28
Lucía Belvis

ADAM

            Sus primeras palabras fueron: “he llegado”. Se dice que el médico que le ayudó a nacer tuvo tal conmoción después de ese suceso que se suicidó. La matrona se desmayó, y enloqueció, y su madre renegó de él, dejándole solo con su padre, completamente de pie, y con una demoníaca sonrisa en el rostro.

            —No te fallaré, padre—. Dijo a continuación.

            —Por supuesto que no. Eres mi hijo, y voy a quererte, aunque seas…

            —No hablaba contigo, guardián. Será mejor que me lleves a la que será mi guarida, creo que debería limpiarme, y no quiero que sea en este sucio hospital.

            Su progenitor le miraba con una mezcla de decepción, miedo y… orgullo. Pobre hombre, pensaba que su hijo era un genio.

            —Como quieras, Kyle.

            —Yo no me llamo así.

            — ¿A no? ¿Y cómo te llamas entonces?

            —Supongo que el nombre humano más parecido al mío es Adam.

            —Pero, hijo mío, si eres un humano…

            —Eres ingenuo… me gusta. Adam, llámame, Adam.

            —Como quieras, Adam.

            Ese día, ese servicial y buen humano se llevó a su casa al que pensaba que era su hijo, ya se preocuparía por el caos que había provocado en el hospital más tarde. Se preguntaba a sí mismo: “¿de dónde le viene la vena de genio? Yo no soy muy listo que digamos, y la que era mi novia tampoco…” No se imaginaba que ese hijo no era una bendición, sino la semilla del mal, que venía a sembrar el caos en la tierra. Un chico de apariencia angelical, pero que, indudablemente, provenía del averno.

            —Guardián, ya estoy limpio. ¿Qué suelen hacer los humanos de mi edad?

            —Bueno… pues los bebés suelen dormir todo el día, comer alimentos líquidos porque no tienen dientes, aprender a andar y hablar, ver programas para niños…

            —Sé andar, sé hablar; tengo dientes, así que más te vale darme alimentos sólidos. Dormir… eso no lo necesito. ¿Qué son los programas para niños?

            —Pues verás, Kyle… digo, Adam. Son unos programas que pretenden educar a los niños más pequeños. Hay algunos que enseñan palabras en otros idiomas y todo.

            —Suena… divertido.

            Y así, nuestro protagonista se sentó frente a la televisión, cogió el mando y se pasó todo el día viendo programas educativos para infantes. Cuando su “padre” se despertó, lo vio frente al televisor, los ojos muy abiertos, y la televisión apagada.

            —Cielo, está apagada…

            —Ya lo sé, la apagué hace una hora. Estoy procesando la información que ha penetrado en mi cerebro en las últimas horas.

            —Ah, de acuerdo.

            —He llegado a la conclusión, de que adoro esos programas. Pensaba que me gustarían más las series policíacas o sobre sucesos paranormales, he intentado verlas también, pero me aburren, son muy poco realistas…

            — ¿Y esos programas sí?

            —Te sorprendería, la de secretos que esconden…

            —Son programas para niños, Adam. No esconden nada… no tienen una trama definida ni…

            — ¡Cállate, guardián! Necesito el desayuno… ¿tienes ardilla?

            — ¿Ardilla?

            —Sí, es el alimento humano más parecido a mi comida preferida.

            —Eso… no se come, Adam.

            — ¿Cómo que no? Mierda… he debido nacer en el país equivocado. Que torpe soy. Bueno, ¿y qué hay de perro?

            —Tampoco, los perros son mascotas…

            —Definitivamente he nacido en el país que no era. Bueno… ¿y qué suelen desayunar los niños de mi edad?

            —Suelen tomar el pecho de su madre, ya sabes, tomar leche materna.

            —Eso no me interesa, no soy un gran fan de la leche. ¿Tienes naranjas?

            —No. Pero tengo huevos, puedo hacértelos con beicon…

            —Ummm, suena exótico… te ordeno que me los hagas.

            —Tranquilo, ahora mismo voy.

            Unos minutos más tarde, Adam estaba sentado frente a su plato humeante de huevos con baicon, con un cuchillo y un tenedor, sin saber cómo empezar a comérselo.

            —Vamos, no seas tímido.

            — ¿Cómo se come esto?

            —Observa.

            Su guardián empezó a comer, bajo la atenta mirada de Adam, que memorizaba cada movimiento que hacía.

