19
Lucía Belvis

TRAVESÍA

            Y la travesía comenzó, con esa extraña mujer dando órdenes a diestro y siniestro con su grave y autoritaria voz.

            El viento azotaba su pelo, que se arremolinaba a su alrededor, creando la ilusión de que estaba flotando en el aire, muy por encima de todos nosotros.

            La llamaban “La capitana”. Nadie sabía su verdadero nombre, ni conocía su pasado.

            — ¡Tú! ¡La que está ahí parada sin hacer nada! ¡Ven aquí!

            Tragué saliva y acudí a su llamada, con el viento tronando en mis oídos, tratando de tirarme al embravecido mar.

            — ¡¿Por qué no te conozco?!

            —No formo parte de la tripulación, señora. Soy una viajera que…

            — ¿Te has colado en mi barco?

            —Un chico de la tripulación me dijo que podía subir a bordo siempre y cuando pagase el pasaje…

            Ella me miró con sus verdes ojos, que estaban muy enfadados, pero presentí que no conmigo.

            — ¡TRAED A BIEL AQUÍ AHORA MISMO!

            El chico que me había cobrado el pasaje se presentó ante nosotras, con su sonrisa de ángel y sus ojos inocentes.

            —Biel…—

            El tono de La capitana era gélido.

            —Dígame, señora. ¿Qué necesita?

            —Devuélvele el dinero a esta viajera ahora mismo.

            —No sé de qué me hablas, yo no la conozco. ¿Quién la habrá traído? Esta es una travesía muy peligrosa, nosotros nunca aceptamos que los viajeros vengan con nosotros cuando vamos a investigar…

            El joven parecía inocente, pero me dolió que no se acordara de mí.

            — ¡Biel! ¡No volveré a repetirlo más! ¡Devuélvelo!

            El joven borró de su rostro su sonrisa de ángel, y en su lugar, puso una mueca divertida que transformó su rostro por completo.

            —De acuerdo. Ya voy, señora.

            Hizo una reverencia burlona y me devolvió mi dinero, con algunas de mis cosas. Ni siquiera me había dado cuenta de que habían desaparecido.

            —No diré que lo siento, fue divertido.

            —Desaparece, Biel.

            Él me guiñó el ojo y le lanzó un beso a La capitana. Después, bajó a la cubierta para seguir ayudando a sus compañeros a capear (intentar que no nos hundiésemos en la profundidad del mar por culpa de la tormenta).

            —Siento mucho que te engañara, le gusta mucho causar problemas.

            —Entonces, ¿por qué lo mantienes en tu tripulación?

            —Porque es extremadamente inteligente, y un cartógrafo de primera categoría.

            Volví la vista hacia donde los muchachos de La capitana se lo pasaban en grande mientras que las olas intentaban que nos convirtiésemos en pasto para peces.

            —Por desgracia, no voy a poder impedir que vengas con nosotros, no vamos a volver a pasar por un puerto.

            —Pero, entonces, ¿cómo os abasteceréis de comida suficiente?

            —Gracias a Biel, y a Rida.

            — ¿Rida?

            —Sí, la chica que está en la cola ahora mismo.

            — ¿Cola?

            —Esa plataforma en el palo mayor, es la vigía.

            Alcé la vista y vi a una chica subida al palo mayor, pero mucho más arriba de su puesto, agarrada a un cabo. Estaba gritando algo mientras se reía.

            — ¿Qué está diciendo?

            —Ahora mismo, no hay manera de saberlo. Si fuese algo importante, ya hubiese bajado.

            La capitana sonrió, mirando a su tripulación con orgullo.

            —Y… ¿hacia dónde estáis yendo?

            —Buena pregunta, querida.

            — ¿No sabéis a dónde os dirigís?

            Ella sonrió temerariamente.

            — ¿Es que no has oído hablar de nosotros?

            —Lo único que he escuchado es que sois muy temidos por los otros piratas, que ayudáis al país y que habéis derrotado a un kraken.

