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Lucía Belvis

CINCO MONEDAS (Parte 2)

            Los días pasaban, y la susodicha evaluación no llegaba. La encapuchada figura seguía viniendo, para darle todo lo que necesitaba, pero ella solo quería saciar su curiosidad. Evadía todas sus preguntas y la callaba dándome de comer. Pero un día su rutina cambió.

            —Ha llegado la hora, Los Ancestros quieren verte.

            No había tiempo para explicaciones. Con la ropa de cama y el cabello hecho un desastre, nuestra chica siguió a su cuidador hasta llegar frente a una puerta muy pequeña, de madera de roble, sin ninguna decoración.

            —Es aquí.

            El misterioso humano, si es que lo era, sacó una llave de su manga izquierda y se agachó para abrir la puerta. Cuando lo hizo, los dos fueron tragados por un torbellino rosado que los arrastró hacia el interior de la habitación.

            En el momento en el que la protagonista abrió los ojos de nuevo, se encontraba en una habitación con tres taburetes de madera. No había nada más que eso, tres taburetes. Las paredes estaban desnudas y la habitación parecía llorar. Justo cuando iba a preguntar dónde estaban Los Ancestros, tres estrellas pequeñas, rojas y muy brillantes aparecieron de la nada.

            —Hola, joven exorcizada. Nosotros somos Los Ancestros, los seres más cercanos al paraíso sin pertenecer verdaderamente a él. Somos la máxima autoridad de esta sociedad.

            Hizo una reverencia, porque no sabía que más hacer ante tales eminencias. Una vez que se irguió de nuevo, habló:

            —Estoy muy honrada de estar vuestra presencia. ¿Querían verme?

            —Directa al grano… no me disgusta…

            —Es un poco terca…

            —Deberíamos abandonarla a su suerte en lo más profundo del bosque.

            Su protector o protectora se interpuso entre ella y las estrellas.

            —Sus excelentísimas, lo que esta chica estaba intentando decir era que nunca se había sentido tan honrada y dichosa de hablar con nadie. Está nerviosa, no todos los días se puede respirar el mismo aire que unos seres como ustedes, ¡unos dioses! Si me permiten la blasfemia. Discúlpenla, o hermosos, temibles y piadosos señores.

            Estos parecieron pensárselo durante unos instantes.

            —Está bien.

            —Solemos causar ese efecto en la gente.

            —Que tenga más cuidado la próxima vez.

            La chica observó con admiración y agradecimiento a lo que ella ya comenzaba a pensar que era su espíritu guardián.

            —Joven, el hecho de que puedas leer el libro es… verdaderamente extraño.

            —Total y extraordinariamente extraño.

            —Horripilante y extrañamente extraño.

            La chica tragó saliva.

            —Eso solo puede significar una cosa.

            —Algo muy raro e interesante.

            —Algo para lo que no estábamos preparados y que nos tiene preocupados sobremanera.

            La figura encapuchada tenía un tic en el dedo índice, estaba claro que no se sentía a gusto.

            —Eres una de nosotros.

            —Tienes el poder del cielo en el cuerpo del infierno.

            —Cuando solo hay sombras a tu alrededor, tú eres un faro conductor.

            La chica negó con la cabeza.

            —No… no es posible. Yo solo soy una persona normal, tiene que haber un error…

            Hubo una especie de estallido de luz y las estrellas se volvieron algo más grandes.

            — ¿¡Insinúas que nosotros, los mayores exponentes de la pureza celestial somos capaces de cometer un error!?

            — ¿¡Te crees con poder suficiente como para desafiarnos!?

            — ¿¡Piensas que eres siquiera digna de llevar la cara descubierta frente a nosotros!?

            Su salvador volvió a interponerse entre ella y los orbes de destructiva luz.