            —Gracias, ya lo entiendo.

            Se zampó el plato en un segundo.

            —Wow…

            —Más.

            Nadie sabe cuántos platos se comió Adam, pero acabó con las reservas de huevos y baicon de su casa, creo que incluso él mismo perdió la cuenta.

            —Gracias.

            —No hay de qué… aunque ahora tengo que ir a comprar…

            — ¿La comida no se repone sola?

            —No, tenemos que comprarla con dinero.

            — ¿Dinero? ¿Te refieres a ese invento infernal que os chupa el alma y por el que sois capaces de matar?

            — ¡Adam!

            —Atrévete a decirme que es mentira.

            El guardián se calló. Adam se cruzó de brazos, triunfante.

            —Puedes dejarme aquí mientras vas a reponer nuestra nevera.

            —No, no puedo, eres un niño pequeño, te vienes conmigo.

            —Si me llevas contigo, mataré a todos los que estén en ese lugar al que vas.

            — ¡Adam!

            —No me tientes, triste humano.

            A su guardián le daba miedo, pero decidió armarse de valor y llevarse al extraño crío consigo, entre gritos y lloriqueos.

            —Cuanto odio en un cuerpo tan pequeño…

            — ¡Y mucho más que me cabe!

            — ¡Ya está bien, Adam!

            Pero en vez de parar, el chico puso los ojos en blanco, y simplemente se quedó así, inmóvil, como un cadáver.

            — ¡Adam!

            Su “padre” salió del coche y abrió la puerta para llegar hasta el niño. No se dio cuenta del fantasmagórico reflejo de la ventana del coche hasta que era demasiado tarde.

            —Espero que mi padre no se enfade demasiado por haberme comido a mi guardián… pero tenía que hacerlo, me estaba molestando.

            El alma del pobre hombre intentó salir de la ventana del coche, pero era inútil. Una criatura colosal, que parecía hecha de humo, pero cuyos miembros eran perfectamente sólidos; con los ojos hechos de llameantes llamas, horribles y relucientes dientes, y una vorágine de hielo, fuego y ceniza en el centro de lo que debía ser su pecho lo había atrapado.

            —Creo que debería salir de este coche, envolverme en una manta y regalarme a algún guardián agradable… alguien que no me moleste, a quién le de igual… una persona que me deje hacer lo que quiera cuando quiera… ¡cállate! ¡Deja de gritar! ¡Qué molesto! Iba a comerte después, pero me has puesto de mal humor…

            Con estas palabras, el pobre y estúpido hombre calló preso de la criatura del espejo. Murió, pero no fue ni al cielo ni al infierno, un castigo eterno por haber caído presa de Adam.

            Una agradable ancianita que pasaba por allí, vio el cuerpo sin vida del protector de Adam, y decidió acercarse a ver qué pasaba. Gran error.

            —Hola, señor… ¿está bien? ¿Está su hijo bien?

            Adam vio su oportunidad. “No es joven, además, parece olvidadiza. Es perfecta”, pensó. Empezó a llorar, como los protagonistas de los programas infantiles que había visto, y esa anciana se dio cuenta de que su guardián estaba muerto. A la pobre mujer casi le da un patatús. Para ahorraros los detalles de la enorme cantidad de papeleo y de problemas legales y burocráticos que tuvo que afrontar la longeva mujer para poder quedarse con nuestro protagonista, pasaremos directamente a el momento en el que él empezó a vivir con ella.

            —Ha sido un camino largo y tortuoso, pero al fin podemos estar juntos, precioso bebito. Te presentaré a mis gatos, y a mi hijo. Estoy segura de que te llevarás muy bien con todos.

            Adam tuvo que aguantarse las ganas de replicarle a esa mujer. “Sé ‘normal’, Adam. Si lo eres, no levantarás sospechas. Aprende la lección, no puedes perder a otro guardián, porque si lo haces, se acabó, le encargarán el apocalipsis a Kevin… ese maldito hijo de… ¡Tengo que ser yo! ¡Quiero acabar con estos sucios humanos yo mismo! Necesito tragar todas sus almas, saciarme con ellas, oírlos gritar y suplicar…”, se decía a sí mismo.

            Los años pasaban, y Adam trataba de aparentar que era normal, pero ya sabemos cómo es, un alma inquieta que necesita estimularse… eventualmente, cuando su anciana cuidadora se despistaba, y no estaba el patán de su hijo para vigilarle, salía a las calles, completamente solo, a cazar algunas personas. Sólo tenía que asegurarse de situarse junto a alguna superficie reflectante para poder efectuar el robo.

