02
Lucía Belvis

OLIMPO

            - ¿Olimpo? No, no he oído hablar de ese lugar…

            -Es genial, tienes que venir esta noche, de verdad. Vamos a ir todos.

            Los demás asintieron, mirándome con los ojos brillantes, expectantes.

            -Es que no sé, chicos… ya sabéis que no me gustan mucho las fiestas.

            -Venga hombre, anímate. Hay muchos chicos y chicas allí, seguro que ligas.

            -No me interesa ligar…

            - ¡Vamos José! ¡Anímate!

            Todos mis amigos me rodearon y empezaron a rogarme al unísono, al final tuve que acceder a regañadientes.

            -Perfecto, iré a recogerte a tu casa mañana a las nueve. Ah, y tienes que ir con túnica y algo de maquillaje dorado o plateado.

            - ¿Por qué? No tengo esas cosas…

            -Son los requisitos para la fiesta.

            -Esto cada vez me parece más sospechoso, ¿estáis seguros de que no es una secta?

            - ¡No lo es!

            Alcé las manos en gesto de derrota y mi amigo Juan dijo:

            -Yo te dejo una de mis túnicas y Carla podría prestarte el maquillaje, si a ella no le importa.

            -Perfecto.

            Chocaron los cinco y mi destino quedó sellado.

            A la noche siguiente, bajé y vi a mis amigos en el destartalado todoterreno de Miguel, todos vestidos con ridículas túnicas y maquillados de arriba abajo.

            -Cariño, no llegues a casa muy tarde, a las doce como mucho, ¿de acuerdo?

            -Lo mismo estoy antes, no me fio un pelo de esta fiesta…

            - ¡JOSÉ, SUBE! ¡VENGA!

            Mi madre me abrazó y me susurró al oído:

            -Confía en tus amigos, socializa.

            Refunfuñando, entré en el coche, donde Juan y Carla empezaron a transformarme en una réplica de ellos.

            -Estoy ridículo…

            - ¡Deja de ser tan negativo! -Exclamó Miguel mientras daba un volantazo.

            - ¿Dónde está Natalia?

            -Al final no ha podido venir.

            “Genial, la idea fue suya y no viene”, pensé.

            Miguel estuvo conduciendo unos minutos más, hasta que llegamos a las afueras de la ciudad. En un edificio abandonado, se leía en grandes letras de neón “Olimpo, donde puedes ser un dios”.

            -Vaya, esto me da mucha confianza, por supuesto. ¿A quién narices se le ocurre organizar una fiesta en un edificio abandonado a las afueras de la ciudad? ¿Cómo han conseguido la electricidad para hacer funcionar ese enorme letrero? ¿Se la roban al barrio?

            Mis amigos me miraron, con los ojos en blanco.

            -José, deja de quejarte y vamos a divertirnos, que nos hace falta.

            Miguel y Juan me agarraron y comenzaron a conducirme hacia Olimpo, mientras que Carla corría para reservarnos un sitio en la cola.

            Cuando llegamos hasta ella, casi estaba en la entrada.

            - ¿Emocionado?

            -Más bien asustado y medio desnudo.

            -Venga ya, José. No estás medio desnudo, y te hemos repetido un montón de veces que no tienes por qué preocuparte. Es una fiesta muy segura, de verdad.

            Seguía sin fiarme del todo, pero, cuando iba a irme, el segurata abrió la puerta y entramos en un lugar extremadamente amplio (pero que parecía pequeño debido a la gran cantidad de gente que lo ocupaba). El aire estaba viciado y olía alcohol, tabaco y otras sustancias que prefería no reconocer. La música estaba tan alta que apenas podía escuchar mis propios pensamientos. Al fondo de la sala, se levantaba un escenario, sobre el cual se encontraban, sentados en doce ornamentados y ostentosos tronos, doce chicos de nuestra edad. Todos tenían coronas de laurel sobre sus cabezas (se distinguían porque una pantalla como las que usan en los conciertos enfocaba a sus impasibles rostros). Me acerqué a Carla y le dije, lo más alto que pude:

            - ¿¡QUIÉNES SON!?

