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Lucía Belvis

CINCO MONEDAS (Parte 1)

         Cogió sus cosas y se largó, dejando que las llamas purificasen todo lo que una vez amó.

         No tiene nombre el sentimiento que llenó el cuerpo de la chica, que era frágil e indestructible, como un diente de león.

         Sus enormes faldas la precedían, lanzando destellos argénteos a la cruel deidad de la flamígera noche, desafiando a todo lo que una vez le dijeron que debía ser.

         En su mano solo un libro, en su macuto solo cinco monedas, en su mente, reclusión.

         No sonreía, nunca se permitiría hacerlo a no ser que estuviese al amparo de unas sábanas almidonadas, alejadas de todo resquicio de luz y de toda cruel sombra. Solo realizaría ese vil gesto en sus fantasías más subconscientes y privadas, en los momentos que al segundo habría de olvidar.

         Cinco monedas brillantes, lo único que rescató.

         Nadie sabe cuánto tiempo anduvo al amparo de las estrellas, escondiéndose de todo lo que creía conocer y guardándose de lo que era incierto.

         Caminando y canturreando para sí una antigua canción que el viento le confió, encontró el carromato de unos comerciantes.

         —Pero, ¡chiquilla! ¿Qué te ha pasado? Estás toda cubierta de inmundicias y hollín.

         Ella solo extendió tres de sus monedas y subió al carromato. Acto seguido, abrió su libro y comenzó a leer.

         Evadió todas las preguntas de los comerciantes y siguió leyendo, sin importarle la noche, el eco de las llamas en la distancia de su mente, la vil presencia a su lado y las únicas dos monedas en su macuto.

         Los comerciantes se pusieron en marcha de nuevo, llevándose consigo a la seria muchacha, que hizo un juramento para consigo que no iba a romper en ninguna circunstancia.

         Pasaron los días, y los comerciantes acabaron encariñándose con su silenciosa compañera. Le daban comida gratis e intentaban que ella les dijese algo sobre el lugar del que venía o al que se dirigía, pero ella solo los miraba y les enseñaba su libro, que, en realidad, estaba en blanco.

         El enigma de la joven muda estaba volviendo locos a los mercaderes lentamente, y algunos de ellos intentaron comprobar lo que quería por la fuerza. Todos aquellos que la atacaron, sonriendo, se internaron en el bosque y nunca se los volvió a ver. Todas las monedas de esos mercaderes acababan en el macuto de la joven, pero no porque ellas las robase, sino porque simplemente aparecían ahí, mágicamente, sin ninguna explicación aparente.

         Al principio de la travesía, había unos veinticinco comerciantes, ahora solo quedaban once.

         Tras muchos días de inciertos caminos a través de la espesura, llegaron a un pequeño pueblo, donde ella bajó del carromato, con los ojos llorosos, rezando por los hombres que se habían perdido en el bosque.

         La hostil presencia a su espalda cada vez estaba más cerca de ella, podía sentir su aliento en la nuca y su voz susurrándole que sería la más grande de todas las mujeres.

         Cuarenta y cinco monedas yacían ahora en el macuto de la chica. Muchas veces intentó deshacerse de ellas, pero volvían a aparecer, con extrañas manchas carmesí en ellas, por lo que al final desistió, y aceptó su destino por el momento.

         A medida que caminaba por el pueblo, las miradas de los habitantes la perforaban. Miró sus ropajes y vio lo mugrientos y embarrados que estaban. “Debería vestirme de una forma algo más discreta…”, pensó.

         —No, mi amor, no mereces ropa discreta… si lo que quieres es ropa nueva, yo te compraré la mejor del mercado, con las joyas más brillantes y hermosas. Eres una reina, una emperatriz, una diosa. Solo mereces lo mejor, mi vida. —Susurró la sibilante voz en la retaguardia.

         La joven se estremeció y siguió andando, buscando una tienda de ropa.

         A medida que avanzaba entre la multitud, las personas se giraban y, como movidos por un resorte o por una malvada mano de titiritero comenzaban a perseguirla con su dinero, pidiéndole a gritos que lo cogiera.

         Una vez más, por mucho que tratase de alejarse del dinero, acababa apareciendo en su macuto, con esas extrañas marcas una vez más. Prefirió no mirar atrás, le daba mucho miedo lo que seguramente se hallaba allí.

         Entró en la tienda, haciendo sonar la campana.

         Trescientas noventa monedas eran las que poseía ahora.

         —Vamos, pídele las ropas que le vendería a una reina, seguro que no te hacen justicia, pero debes vestirte propiamente, mi amor. Vamos, sabes que quieres hacerlo.

         Ignorando la voz una vez más, tímidamente, vio un modesto vestido que costaba solo quince monedas. Lo tomó entre sus cansadas y callosas manos y se lo tendió a la dependienta, que era una niña de unos doce o trece años.

         — ¿Es esto lo que vas a llevarte? —Preguntó la chica con su dulce y extrañamente grave voz.

         —Sí.