            — ¡Oh temidos dioses terrenales! ¡Oh amados señores de los cielos! ¡Disculpad a esta alma errante que no sabe nada de vuestras sagradas personalidades! ¡Disculpad su cabeza descubierta y su claramente femenina voz! ¡Disculpad que no sea una convertida por completo de momento! ¡Entiendan a este discípulo suyo que solo quería saber su sagrada opinión antes de proporcionarle las sagradas vestimentas!

            Calló al suelo, de rodillas, y alzó las manos al cielo a modo de plegaria:

            — ¡Dadme vuestro permiso, mis señores, para enseñarle todo lo que debe saber y para convertirla en una exorcista de primer nivel que pueda combatir en la guerra que va a desarrollarse cuando el cuarto sol del cuarto milenio caiga!

            Las estrellas parecieron debatir, y el cuarto lloró tanto que las lágrimas crearon un charco tan grande que cubrió hasta los tobillos a nuestra protagonista.

            —Tú siempre nos has sido fiel…

            —Eres muy inteligente.

            —Confiamos en tu juicio joven.

            Después de parpadear un par de veces, las estrellas desaparecieron y una enorme ola echó a nuestra protagonista y su acompañante hacia el exterior de la sala.

 

            Con dificultad y completamente secos, los dos se levantaron.

            — ¿Qué ha pasado ahí dentro?

            Su guardián le indicó con un dedo que guardara silencio y la llevó fuera, al extenso y hermoso jardín.

            —Aquí nadie, incluso los estúpidos ancestros, puede escucharnos.

            — ¿Por qué hablas así de ellos? Pensé que…

            —No, no los respeto en absoluto.

            —Pero…

            —Uso estas ropas y sigo este camino porque, a pesar de que no crea en ellos, sí que creo en los exorcistas. Salvaron a mi familia… le debo la vida a esta hermandad.

            —Entonces…

            —Luego te daré tu uniforme, un compañero te enseñará a esconder tus atributos femeninos y a cambiar tu voz.

            —No lo entiendo…

            —Es complicado.

            — ¿Qué es eso de la guerra?

            —Dentro de poco se van a cumplir cuatro milenios desde que el exorcista más grande de la historia de la humanidad consiguió acabar con el rey demonio, comúnmente llamado Satán.

            — ¿Qué? ¿Satán está muerto?

            —No, los demonios no pueden morir. Solo lo derrotó. Él acabó tan destrozado y debilitado que nos dio cuatro milenios y cuatro días para prepararnos para la revancha.

            —Cuatro mil años y cuatro días…

            —Y ese tiempo, se va a cumplir en dos semanas.

            — ¡No puedes ser!

            —Que te hayamos encontrado no ha sido una casualidad. El demonio que te seguía era un demonio menor, sin importancia, pero el libro que portaba pertenecía al mismísimo Satán.

            — ¿Y cómo lo tenía él?

            —Seguramente, aprovechando el letargo de su señor, lo robó. El caso, es que ahora lo tenemos nosotros, lo que nos da una ventaja astronómica sobre él. En ese libro, se esconde el secreto de cómo derrotarlo para siempre.

            — ¿¡Para siempre!? Pero has dicho que los demonios no pueden morir…

            —No pueden morir, pero sí se pueden sellar y enviar a la dimensión cárcel.

            — ¿Dimensión cárcel?

            —Sí, es un lugar en el que los demonios quedan atrapados de por vida. Es como el infierno para nosotros, los humanos.

            —Bueno… no lo entiendo muy bien… pero me hago una idea.

            El silencio calló grácilmente entre los dos compañeros.

            —Verás… si lo derrotamos y lo enviamos allí, todos los años de sufrimiento de la humanidad desaparecerán. Las guerras, el hambre, la desigualdad… serán problemas del pasado. Todo será mejor, y podremos vivir libremente en nuestro propio paraíso terrenal.

            Tomó la mano de la chica y la condujo de vuelta hacia la casa, de vuelta al cuarto que le había sido asignado.

            —Tienes el uniforme en la cama. Tienes dos opciones, ponértelo y convertirte en una de nosotros o huir. Si te fueses ahora no te culparía, muchos lo han hecho ya.