            - ¡SON LOS DOCE DIOSES, POR SUPUESTO! ¡ZEUS, HERA, POSEIDÓN, AFRODITA, ARES, ATENEA, HERMES, APOLO, ARTEMISA, HEFESTO, DEMÉTER Y HESTIA!

            - ¿¡CUÁLES SON SUS NOMBRES REALES!?

            - ¡NADIE LO SABE!

            - ¿¡QUÉ PAPEL TIENEN EN LA FIESTA!?

            - ¡ELEGIR A UNA PERSONA! ¡NADIE SABE PARA QUÉ LO HACEN, PERO, CADA NOCHE, CADA UNO DE ELLOS ELIGE A UN CHICO O A UNA CHICA! ¡QUÉ SUERTE! ¿¡VERDAD!?

            Me estremecí. ¿Esos críos se creían dioses? ¿Elegir a una persona de la sala? ¿Para qué? Decidí buscar a Miguel y decirle que me iba a casa. Con suerte, conseguiría que me llevara. Cuando recorrí toda la primera planta, sin encontrar a mi amigo, empecé a ponerme nervioso. Le escribí un mensaje, pero sabía que era inútil, con ese ruido, ¿quién iba a enterarse de las notificaciones de su móvil? Me fijé entonces en las escaleras que unían la primera planta con un piso superior. Al ver que había gente arriba, me armé de valor y comencé a subir, decidido a encontrar a Miguel. La segunda planta era un piso igual de ostentoso que el resto del edificio se veía que, en la antigüedad, había sido uno de los lugares más lujosos de la zona. Múltiples habitaciones se encontraban a ambos lados de un ancho pasillo decorado con una alfombra, cuyo color no podía distinguir bien por culpa de la iluminación del lugar. Había un montón de personas besándose en el pasillo, y no quería imaginarme lo que pasaba en las habitaciones.

            - ¡MIGUEL! ¡SOY JOSÉ, ME VOY A CASA! ¡MIGUEL! ¿¡ESTÁS AQUÍ, COLEGA!?

            - ¡VETE DE AQUÍ CHINO DE MIERDA!

            Respiré hondo y me dije a mí mismo: “Recuerda que no tienes por qué enfadarte por lo que los ignorantes te digan. No eres chino, eres español”. Miré al chico que lo acababa de decir y le dediqué la mejor peineta que he hecho en mi vida, pero hubiese quedado mejor si no hubiese salido corriendo después, temeroso de lo que ese chaval pudiese hacerme.

            Seguí buscando a Miguel, Juan y Carla, pero no había ni rastro de ellos. Iba a irme sin avisarles cuando, de repente, las luces se apagaron, y nos quedamos a oscuras. Un silencio sepulcral cubría el edificio. Un foco solitario se encendió, y enfocó a los “dioses”, que estaban de pie. El que se hacía llamar Zeus, tomó un micrófono de no sé dónde y habló.

            -Vamos a seleccionar a los doce jóvenes de hoy.

            Tragué saliva. La muchedumbre me cerró el paso, me era imposible alcanzar la puerta.

            -El primero en elegir seré yo, como siempre.

            El foco empezó a moverse, y se paró en un chico del segundo piso. Un escalofrío me recorrió todo el cuerpo. “¿Dónde narices me he metido?”, me dije. Hicieron su selección también Deméter, Hera, Poseidón, Hades y Hefesto. Y cuando fue el turno de Apolo, el foco se detuvo en una chica. Cuando subió al escenario, me di cuenta de que era Carla, y entonces, cambié la dirección de mi torpe caminar hacia el escenario.

            - ¡CARLA!

            Grité, sabiendo que era inútil. Mientras que avanzaba, me encontré con Miguel, que miraba el escenario pasmado.

            - ¡TENEMOS QUE SACARLA DE AHÍ!

            - ¡VENGA YA, JOSÉ! ¡NO VA APASARLE NADA!

            - ¡MIGUEL! ¡VA A IRSE CON UN COMPLETO DESCONOCIDO!

            - ¡ESTARÁ BIEN! ¡VAMOS A BUSCAR A JUAN Y NOS VAMOS!

            - ¿¡ESTÁS LOCO!? ¿¡ES QUE PIENSAS DEJARLA AQUÍ!?

            - ¡NO PODEMOS HACER NADA MÁS!

