17
Lucía Belvis

LA FAMILIA

            —Pero no quiero ir a casa de la yaya otra vez…

            —Lo sé, Jorge, pero se siente muy sola después de la muerte del abuelo, y…

            —Y una porra, esa mujer no se siente sola, no es capaz de sentir nada más que odio por los demás…

            — ¡Jorge!

            — ¿Qué? Dices que es una buena mujer, pero siempre está criticándonos, le da igual nuestro bienestar y…

            — ¡No voy a permitirte que sigas hablando así de mi madre, jovencito!

            —Cariño, es normal que se sienta un poco… intimidado, por tu madre… por cierto, necesito unos zapatos nuevos, estos ya no están de moda.

            —Y tú solo quieres sacarle el dinero a papá…

            — ¡Jorge! ¿Ahora también vas a hablar mal de tu madre?

            —Ojalá no…

            — ¡No pronuncies esas palabras!

            Y entonces me callé. No por miedo a las consecuencias, sino por respeto al bueno de mi padre. Ya había sido suficiente para él perder al abuelo dos semanas atrás misteriosamente como para que yo siguiese molestándole con tonterías.

            El trayecto en coche fue silencioso, ya que ni yo ni mi madre queríamos ir a visitar a esa odiosa señora, que se había casado con uno de los hombres más buenos del mundo, mi abuelo Keiji. Era de origen japonés, y su vida era un misterio, pero su buen carácter y su graciosa forma de hablar en español te robaban el corazón. Lamentaba mucho que ya no estuviese con nosotros…

            Mi padre lo adoraba, no sabía cómo iba a sobrevivir sin él. Estaba comiendo muy poco, y apenas dormía. Pasaba las noches sentado en el sillón, con los ojos llorosos, hablando con él… o con su recuerdo. Era descorazonador.

            Llegamos a la casa, y casi rehago todo el camino andando con tal de no ver los grises ojos de esa mujer demonio, pero una vez más, respiré hondo, y entré.

            — ¡Como me llenéis la casa de porquería os vais a cagar! ¡Que luego tengo que limpiar! ¡Los zapatos en la entrada! ¡Os sentáis en el sofá y en el sillón, pasada la ventana, no vaya a ser que me peguéis algo!

            — ¡Hola, mamá!

            — ¡Niño, ya estás viniendo! ¿Traes a esa chupasangre que tienes por esposa y a ese flojo al que llamas tu hijo?

            — ¡Sí mamá, Lidia y Jorge están conmigo!

            — ¡Y lo hemos oído! —exclamó mi madre, ligeramente molesta.

            — ¡Pues mejor! ¡Así sabes lo que pienso de ti! ¡Tacaña! ¡Gorrona! ¡Interesada!

            Entre todos estos insultos, nos sentamos donde la anciana nos había indicado.

            Ella estaba sentada en su silla de mimbre. A sus noventa y cuatro años, tenía el genio de un adolescente. Su blanco y ralo cabello apenas llegaba a los hombros. Sus pequeños ojos, acosados por los ríos de la vejez nos escudriñaban con desaprobación. Eran grises y brillantes como un plateado rallo de luna, y unas pobladas pestañas los cubrían. Sus casi inexistentes cejas estaban eternamente fruncidas.

            La boca de esta malhumorada señora se encontraba curvada hacia abajo, esperando a que alguien respirase para poder maldecir cada partícula de dióxido de carbono que expulsase. Su cuello estaba cansado por tantos años de mirar por encima del hombro, yacía dormido, creando una joroba en la espalda de la irrespetable mujer.

            Tenía unas manos que mostraban numerosas arrugas, con unas uñas cortas y amarillentas. Habían visto muchas cosas, y hecho otras tantas. No todas eran acciones de las que sentirse orgullosa.

            —Mamá, abre las cortinas, esto está muy…

            — ¡Si la abres te mato! ¡Que me molesta la luz! ¿No ves que ya estoy ciega niño?

            —Perdón, mamá.

            —Nieto, ¿y tus notas?

            —Mamá, ha sacado un notable…

            — ¡Por fin haces algo productivo con tu vida!

            —Solo un notable, mamá…

            — ¿Y las otras notas?

            —Bueno… suficientes…

            Echo una mirada asesina a mi padre.