            —Todo eso es cierto, pero has olvidado un factor muy importante, quizá el más característico de mis muchachos.

            — ¿Cuál?

            —Nosotros nunca decidimos a dónde vamos, simplemente nos hacemos a la mar. Confiamos en la capacidad de Biel para leer y crear mapas, en los ojos de Rida y en la habilidad de los hermanos Oddeye.

            — ¿Los hermanos Oddeye?

            —Son aquellos, los dos que están bebiendo en esa esquina.

            Un chico y una chica, los dos muy musculosos y despeinados, se pasaban una botella de ron mientras que cantaban. Los que estaban trabajando se quejaban de su holgazanería, pero a ellos les daba igual.

            —Son un poco…

            —Todos mis muchachos son peculiares.

            Volví a mirar a La capitana, que tenía sus embrujados ojos puestos en mí con intensidad.

            — ¿Cuál es tu habilidad, viajera? Si tienes una.

            —Bueno, la verdad es que yo solo soy una triste mensajera que debía ir al este.

            — ¿Mensajera?

            —Del emperador de las lejanas tierras del norte. Estaba llevando una declaración de guerra.

            — ¿Estás orgullosa?

            — ¿Eh?

            —Que si estás orgullosa del papel que te había tocado.

            Bajé la mirada, avergonzada.

            —Ya veo.

            — ¿No vas a preguntarme mi nombre?

            —Tal vez sea un secreto, no suelo interesarme por la vida privada de otras personas. Un nombre es un tesoro que debería ser guardado con recelo.

            —Yo no lo veo así.

            —Bueno, cada uno tiene sus manías.

            Hubo un pequeño silencio.

            —Entonces, ¿no sabes hacer nada?

            —Fui entrenada para ser rápida, pero eso es todo.  

            La capitana se quedó pensando.

            —Bueno, espero que sobrevivas. Bienvenida a la tripulación, viajera, ahora baja a ayudar a mis muchachos si no quieres que tu existencia acabe hoy.

            Salió corriendo a ayudar al hombre que estaba al timón, cuya boca sostenía un cigarro que, a pesar del tiempo, estaba encendido.

            Bajé a ayudar, tal y como me había ordenado La capitana, y encontré a Biel haciéndome señas con la mano, para que fuese a ayudarlo.

            —Hola, viajera.

            No lo saludé.

            — ¡Anda! ¡Pero si se ha enfadado!

            —Y tanto, me has obligado a embarcarme en una travesía muy peligrosa.

            —Tú querías subir.

            — ¡Porque me dijiste que el barco iba hacia el este!

            —Vamos hacia el este, pero no hacia el este al que tú ibas.

            — ¿Qué?

            —Da igual, sujeta este cabo con fuerza mientras yo intento…

            El resto de sus palabras se las llevó el viento, y dejó el cabo en mis manos. El viento intentaba tirarme del barco, yo apenas tenía fuerza para sujetar la gruesa cuerda, y, si la hermana Oddeye no hubiese venido a ayudarme, la hubiese soltado.

            —Te ayudo, novata.

            Cuando Biel volvió, se burló de mí, pero luego cogió el cabo y volvió a sonreírme angelicalmente.

            La tormenta pasó, y una calma antinatural después de la furia de las gotas de lluvia nos rodeó.

             — ¿Cuáles son los daños?

            — ¡Un pequeño agujero, ya estamos trabajando en ello!

            — ¿Qué más?

            — ¡Toda la comida está por el suelo, empapada!

            —Ya veo…

            — ¡No pasa nada, chicos, veo una isla allá a lo lejos!

            Intenté ver la isla, pero no era capaz de localizarla.

            —No intentes buscarla, Rida tiene unos ojos sobrehumanos. Podrás verla cuando estemos cerca, pero, de momento, ella es la única que puede divisarla.

            Me giré en redondo, y me encontré con el timonel, con su cigarro encendido todavía.          

            —Me gustaría poseer sus ojos.