            Se encogió de hombros y empezó a avanzar entre la gente. Descubrimos a Juan mirando al escenario, con una mezcla de envidia y estupefacción.

            - ¡JUAN, NOS VAMOS!

            - ¡VALE!

            Miré a mis dos amigos, sin acabar de creerme lo que estaba pasando.

            - ¡TENEMOS QUE LLEVARNOS A CARLA!

            Ellos me miraron, con fastidio.

            - ¡CÁLLATE, QUE NO ENTIENDES NADA! ¡ELLA ESTABA DESEANDO QUE LA ESCOGIESEN, ASÍ QUE NOS VAMOS!

            Miguel empezó a irse, con Juan pisándole los talones. Yo me quedé parado, sin saber qué hacer. Mi amiga parecía contenta, pero me sentía fatal dejándola allí, así que decidí quedarme y esperarla, pero lo haría fuera.

            Pasaron dos, tres horas. Le escribí a mi madre para decirle que hoy me quedaría a dormir en casa de Carla, y ella accedió. Luego se me ocurrió que no tenía ropa para cambiarme, Juan y Miguel se la habían llevado. En estas elucubraciones me encontraba cuando vi salir del edificio a los “dioses”, sin los elegidos. Me acerqué a ellos, muy enfadado, decidido a llamar a la policía si hacía falta para que me devolviesen a mi amiga, pero desaparecieron delante de mis narices. Antes de que pudiese decir una palabra, ya no estaban delante de mí. Abrí y cerré los ojos varias veces, pero seguía sin verlos por ninguna parte. En cuanto a Carla, tampoco la encontré.

            Las semanas que siguieron a esa noche, fueron confusas y dolorosas. Al parecer, los elegidos, habían desaparecido. Sabía que había algo raro en esa fiesta. Mi madre, al enterarse de lo que había pasado, se sintió orgullosa por una parte (ya que me quedé para esperar a mi amiga), pero se asustó muchísimo con el asunto. La policía nos interrogó varias veces a todos mis amigos y a mí. Juan y Miguel estaban destrozados. Se sentían muy culpables por lo ocurrido. Natalia no paraba de llorar y de lamentarse, ya que fue ella la que nos mostró la fiesta a todos (siendo yo el último en ir).

            Pasaron dos meses, y seguíamos sin tener ninguna noticia del paradero de Carla o de los otros elegidos. El edificio había sido registrado en múltiples ocasiones, pero no había nada, hasta el letrero había desaparecido.

            Justo el día en el que iban a cumplirse dos meses y medio de la falta de Carla, yo estaba caminando por los alrededores del edificio, buscando alguna pista que pudiese indicarnos la dirección en la que debíamos encauzar la investigación, cuando la vi. Estaba sentada en el suelo, la mirada dirigida hacia el cielo, la túnica extendida su alrededor. Parecía una diosa. Cuando me acerqué más a ella, con gran alegría, la sonrisa se me quebró en mil pedazos, al ver la sangre que caía por sus mejillas y las cuencas vacías donde antes habían estado sus ojos.

            -José, he visto el cielo-. Dijo.

            Luego volvió a mirar hacia arriba y ensanchó aún más su sonrisa.

            Cuando la llevé al pueblo, la sorpresa y el horror lo cubrieron. Todos los chicos y las chicas que habían desaparecido fueron encontrados en los días posteriores al hallazgo de Carla. Todos decían los mismo, que habían estado en el paraíso. A todos les faltaban los ojos. Si les preguntaban sobre los “dioses”, ellos sólo decían: “Mi señor” o “mi señora”. Los desaparecidos fueron internados en un centro psiquiátrico, pero nadie sabía que era lo que les pasaba o cómo podían tratarlos.

            Ha pasado un año desde este incidente, y yo me he propuesto encontrar a los culpables de la pérdida de mi amiga, que se encuentra ahora mismo frente a mí, dándome las respuestas de siempre.

            -Necesito que me digas algo de utilidad, Carla. Entiéndeme, quiero ayudarte.

            -Era tan bonito…

            -Carla, vuelve conmigo, por favor. Te echo de menos, todos nosotros lo hacemos. Vuelve, Carla, sonríeme como lo hacías. Ayúdame a comprender lo que te pasó. Quiero que esas personas paguen.