            — ¡Si es que no puede ser que seas mi nieto! ¡Como se nota que has salido al bobo de tu padre!

            — ¿Y a quién salí yo, mamá?

            — ¡Y yo que sé! ¡Por que tu padre era bien listo!

            Refunfuñó algo más, pero no llegué a oírla.

            —Que calor hace…—susurré.

            — ¡Pues te aguantas! ¡Que hay que ahorrar!

            Silencio.

            —Mamá, ¿te has desecho ya de las cosas de papá? Es que quiero ver si hay algo que…

            — ¡No! ¡No me he desecho de ellas! ¡Sabía que querrías algo, pequeña sanguijuela!

            Mi padre iba a acercarse a su madre, pero ella lo detuvo.

            — ¡Que me vas a pegar algo!

            —Pero ¡qué te pasa, mamá! ¡Desde que nació Jorge estás rarísima! ¿A qué viene este mal humor?

            — ¡A que te casaste con esa arpía más tonta que una piedra!

            — ¡Mamá!

            — ¡Qué! ¡Sabes que es verdad!

            A mi madre le tembló el labio.

            —Yo no soy…

            — ¡Cállate niña, que cuento tu secreto!

            — ¿Qué secreto?

            — ¡No te hagas la santa, mosquita muerta! ¡Que mi marido y yo lo descubrimos todo!

            — ¿Papá y tú?

            —Señora, yo no…

            Saqué mi móvil y le escribí a mi mejor amiga: ayuda, la psicópata de mi yaya me tiene secuestrado.

            — ¡Deja el móvil que te corto la mano! ¡Es más, apagad los móviles! ¡Habéis venido a verme a mí!

            Mi padre me miró, suplicante, así que tuve que hacerlo.

            —Mamá… estoy harto. ¿Por qué eres así? Tú antes…

            —La edad agria el carácter.

            — ¿Hasta tal punto que ya no puedas soportar abrazarme siquiera?

            Mi yaya giró la cabeza, con desdén.

            —Mamá, no te dije nada antes porque estaba papá, y no quería que se enfadase contigo, pero esto ya no puede seguir así. ¿Por qué nos desprecias? ¡Somos tu familia! ¿Dónde está la mujer cariñosa que conocí?

            Mi padre la miraba, suplicante. A sus cuarenta y cinco años, sus ojos se habían vuelto bastante más pequeños, haciendo aún más evidente su ascendencia asiática. Su negro cabello le caía sobre los almendrados ojos, del color de un árbol joven. Comencé a ver canas en su pelo y arrugas en su rostro, recordatorios de que su bondad no me acompañaría para siempre.

            Mi madre tenía una mano sobre su hombro. Las uñas siempre pintadas de rojo, del mismo tono vibrante con el que coloreaba sus carnosos labios. Su castaño cabello estaba recogido en un prieto moño atado en su nuca, mostrando su delicado cuello de cisne. Sus azules ojos buscaban los míos.

            —Tengo que ser así, no quiero que pase algo.

            — ¿Pero qué dices, mamá?

            —No sabes nada, hijo, mejor que te calles ahora, no me hagas hablar, que mi plan está funcionando a la perfección.

            — ¿Qué plan? ¿Qué pasa?

            —Hijo, te he dicho que no me hagas hablar…

            — ¿¡Qué le pasó a papá!?

            Mi padre se puso en pie, y mi yaya lo hizo también.

            —Cariño…—

            Esa palabra sonaba tan extraña en sus arrugados labios que palidecí.

            —Tu padre… bueno… digamos que tuvo un accidente.

            —Mamá, no me lo creo. No me creo lo que dice el forense… no cuadra… me parece todo tan raro. Y no sé nada de vuestras vidas, verdaderamente. De vuestra historia…

            —Sí sabes de nuestras vidas, conoces a tus tíos y…

            —Mamá, sabes a lo que me refiero. Sois un misterio. Siempre con evasivas, siempre viviendo el ahora, sin rememorar el pasado…

            —No hace falta…

            —Mamá, dime la verdad. ¿Qué es lo que guardabais en ese cajón? ¿Por qué papá se ponía nervioso en las grandes multitudes? ¿Qué le pasó a él? ¿Por qué tuvimos que mudarnos durante tres años?