         —Perfecto, si prefieres llevártelo puesto…

         La niña dejó de hablar un instante, y se quedó mirando la pared que quedaba detrás de la joven. Allí, donde antes estaba la familiar pared de madera vieja, casa de muchos ratones, ahora estaba la silueta de un monstruo horrendo y asqueroso, que la miraba con ojos amenazantes. No, no eran ojos, se dijo la niña, eran dos enormes monedas de un material raro que poseía una enfermiza luminiscencia.

         — ¡Lo siento mucho!

         La niña salió corriendo y abrió a toda prisa una vitrina en la que se encontraba el vestido más enorme y precioso que nuestra protagonista había visto nunca.

         La dependienta se lo dio con mucho cuidado y mucha urgencia a la joven, junto con cincuenta monedas. Acto seguido, la empujó a la parte de atrás, donde le enseñó el cuarto en el que debía cambiarse.

         —Ahora sí, mi reina, ya puedes vestirte.

         Con resignación y miedo, la joven se vistió lentamente, dejando el libro en blanco en el suelo.

         — ¿Cuándo usarás el regalo que te di? ¿Cuándo vas a dejar de leer los secretos del universo y vas a empezar a cambiar el futuro de la humanidad?

         —Está en blanco.

         —Sabes tan bien como yo que no lo está para ti, deja de fingir que no sabes lo que estás llevando.

         —Ella te ha visto.

         —Porque es una niña, los niños siempre pueden verme. Ahora, querida, si no es mucha molestia, me gustaría que salieses a la calle y lucieses esa belleza real que posees con ese hermoso vestido.

         La chica salió de la habitación, a punto de llorar, con el libro entre sus manos y la suciedad aún presente en su cara y brazos.

         —Te ayudaré a limpiarte, espera.

         Intentó parar a la niña, pero fue inútil. Esta la limpió y maquilló como si de una reina se tratase, y luego la echó de la tienda, con las rodillas temblando.

         Los viandantes hacían reverencias a su paso y trataban de ofrecerle sus servicios, pero la joven solo quería una cosa.

         Salió del pueblo, y siguió sus instintos, que la llevaron a encontrar un hermoso río.

         — ¿Qué hacemos aquí, bella mía? Este no es el lugar para una joven tan especial como tú.

         Debía librar al mundo de la maldición que ella poseía. Si seguía así, el espíritu que la acompañaba la haría la mujer más rica y poderosa de la tierra, y entonces, el mundo estaría a su merced. Veía sangre y muerte en cada esquina, y, como ya lo había perdido todo, no le importó perder también aquello a lo que burdamente llaman vida.

         Justo cuando iba a entrar en las turbulentas aguas y dejarse llevar por la corriente, dos figuras encapuchadas y ancianas salieron de la maleza.

—Te encontramos, querida.

Despertó en una habitación perfectamente ordenada y limpia, lo que la sorprendió. Cuando iba a ponerse en pie, una mano cubierta de tatuajes de extraña procedencia y similar significado la empujaron dulce pero firmemente de nuevo hacia la almohada.

—Deberías tumbarte de nuevo, solo para asegurarnos de que no te desmayas o algo, te has sometido a un procedimiento muy peligroso.

— ¿Procedimiento?

—Sí, te hemos exorcizado.

La joven alzó la vista, para encontrarse con una capucha turquesa que cubría el rostro de aquel o aquella que estaba cuidando de ella.

— ¿Qué…?

—Ese demonio que tanto te molestaba, ha vuelto al infierno.

La joven tardó unos segundos en darse cuenta de lo que eso significaba, pero cuando lo entendió, las lágrimas acudieron a sus ojos. Se había ido, los años de tormento habían terminado.

— ¿Quién me ha exorcizado?

—Yo, con la supervisión de mis superiores.

La alegría poseyó el cuerpo de la chica que se levantó de la cama para aterrizar entre los brazos de su salvador, o salvadora. No paraba de llorar y de murmurar unas palabras de agradecimiento eterno.

La persona la apartó, con la misma delicada fuerza de cuando la volvió a recostar en la cama.

—Decansa, joven, lo vas a necesitar.

—Estoy muy agradecida.

Por primera vez en mucho tiempo se permitió sonreír, ese gesto que era un sacrilegio y un pecado tan enorme que, si estuviese en otras circunstancias, una ciudad entera hubiese sido engullida por el fuego.

—Me alegro de que estés feliz.

La figura puso sus manos a su espalda y pronunció las siguientes palabras después de una pequeña pausa.

—Antes de permitir que vayas a cualquier lugar que te plazca, debo pedirte que me entregues el libro que llevas contigo.

— ¿Ese libro? ¿Por qué?

—Contiene en su interior los secretos más oscuros del infierno, y nuestra clave para derrotar a las criaturas que provienen de él, aunque para ti esté en blanco.

—No está en blanco, es solo un libro de poemas macabros. El demonio me dijo que contenía secretos, pero lo único que hay allí son extrañas composiciones en verso.

La figura comenzó a respirar agitadamente.

— ¿Puedes leerlo?

—Sí, pero eso es porque estaba poseída, ¿no?

—Ningún mortal común y corriente puede leer ese libro.

— ¿Qué?

—Señorita, hay una alta probabilidad de que usted sea una de nosotros, me temo que vamos a tener que evaluarla.

Publicado la semana 23. 07/06/2021
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