            — ¡Venga ya, Lot, tienes buena vista! —exclamó alguien.

            —Ya, pero no tengo la suya.

            Los piratas rieron a carcajadas.

            — ¡Lot! ¡A tu puesto!

            —Disculpe, señora, quería ver de cerca a mi nueva subordinada.

            — ¿La capitana no era ella?

            —No, lo soy yo.

            Miré a la mujer, extrañada.

            —Déjalo, que piense lo que quiera. Nos conviene tenerlo contento.

            Lot volvió a su puesto tras el timón, entre las risas de sus compañeros.

            Cuando por fin pude vislumbrar la isla, vi como todos los piratas se volvían locos. Cantaban, bailaban, se subían a los mástiles. Solo era un trozo de tierra en mitad del mar, pero para ellos, parecía que era lo mejor del mundo.

            Me contagié de su entusiasmo, y decidí unirme a la fiesta, que terminó tan repentinamente como comenzó. Al momento, todos estaban haciendo los preparativos para atracar.

            Cuando llegamos a tierra, desembarcamos todos menos Rida y el hermano Oddeye, que se quedaron para proteger el barco.

            — ¿No son muy pocos? Si les atacan muchos enemigos a la vez…

            —No, son la mejor pareja de combate que tenemos. Ellos dos derrotaron una vez a una tripulación entera, mientras nosotros nos tomábamos un estofado.

            — ¿Dejaste que dos de tus hombres se enfrentasen solos a una tripulación entera mientras el resto cenabais?

            —No les hubiese dejado si supiese que no eran capaces. Personalmente, yo hubiese podido derrotarlos completamente sola.

            Algo en el tono de su voz me indicó que no mentía, que era perfectamente capaz. Tragué saliva, y seguí andando.

            La isla era extraña, estaba inundada en muchos puntos, por lo que tuvimos que nadar incontables veces para llegar al siguiente trozo de ciénaga.

            Biel sonreía, pero no era la sonrisa angelical que me había dedicado antes, sino la sonrisa oscura y codiciosa, esa que le hacía parecer el amo del mundo.

            —Señora, amo este ambiente.

            — ¿Por qué, Biel?

            — ¿Es que no puede sentirlo? —preguntó Lot dando una larga calada a su cigarro, que, por cierto, parecía no acabarse nunca.

            —Sí, por supuesto que lo siento, pero quiero saber por qué a alguien le gustaría el fragor de la batalla. Tengo curiosidad.

            — ¿Batalla?

            —Sí, novata, el aire huele a sangre… y a oportunidades.

            La capitana se echó a reír ante la ocurrencia de Biel.

            — ¿Oportunidades?

            —Por supuesto, de tomar sus pertenencias como mías.

            —Eres de lo que no hay, Biel.

            —Por eso existo, para enseñarles a los demás que soy todo lo que les falta.

            —O quizá para enseñarles cómo no deberían ser— dije.

            Biel se echó a reír, y justo cuando paró, cogió en el aire una flecha que iba directa a su cabeza.

            Mi grito rompió el silencio de la isla.

            — ¡Por fin! — gritó Biel.

            Lot dio otra calada a su cigarro y dijo:

            —De verdad, me encantaría parar flechas en el aire.

            —Pues entrena— contestó La capitana.

            Sacó una espada larga de su espalda y la clavó en el suelo, sus ojos clavados en la espesura.

            Varias personas salieron de lo más profundo de la ciénaga, y comenzaron a atacarnos.

            — ¡Novata, no te apartes de mí! — exclamó La capitana.

            Me acerqué a ella y me dio una daga.

            —Defiéndete.

            En el fragor de la batalla, vi cómo Lot apenas se movía, pero tenía un gran número de enemigos a sus pies, incluso los estaba amontonando para subirse encima.

            La risa de Biel se extendía como el humo mientras que lanzaba puñetazos y rocas con su honda a su alrededor. Cuando hacía caer a un enemigo, buscaba en sus ropas cualquier cosa de valor que pudiese servirle para algo. Ese chico era un caso perdido.