            Mi yaya le sostuvo la mirada a su hijo durante unos minutos, pero al final, cedió, y sus grises ojos cambiaron por completo.

            —Por lo que más quieras, no te acerques a la ventana, Kuta.

            —Pero por qué…

            —No sé si me están vigilando, podrían tener francotiradores.

            Me levanté del sillón al instante, mientras que mi padre se volvía a sentar, aterrorizado.

            — ¿Qué dices, yaya? Estás loca…

            —Jorge, esto es serio. No estoy loca. Tu abuelo y yo hemos conocido a personas muy peligrosas. No te acerques a la ventana. No abras las cortinas porque podrán ver el interior de la casa. No abras las ventanas o les será aún más fácil encontrarte. No enciendas las luces o te descubrirán—recitó de memoria, como si fuese un mantra.

            —Vamos a ver, que yo me aclare… ¿me estás diciendo que eres una especie de mafiosa?

            — ¡No me compares con esas ruines sanguijuelas destroza vidas!

            Mi yaya estaba llorando. Las lágrimas viajaban por sus arrugas, humedeciendo su anciano y apergaminado rostro.

            —Te dije que no vinieras Kuta. Cuando Jorge nació, te pedí expresamente que rompieses tu relación con nosotros. Tu padre era demasiado blando y optimista como para ver el verdadero peligro que nos acechaba, ¡y mira cómo acabó!

            —Mamá… ¿qué intentas decirme?

            —Cuanto menos sepas mejor, cariño. Ya os he puesto demasiado en peligro abriéndoos egoístamente las puertas de mi casa cada vez que veníais. He intentado que me odiaseis por todos los medios, ¡que no soportaseis mi presencia! ¡He sido una verdadera bruja con vosotros! Pero seguíais viniendo… y cada vez que te veía, mi niño, a ti a mi nieto… más incapaz era de alejaros… lo mismo le pasaba a tu padre.

            —Quieres decir… que a papá…

            —Sí, Kuta. Tristemente, sí.

            — ¿Al abuelo lo asesinaron?

            Los ojos de mi yaya nunca estuvieron tan tristes.

            —Sí, Jorge. A mi amado Keiji lo mataron.

            El mundo se volvió silencioso y monocromático. ¿En qué extraños negocios había estado metida mi yaya?

            —Necesito una explicación…

            —Kuta, yo…

            —Me lo debes, mamá.

            Mi yaya se levantó de la silla de mimbre, se acercó a una cómoda que se encontraba justo en frente, y tomó la única fotografía que había en la habitación. Sabía de memoria el momento que había quedado retratado en esa imagen. En ella, se veía a mi abuelo y a ella, sonrientes, vestidos con ropas tradicionales japonesas, en lo que parecía ser un festival. Recuerdos de momentos más felices, quizá.

            Una lágrima calló por su mejilla.

            —Tienes razón, hijo. Te lo debo, por todos estos años de palabras hirientes. Lo siento mucho, Jorge. No eres una decepción, cariño. Te quiero más que a nada. Eres un chico super especial, con la misma bondad y luz que tu padre. Estoy muy orgullosa de ti.

            — ¿Y qué hay de mí? —preguntó mi madre.

            —Tú le pones los cuernos a mi hijo desde siempre, no tengo que pedirte perdón.

            — ¡Lidia! ¿Es eso cierto?

            — ¡Sabía que engañabas a papá con tu maestro de zumba!

            Todos me miraron.

            — ¡Jorge!

            — ¡Reconoce que pasaba MUCHO tiempo con él! Empezaba a ser raro…

            — ¡Solo somos amigos!

            —Keiji y yo tenemos pruebas… por cierto, Jorge, grandes dotes deductivas, pero en verdad, ese hombre no es su profesor de zumba, ¡si no un compañero de universidad de tu padre!

            — ¿Qué? —pregunté, pasmado.

            — ¿Me engañas con Manuel?

            — ¡Tu madre está loca!

            — ¡No estoy loca!

            Mi yaya sacó un sobre de debajo del sillón y nos lo hizo llegar deslizándolo por el suelo.

            Mi padre lo cogió y lo abrió. Dentro, se encontraban las pruebas de que mi madre le había estado siendo infiel todos estos años.