            Ella giró la cabeza y, por primera vez en un año, se echó a temblar.

            -Miedo.

            - ¿Miedo? ¿De qué, Carla? ¿Has recordado algo? Habla, por favor…

            -Daño.

            -Sí, sé que te hicieron daño…

            -A ti. Mueres.

            ¿Yo? No estoy herido. ¿Por qué dice que muero?

            - ¿A qué te refieres, Carla? ¿Qué pasa?

            -José, no vayas al edificio. Mueres. Ellos están esperándote. Miedo. Daño… infierno disfrazado de paraíso.

            Acaba de sacudir la cabeza. Está sonriendo de esa forma enfermiza y antinatural. La sonrisa de una persona que ha perdido el juicio. Sólo ahora me doy cuenta de que nunca recuperaré a Carla. A la dulce y divertida Carla.

            Ha dicho que están en el edificio… así que iré. Por mucho miedo que tenga, debo averiguar lo que le hicieron.

            Ahora mismo me encuentro a las puertas del edificio. Corto la cinta policial para poder acceder al interior, y allí los veo. Están sentados en sus tronos, como aquella noche. Me observan con ojo clínico, una sonrisa de superioridad corona sus rostros. Zeus se levanta y abre los brazos en mi dirección.

            -Ojalá te hubiese visto esa noche. No se ve a un chico con rasgos asiáticos y ojos claros todos los días.

            - ¿Qué le hicisteis a Carla y los demás? ¡Les habéis destrozado la vida!

            -Eso no es así-. Dice él mientras se baja del escenario y empieza a avanzar hacia mí con los brazos cruzados.

            Los demás también se ponen en pie.

            - ¡No te acerques!

            -Hablar desde la distancia es muy tedioso, prefiero conversar contigo cara a cara, y ver esos interesantes ojos tuyos más de cerca.

            Está avanzando, llega justo frente a mí. Alzo la barbilla, para parecer un poco más alto delante de él (que me sobrepasa por unos cinco centímetros).

            -Realmente preciosos…

            - ¿También te lo parecieron los de Carla?

            Él se echa a reír.

            -Ver a una chica rubia con los ojos azules es más usual, Apolo es el que suele tener esos gustos tan vulgares. Yo prefiero… buscar ojos raros, extravagantes… que pueda recordar durante toda mi existencia.

            -Estás loco.

            -Yo prefiero definirme como un visionario.

            - ¿Qué le hiciste?

            Alza una mano hacia mí y roza mi mentón con los dedos. Tras este breve contacto, no puedo moverme, estoy clavado en el sitio. Sólo mis ojos tienen libertad de movimientos.

            -Eres muy hermoso… ¿de verdad quieres saber lo que le ocurrió a tu amiga?

            Los demás se ríen, divertidos de verme entre las garras de su jefe. Vine aquí muy confiadamente, creyendo que sería capaz de vencer a doce personas que ya me habían demostrado no ser del todo normales. Y pensaba que podría ganar…

            -Está bien, no me lo pidas tantas veces. Si tanto lo deseas, lo haré.

            Levanta su índice y lo posa sobre mi frente. Ahora lo entiendo todo. El sentido de la vida, el porqué de la muerte, a dónde se dirigen las almas después de que dejan la corteza que es el cuerpo, qué son ellos, cómo se extinguirá la raza humana, cómo surgió de verdad, el porqué del universo…

            Es tan bello que… mis ojos no quieren volver a ver nada más en toda mi vida. Entonces viene el dolor. Veo el infierno. No el averno como todos se han imaginado que es, el real. El fuego quema mis entrañas, el hielo cierra mis heridas y las hace aún más terribles. La piedra recubre mis extremidades mientras que las plantas atenazan mi garganta y me impiden respirar. Entonces veo a Satán. Es… indescriptible. No sabría decir si es un hombre o una mujer, es algo más allá del género o la humanidad. Un ser creado a partir de la sangre, el dolor y el odio. Se acerca a mí y me besa, arrebatándome el alma, mi esencia.

            Dolor. Miedo. He visto el cielo. Sonrío. Es tan bello.

Publicado la semana 2. 11/01/2021
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Dioses griegos, Relatos policíacos , Junto al Fuego, En algún lugar frío
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