            Sin pensárselo dos veces, ella cogió el hábito turquesa y dijo:

            —Lo haré, lucharé a vuestro lado, pero, necesito que me ayudes.

            —Tranquila, te enseñaré todo lo que tienes que saber para luchar y defender esta causa divina.

            Haciendo una reverencia, el guardián salió de la habitación.

 

            Las dos semanas pasaron dolorosamente rápido.

            La joven estudiaba día y noche para convertirse en la discípula perfecta y entrenaba bajo la atenta y estricta supervisión de su ángel de la guardia del tono de las aguas más límpidas y engañosas.

            Cuando el sol calló, se dio cuenta de que no estaba lista, de que nunca lo estaría.

            Su eterno compañero sin género no la había preparado para la visión que sus ojos presenciaron.

            Y el suelo se levantó, como si de una picadura infecta se tratase.

            Y el suelo explotó, como si de un corazón rechazado se tratase.

            Y las huestes del inframundo volaron sobre los campos, nublando la visión de la ausente madre luna, cubriendo el suelo con icor y riendo, atrayendo a las llamas purificadoras que todo se llevan.

            Y reptaron entre las flores, haciendo que estas cambiasen su celestial parecer y decidiesen volverse pálidas, virulentas, tóxicas, mordaces.

            — ¡Por aquí!

            Su guardián la tomó del brazo y la condujo hacia el campo de batalla.

            — ¡Vamos a morir!

            Él o ella la agarró por los hombros y la obligó a alzar su mirada hacia su capucha. Le retiró la suya y le dijo, en un tono tranquilo:

            —No vamos a morir, no todavía. No debes morir, hay mucho que aún tienes que aprender, muchas personas a las que salvar… Si perdemos la vida en esta batalla, en la que podría darnos la victoria…

            La joven notó como las manos de esa persona temblaban. Tenía miedo, quizá tanto como ella.

            — ¿Cómo vamos a hacerlo? ¿Qué tengo que hacer?

            —Solo aplicar lo que te hemos enseñado. No me separaré de ti, puedes estar tranquila.

            — ¿Y qué hay de…?

            —De él se encargarán nuestros superiores, son ellos los que han analizado el contenido de tu libro, son los que saben lo que tienen que hacer.

            —Pero, ¿por qué no nos han dicho nada? ¿No deberíamos saber cómo sellarlo todos nosotros? ¿No tendríamos así más posibilidades de ganar?

            —Debemos confiar en ellos y en sus capacidades. Ellos nos necesitan sellando a los demonios menores, así que es justo lo que vamos a hacer, ¿de acuerdo?

            Ella asintió.

            Corrieron entre las huestes del infierno, sufriendo el beso del fuego y bendiciendo lo impuro que se cruzaba en su camino. Pero el mundo era injusto ese día, y decidió que era el momento de matar aquello que no merecía ser asesinado.

            Rojo contra turquesa, cielo contra averno, bien contra mal, acero contra carne.

            El hábito que cae al suelo, manchado de rojo, una flor carmesí que se abre justo donde comenzaría la vida si de una mujer se tratase… pero nunca lo sabremos.

            — ¡NO!

            La única persona que estuvo con ella incondicionalmente durante esas dos semanas calló en sus brazos, sin vida.

            La chica lloraba y lloraba sin consuelo, y el mundo seguía ardiendo a su alrededor, completamente indiferente.

            Iba a levantar su capucha y ver el rostro de esa hermosa persona, pero se convirtió en un enorme diamante entre sus manos.

            Ella lo tomó entre sus manos, confundida, sin saber que estaba pasando. Buscó con la mirada a alguien conocido, pero sabía que nadie la ayudaría.

            Los diamantes cubrían el campo de batalla, y solo siete personas quedaban en pie. Los mejores exorcistas de la hermandad. Aquellos que sellarían a Satán.

Publicado la semana 24. 14/06/2021
Etiquetas
Fantasia Oscura, religión, exorcistas
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