            La hermana Oddeye se había subido a lo más alto de un árbol y estaba abatiendo enemigos con una ballesta, ¡que se cargaba sola!

            Lo más extraño era que La capitana no estaba moviéndose en absoluto. Los enemigos no podían acercarse a ella por alguna extraña razón. Sus ojos se volvían del mismo color que los suyos, y se sentaban en el suelo, murmurando algo incomprensible.

            En cuestión de minutos, todos los enemigos yacían en el suelo, siendo ultrajados por Biel, que no podía parar de reír.

            — ¡Señora! ¡He conseguido un montón de cosas!

            — ¡Eso no te pertenece! —exclamé.

            —Si actúas como si todo te perteneciese, todo será tuyo.   

            Me guiñó un ojo y se guardó los objetos robados en su bolsa.

            —Eso no es cierto, porque yo quiero ser tan poderoso como la señora y mírame.

            Lot volvió a dar otra larga calada mientras que observaba a La capitana.

            —Ya te lo he dicho mil veces, Lot, tu propio poder es increíble, pero debes entrenar para que crezca.

            Él refunfuñó algo y continuó fumando con la mirada perdida.

            — ¿Poder?

            —Sí.

            — ¿Nadie va a explicarme nada?

            — ¿Hay algo que explicar? —preguntó Biel con cara de inocente.

            —Por supuesto. El cigarro de Lot nunca se acaba, la ballesta de Oddeye se carga sola y La capitana paraba a las personas con solo mirarlas. ¿Qué está pasando?

            Biel se echó a reír, mientras que Lot me miraba como si estuviese loca. Oddeye clavó sus ojos en mí, y La capitana sonrió.

            —No somos normales, querida.

            —Eso ya he podido comprobarlo.

            La tripulación de la extraña mujer se echó a reír.

            —No nos llaman los renegados por nada.

            — ¿Renegados?

            —Aquellos a los que la sociedad da la espalda, esos somos nosotros, unos monstruos con habilidades fuera de toda comprensión, a los que sus familias han arrojado al mundo por miedo a salir heridos.

            Biel miró sus zapatos, avergonzado.

            —Esto quiere decir…

            —Sí, querida, no somos humanos.

            Tras decir esto, La capitana sonrió y se acercó a mí.

            —Ya encontraremos tu talento, jovencita, porque si Biel decidió que te unieses a nosotros en esta travesía significa que vio algo especial en ti, y, créeme, es un experto en eso.

            Biel me sacó la lengua.

            —Deberíamos volver, volverá a haber una tormenta pronto.

            —Tienes razón, Lot, debemos volver.

            —Pero ¿y la comida?

            —Try, ya sabes lo que tienes que hacer.

            Un chico gordo de cara amable sonrió y se relamió. Juntó sus manos y se acercó al árbol más cercano, en el que se abrió una grieta. De ella, comenzaron a salir toda clase de manjares.

            — ¡¿Qué?!

            — ¡Bienvenida a la tripulación de La capitana, alias la señora! —exclamó Oddeye mientras que agarraba la primera botella de ron que se escapó de la grieta.

            Cuando recogimos los manjares, volvimos al barco, que estaba rodeado de enemigos derrotados.

            —Te dije que podrían solos.

            Subimos al barco, donde todos empezaron a hacer los preparativos para volver a partir. Lot se puso al timón, Rida subió a la cola, los hermanos Oddeye se apostaron en los cañones y Biel se echó una siesta. La capitana ladraba órdenes, y justo cuando abandonamos la isla, otra tormenta comenzó a azotar el barco, mientras que la excitación de la tripulación aumentaba, yo no podía parar de sonreír, en el fondo, el mar era muy divertido.

Publicado la semana 19. 10/05/2021
Etiquetas
piratas del caribe , Fantasía, piratas, aventuras, poderes sobrenaturales
Compartir Facebook Twitter
Género
Relato
Año
I
Semana
19
Ranking
1 552 0