            Lentamente, la leyenda de un espectro con cuerpo de niño que se llevaba a las personas al infierno empezó a extenderse por la ciudad, y cundió el pánico.

            — ¿Qué he hecho mal? Creo que me comí a todos los que me vieron… ¿por qué se está extendiendo este rumor? Esto no es nada bueno… ¿y si me descubren? ¿Y si envían a Kevin? Maldito seas, Kevin… ¿Qué debería hacer? —Se preguntaba Adam, completamente desesperado. Al final llegó a la conclusión de que no debía cazar a más personas, al menos hasta que los rumores se acabasen. Pero nuestro protagonista no predijo un hecho muy importante, que iba a entrar a la escuela.

Unos meses más tarde

 

            — ¿Estás nervioso, cielo?

            Adam asintió, poniendo la cara de niño más inocente que el mundo ha visto. Por dentro, no paraba de olfatear el ambiente, contando cuántas deliciosas almas había en esa escuela. “Menudo festín me voy a dar…”, se dijo. Cuando se despidió de la buena mujer (y siempre teniendo cuidado de no acercarse demasiado a las superficies reflectantes, para que sus compañeros no sospechasen), nuestro protagonista empezó su vida escolar.

            Los días transcurrían, y el hambre de Adam se intensificaba. El estar encerrado en un espacio pequeño con tantos humanos todo el día iba a volverlo loco. A parte, estaba el riesgo de que vieran su reflejo, su alma… no podía permitírselo. Un día, aparentemente normal, Adam estalló.

            —Volvamos a contar todos juntos, niños…

            Fuego. El colegio comenzó a incendiarse. Había personas corriendo de un lado para otro, tratando de poner a los niños a salvo, pero nuestro protagonista no iba a permitir que eso sucediese. Sabía que sería sospechoso si era el único superviviente, por lo que tuvo que dejar vivos a un puñado de niños de otras clases y a un profesor. El resto de las personas, cayeron presa de sus garras. Fue un suceso muy sonado, el pueblo se sumió en una tristeza y una melancolía que a nuestro niño le daban la vida. Cada noche, cuando sabía que nadie le veía o escuchaba, se miraba al espejo y devoraba el alma de uno de los fallecidos entre las llamas, era un proceso lento y poco satisfactorio para Adam, que, de haber estado completamente libre, se los hubiese comido ya a todos, pero sabía que tenía que ser paciente, y que no debía levantar sospechas por nada del mundo.

            Esas almas sólo consiguieron saciarle hasta que llegó al instituto, ya que ha medida que el tiempo pasaba, su fuerza se iba incrementando, y necesitaba tomas más para poder seguir teniendo esa fortaleza de la que se jactaba en su hogar. La pobre señora seguía sin saber nada, y moriría sin tener idea de que había estado criando a la causa del apocalipsis, el juez del juicio final, el portador de la purificadora llama, el letal justiciero. Cuando la pobre anciana murió, su hijo se hizo cargo de él, y pasó a ser su guardián.

            El instituto le iba bien a Adam. Intentaba no destacar, pero le era imposible ocultar sus conocimientos. Muchos pensaban que era superdotado, pero él manipuló a su tutor para que no autorizara que le hiciesen las pruebas de inteligencia, necesitaba ser alguien del montón, desaparecer tras ese aburrido periodo de escolarización. Cuando se graduase, se comería a su tutor y, “accidentalmente”, a todo el pueblo. Tendría la fuerza suficiente entonces. Nunca se apuntó a ningún club, jamás hizo amigos, siempre se sentaba detrás, donde nadie le veía, acechante, aprendiendo, estudiando, creciendo, planificando, fortaleciéndose. ¡Ah, la adolescencia! ¡Ese dulce periodo en el que las emociones están flor de piel! Tanto odio, tanta repulsión… se le hacía la boca agua.

            Por fin llegó el día, se graduó con la mejor nota de su curso, pero eso ya no importaba, porque había conseguido no llamar la atención de nadie, había pasado desapercibido, y nadie había sospechado de él. Era el momento. Cuando tuvo el micrófono frente a sus narices, sonrió y soltó su discurso. El último discurso que oirían esas personas. La mera idea de que por fin fuese a suceder hacía que se estremeciese de placer.

