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Lucía Belvis

GOTA

Despertó esa noche, solo de nuevo.

A su espalda, su pelo caía en una gran cascada de tinta china, convirtiendo su almohada en un vórtice que conducía a la negrura de su mente.

Esa cárcel de cabello y brazos culpables que tantas noches lo mantuvieron despierto son el motivo por el cual sus ojos sufren, pero ninguna lágrima ha caído de ellos desde que perdió su fuente de vida.

La culpa y la vergüenza nunca fueron una opción para él, que prefiere morir antes que arrodillarse de nuevo.

El dragón está cansado de no poder volar creando remolinos dorados y rojos sobre el cielo.

Cada mañana, cuando se ve solo de nuevo, las mismas palabras salen de sus labios secos por el terror de la noche, ese que nunca reconocerá tener.

"Un paso más y pagarán".

Un gesto, un beso o una caricia, para él ya no significan nada. La época de asco y retrospección ha terminado. Sus emociones han sido asesinadas, secuestradas por el monstruo de la ira y el odio. Monstruo que le traerá la salvación.

Las aguas del estanque hace años que no reflejan el azul del cielo. Se han vuelto tan negras como su cabello, y es imposible poner un pie en ellas, ya que absorben todo lo que es puro o mundano para corromperlo y mostrarle la senda del odio.

Pero una mañana, se dio cuenta de que no estaba solo.

Se encontró cara a cara con los ojos ojos cerrados del joven que no fue tragado por la oscuridad de la noche.

Con las únicas manos que lo levantaron cuando estaba en el suelo.

Con los únicos labios cuyas palabras de verdad quieren decir aquello que muestran al mundo.

Con los únicos ojos que no ven su mundo como un pozo sin salida.

Y entonces se dio cuenta.

Sus labios ya no estaban secos, el terror había desaparecido.

Una gota cristalina calló en el estanque y no fue absorbida.

Una gota de esperanza.

Publicado la semana 29. 19/07/2021
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