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Lucía Belvis

CINCO MONEDAS (última parte)

            Comenzó a nevar, cubriendo el campo de batalla con la blancura mortal de la nieve.

            Los diamantes que antes habían sido cuerpos que contuvieron un alma pura fueron completamente tragados por la asfixiante madre de la muerte temblorosa.

            La chica comenzó a temblar, el que antes había sido su amigo casi se le calló al reluciente suelo.

            Los siete exorcistas que quedaban en pie se habían congregado frente a un enorme agujero en el suelo.

            Comenzó a llover, pero el agua se congelaba y se transformaba en afiladísimas cuchillas de hielo.

            Y entonces es cuando él apareció.

            Llamas blancas lo rodeaban y un cuerno de unicornio sobresalía de su frente. Su cabello flotaba alrededor de su cabeza, del tono del hielo más frágil. Portaba una corona de hielo y sangre. Poseía un agujero negro por boca. Su cuerpo era aún más blanco que la misma nieve, haciendo ver que estaba muerto, o, al menos, lo había estado alguna vez. Sus ojos eran cuencas vacías, por los que caían lágrimas doradas. Sus manos tenían clavos en ellas y sus pies estaban atados entre sí. Dos enormes alas de hierro candente sobresalían de su espalda.

            Cuando habló, el mundo entero pareció morir con sus palabras:

            —Odiosos mortales, no entendéis la verdadera realeza de mi persona. Vuestras mentes no son capaces de ver que sois manipulados por esos tres a los que adoráis como si de deidades se tratasen. ¿Sellarme? ¿Encerrarme? ¿Desterrarme? ¿De verdad pensáis que ese es el secreto que se esconde en ese libro? ¿Tan estúpidos son los humanos que no saben ver más allá del humo y la niebla?

            — ¡Basta de palabrería! ¡Has matado a toda la hermandad! ¿¡De verdad crees que te escucharemos!? ¿¡De verdad piensas que vamos a tragarnos tus mentiras!? ¡Sí, vamos a sellarte! ¡Prepárate para pagar con la eternidad todo lo que has hecho!

            —Milenios… incluso mucho más tiempo… llevo vivo desde antes de que el tiempo existiese siquiera. Al principio, todo estaba tranquilo. Todo era perfecto. Negro contra plata. Pero entonces, el grande, aquel por el que lucháis se aburrió de la monotonía del polvo estelar, y decidió crear vuestro planeta, y muchos otros, en los que también le adoran como vosotros. Él es igual que yo. Somos dos caras de la misma moneda, gemelos nacidos de la negrura, la calma y el silencio. ¿Por qué tenéis que odiar algo que es similar a lo que adoráis? Os diré la respuesta, porque no sois capaces de ver más allá de las mentiras y las tergiversaciones que los primeros seguidores de mi similar transmitieron sobre sus palabras.

            — ¡Mentiras!

            —No te atrevas a interrumpirme de nuevo, ser inferior.

            El que había hablado murió al instante, transformándose también en un enorme diamante.

            —Él busca la igualdad, el amor entre todas las criaturas… igual que yo. ¡He sido víctima de lo mismo que él! ¡Todo lo que he hecho a lo largo de mi existencia ha sido ayudarle, pero los antiguos no estaban de acuerdo! Así que me traicionaron. Como castigo por acercarme a su divinidad, arrancaron mis ojos, cegándome para siempre, y condenándome a llorar por todos los sufridores sin siquiera tener cómo llorar. ¡No confío en los humanos! ¡Ellos solo quieren matarme! Porque sí, soy un ser inmortal, pero también sangro, también lloro, también río, también sufro, también puedo morir.

            Ante esta revelación, los seis que quedaban en pie, comenzaron a ponerse nerviosos.

            —Entonces, ¿puedes morir? —Dijo nuestra protagonista hablando por primera vez.

            Los seis la miraron, o al menos giraron su cabeza hacia ella. Satán, o aquel al que llamaban de ese modo giró su cabeza e hizo un ademán de sonreír.

            —Sí, querida, puedo morir. Nada es eterno, más que el odio y el resentimiento más puro.

            — ¡Entonces voy a matarte!

            Una risa triste se escapó de los labios de la criatura.

            — ¿Es que no has escuchado nada de lo que he dicho, jovencita?

            —Sí, lo he escuchado, pero son patrañas. ¿Por qué serías la víctima cuando has matado a todas estas personas? —Preguntó la joven mostrándole el diamante en el que se había convertido su amigo (o amiga).

            El rostro de Satán se entristeció.

            —Eso no lo he hecho yo, querida. Los demonios no me obedecen, no responden a mis órdenes. Ellos sirven a alguien más, alguien mucho más poderoso que mi similar y yo. Un ser muy superior que nos tiene a su merced y nos utiliza como marionetas en su juego de poder interestelar, en el que siempre soy el villano que debe morir.

            Satán abrió sus manos y un extraño humo comenzó a salir de sus manos.

            En él, pudieron ver todo el sufrimiento por el que él y la criatura a la que llamaban Dios habían tenido que sufrir. Todo lo que habían creído, se hizo pedazos en un segundo.

            Más diamantes comenzaron a caer del cielo, enterrándose sobre la nieve, perdiéndose en el infierno blanco.

            Satán seguía llorando, sus doradas lágrimas ya formaban un pequeño charco a sus pies, que se mezclaba con la sangre y el icor de la batalla anterior.

            —Os diría que acabaseis con mi sufrimiento y me dieseis la paz que no he encontrado en miles de milenios, pero en el fondo no deseo la muerte, solo quiero ser libre y huir de aquel que utiliza este cuerpo maltratado como una marioneta…

            Se quedó en silencio, sus brazos colgando a los lados, el torso doblado sobre su abdomen. Sus alas se plegaron, su cabello se calló, y entonces, fuego azul comenzó a salir de sus manos, donde tenía clavados los clavos, su boca y sus ojos.

            —Vais a morir.

            La voz que habló era diferente, similar a la de un niño. Era afilada como una cuchilla, con un toque dulce.

            Los Ancestros se posicionaron junto a la figura, solo podían ser ellos, tres estrellas rojas como la sangre.

            Los seis comenzaron a lanzar hechizos, pero ya era tarde, incluso para nuestra chica, que se transformó en uno de los diamantes más pequeños, pero más hermosos.

            Y mientras que usaba el cuerpo de Satán, volvía a sentir cómo era estar vivo, o al menos tan vivo como él podía estar. Mis súbditos mataban a aquellos que los adoraron como si de una representación de su Dios se tratase. Diamantes, me encantan.

            Creo que debo presentarme, soy Rohj, verdadera deidad todopoderosa, padre y madre a la vez de Satán y Dios.

            Espero que hayáis disfrutado de la historia de como exterminé a los exorcistas de un mundo, que en muy poco se diferencia del vuestro.

            No hay nadie verdaderamente bueno, todos tienen una pequeña semilla de maldad en su interior que puede florecer con fuerza y violencia en cualquier momento, nadie está a salvo.

            Si queréis saber cuál es el final de esta historia, he de deciros que el fuego y el hielo son los que ahora reinan en ese planeta alejado de todo.

            Y muchos otros mundos acabaron y acabarán así, porque cuando una civilización ha alcanzado su culmen y no puede continuar evolucionando, debe morir.

Publicado la semana 25. 21/06/2021
Etiquetas
demonios, exorcismos, religión, mundo sobrenatural, espíritus
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