            —Muchas gracias a todos por haber sido tan absolutamente estúpidos. No sabéis el favor tan grande que me habéis hecho. Fue muy duro para mí ocultaros mi verdadera naturaleza, pero ya no tengo por qué hacerlo nunca más, porque por fin me he hecho tan poderoso en este mundo como para acabar con todos vosotros. He estado esperando este día desde que nací, desde que tuve mi primer guardián… del que no recuerdo ni su nombre, sólo el exquisito sabor de su alma—. Se secó una lágrima de emoción. Todos los presentes se miraban unos a otros, aterrorizados, sin saber qué estaba pasando. ­—Luego me recogió esa agradable mujer, de la que tampoco me acuerdo bien, aunque su esencia… ¡fue glorioso saborearla! La espera la hizo todavía mejor. Su horrible hijo no tendrá ese gusto tan refinado, pero me conformaré. Todos vosotros, queridos amigos, vais a formar parte de mí para toda la eternidad, de una manera real y profunda. Seréis los ladrillos que construyan el templo que es mi cuerpo. Os quiero. No sabéis lo mucho que os amo por el noble sacrificio que vais a hacer… sorprendentemente, no tengo nada más que decir, jajaja. Bueno, procedamos con la ceremonia de unión. En el nombre de mi padre, yo os tomo a vosotros, queridos humanos, como mi alimento.

            Todos comenzaron a correr en todas direcciones, tratando de escapar, pero las puertas estaban bloqueadas. Estaban atrapados, con un loco que hablaba de templos, ladrillos, sacrificios y guardianes. Muchos lloraban. Adam sacó un hermoso espejito de mano con motivos en plata y se miró en él. Fingió que se arreglaba en peinado y abrió una especie de puerta en el espejo, a través de la cual comenzaron a salir diversas criaturas. Se lo que estaréis pensando, ¿qué está pasando? No pasa nada, querido lector, aquí estoy yo para contarte todo lo que pasó. Adam tiene el poder de conectar nuestro mundo con el averno. Es la puerta del mal, aquel que custodia la entrada al infierno, y puede conectarla con nuestra realidad a su antojo, bueno, ahora puede. Adam es el mismísimo hijo del rey del infierno. Sus poderes son casi infinitos, pero en esta realidad, necesita tomar almas y alimentarse del sufrimiento ajeno para poder utilizarlos aquí. En su dimensión, es todopoderoso, y podría haber aniquilado a la humanidad con sólo chasquear los dedos, pero a su padre le pareció divertido enviarlo como la máxima maldición, la muerte en persona, la maldad personificada. Ahora que puede abrir la puerta del infierno, las cosas serán mucho más fáciles para nuestro protagonista, el fin está cerca.

 

            Cuando Adam salió del pueblo…

            El silencio cubría cada rincón, cuerpos sin vida yacían en las calles. Una sonrisa glotona y triunfadora se formó en el rostro de nuestro chico. Volvió a mirar su espejo, para admirar como las almas que había tomado iban desapareciendo una a una, sin dejar rastro.

            —El fin está cerca, padre. En el momento en el que sea tan poderoso como para salir de este maldito espejo y entrar en el mundo de estos sucios humanos, sabrán lo que es el dolor. Estarás orgulloso de mí, y me convertiré en tu predilecto. No volverás a pensar siquiera en ese maldito Kevin. Cuando consiga entrar, daré el mayor espectáculo que esta realidad ha visto jamás.  ¡Fuego por todas partes! ¡Ríos de lava recorriendo las ciudades! ¡Demonios de todas clases volando por el cielo! Te juro que no te fallaré, haré que estés orgulloso de mí.

            Una vez que dijo estas palabras, guardó su espejo y empezó a caminar. No sabía a donde iría, pero tenía una meta clara, acabar con todo de una vez por todas. Había esperado demasiado tiempo, y necesitaba tomar todas esas deliciosas almas.

            Sus pasos le llevaron hasta una señal algo oxidada apostada en uno de los lados de la carretera.

            —Parece que el destino quiere que vaya allí… bueno, si no hay más remedio…

            Empezó a reírse mientras se encaminaba hacia su destino. Necesitaba algo de diversión, y la iba a conseguir, le costase lo que le costase.

Publicado la semana 28. 12/07/2021
Etiquetas
Maldiciones, demonios, problemas familiares, familia demoníaca
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