos en la casa, mejor. Los días empezaron a ser muy tranquilos y felices, y la rutina se convirtió en cocinar para un regimiento, escribir y soñar con Sandra. A pesar de todo, no me la podía quitar de la cabeza, pero no quería dejar de tomar las pastillas. Me había dado cuenta de que las voces no eran lo que me inspiraba en su totalidad, podía encontrar ideas en cualquier parte, no necesitaba sufrir para poder escribir, cosa que me tranquilizó bastante. A veces salíamos a cenar o cosas así, pero aprendí a dejarles intimidad, lo que también me permitió superar en parte mi miedo a la soledad. Ahora me estoy haciendo el desayuno, bueno, para mí y para mis inquilinos, que ya deben estar al caer, ah, allí están.

            -Buenos días, Leo. ¡comida!

            - ¿Comida?

            Los dos han corrido a sentarse, esperando pacientemente su desayuno, son como cachorrillos hambrientos. Pero van a tener que esperar unos minutos más.

            - ¿Qué tal habéis dormido?

            -Muy bien, gracias por preguntar, amigo. ¿y tú?

            -Bien.

            Le estoy mintiendo, he vuelto a soñar con Sandra, pero sé que debo superarlo. Miriam me mira fijamente, probablemente sospecha que no he dormido, la verdad, se me nota bastante, tengo unas ojeras muy profundas bajo los ojos. Oh, casi se quema el desayuno.

            -Ya podéis serviros.

            Vaya, pero si ya han empezado. Menos mal que me han dejado un poco, jajaja. Me siento a la mesa y los veo comer, es un espectáculo increíble, casi ni respiran. Desde luego son tal para cual.

            - ¿Qué vas a hacer hoy tío?

            -Me voy a ir a escribir al parque, ayer vi desde aquí un árbol muy inspirador y quiero ir a echarle un vistazo.

            -Que guay, luego me tienes que enseñar lo que escribas.

            Miriam me acaba de guiñar un ojo. Rony tenía razón, sí que es fan mía, me está ayudando mucho con mi nueva novela, es muy buena chica. Se me acaba de quitar el hambre, quiero ir ya a escribir, sólo así consigo olvidarme de ella, su recuerdo me duele demasiado.

            -Mejor me voy ya, no tengo más hambre.

            ¡Oh Dios!, sé que van a pelearse por las sobras de mi plato. Mejor me retiro ya. ¿Dónde había puesto mi portátil…? ¿Estaba detrás del sofá? Madre mía, se están tirando los platos a la cabeza. ¡Ah, estaba en mi habitación! Subo los escalones de dos en dos, recupero mi portátil, llego a la puerta y me voy.

            - ¡Adiós locos!

            Por supuesto, sin respuesta. El aire está especialmente fresco esta mañana, hoy hará un buen día, sin ninguna duda. No hay ninguna nube en el cielo, es un día soleado. Cubro la escasa distancia que hay desde mi casa al parque a grandes zancadas y entro en ese lugar que siempre ha sido mágico para mí. Echo a andar, buscando la inspiración, cuando veo a mi derecha la mesa en la que solía sentarme, la mesa en la que conocí… perdón, se me apareció Sandra. Hay una chica sentada en ella, con la nariz metida en un libro sobre mitología nórdica. Se parece a ella. Mis pies se están encaminando a la mesa inconscientemente, mi corazón se está acelerando, es ella, sólo puede ser ella. Ya he llegado a la mesa, no es Sandra, pero su parecido con ella es increíble.

            -Hola, ¿está ocupado?

            Ella ha levantado la vista, ahora lo sé. Conocer a Sandra ha sido un preparativo para ella, para encontrarme con esta chica, lo único bueno que me ha provocado mi enfermedad. Madre mía, es guapísima, podrían pasar por gemelas.

            -No, puedes sentarte si quieres.

 

            Leo conoció al amor de su vida aquella tarde, su nombre era Lis, y, por supuesto, no era ninguna ilusión. Rony se acabó casando tres meses después con Miriam, pero siguieron viviendo con Leo y Lis, ya que se llevaban muy bien con ellos y ninguno sabía cocinar (un factor que influyó bastante en su decisión). Leo siguió tomando las pastillas y dejó de soñar con Sandra, ahora sólo existía Lis. Siguió escribiendo, nunca perdió la inspiración, porque las ideas, surgen de donde menos nos esperamos, las ideas no tienen dueño, las ideas son libres.

Publicado la semana 3. 18/01/2021
Etiquetas
La noche, Un sueño , Por la noche, por la tarde
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Género
Relato
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