            Él no lloró, no pidió explicaciones. No se enfadó ni la miró mal. Sonrió y volvió a sentarse, pero esta vez, bastante alejado de mi madre, que había comenzado a llorar.

            —Hablaremos más tarde, Lidia.

            Ella emitió un sollozo ininteligible y salió corriendo. No oímos el coche, así que se fue andando o en taxi a casa.

            —Lo siento mucho, Kuta. Lo descubrimos unas semanas antes de que tu padre… la vimos con ese hombre entrando en un motel y…

            — ¿Qué hacías en un motel, yaya?

            —Ese no es el caso, jovenzuelo.

            —No quiero saberlo, mamá. Gracias por habérmelo contado. Ahora quiero saber tu historia.

            —Hijo, yo…

            —Mamá, lo necesito…

            —No es una historia para niños…

            — ¡Yo soy un adolescente!

            —Eres un crío a mis ojos.

            Ella miró la foto una vez más, enjugándose una solitaria lágrima. Estaría recordando a mi abuelo y toda su bondad.

            — ¿Estás seguro, Kuta?

            —Sí, mamá.

            —No estoy orgullosa de muchas cosas que he hecho, hijo, he matado. Por contarte esto, podrían asesinarme, y asesinaros a vosotros también… es más, nada más que termine de contaros esto, deberíais hablar con una persona de mi completa confianza… cuando vayáis a iros, os diré su nombre y dónde encontrarlo.

            —Mamá…

            —Toda precaución es poca.

            En ese momento, la yaya respiró hondo, y acto seguido, comenzó a contarnos la historia de su vida, y yo dejé de odiarla y comencé a entender el porqué de su rabia y su dolor.

           

            “Bien, empezaré por el principio. Yo soy española, es decir, sí que nací y estudié aquí, pero siempre tuve ganas de más. Un apetito insaciable de justicia.

            Cuando terminé la carrera, el mundo me parecía un lugar tenebroso y peligroso, un sitio horrible, podrido, que había que curar. Cuál fue mi sorpresa cuando encontré una organización (de la que no puedo decir el nombre), que me acogió en su seno y me dio la esperanza de hacer de este mundo un lugar mejor. He trabajado en Rusia, Italia, China, Turquía, México, Argentina, Estados Unidos, Canadá, Japón, Corea, Tailandia, Francia, Alemania, Reino Unido, y aquí… en España.

            Diréis wow, cuantos países. Todos ellos necesitaban reformarse, y Keiji y yo éramos muy inteligentes y competentes.

            Hablo inglés, italiano, japonés, ruso, chino y francés, aunque los últimos tres no con tanta fluidez como los primeros.

            Conocí a Keiji en japón. Yo llevaba cinco años trabajando en Estados Unidos y había conseguido meter en la cárcel a un miembro importante de una asociación de crimen organizado. Obviamente se enfadaron muchísimo. Intentaron matarme muchas veces, algunas de ellas estuve a punta de pistola.

            Como la situación en América no era muy segura para mí, pero yo era muy cabezota y quería seguir trabajando, decidieron destinarme a la otra punta del mundo, la tierra del sol naciente, donde me esperaban la yakuza y Keiji.

            Él estaba infiltrado en la organización y yo era la chica que le hacía llegar las misiones, tenía que pasar.

            Fueron diez años increíbles, en los cuales no estuvimos solo en Japón, ya que encontramos a una red criminal internacional que nos obligó a viajar por todo el mundo, luchando contra esos villanos que atentaban contra la vida y el bienestar de la sociedad. He visto muchos horrores, he matado a muchos en defensa propia, y reconozco haberme desecho de uno de ellos por la rabia que sentía hacia él. No me siento orgullosa. A pesar de que era un mal hombre y había asesinado, extorsionado y realizado muchos crímenes más, se merecía ser juzgado, que el mundo viese lo que había hecho.

            Recuerdo el frío que sentí en ese momento, extendiéndose como aceite por todo mi cuerpo, marcándome como una asesina para el resto de mi vida.

            Ese día, Keiji me abrazó eternamente, susurrándome al oído palabras de consuelo en japonés, impidiendo que la oscuridad me llevase por completo.

            Nos juramos que viviríamos una vida normal, en Japón. No pasamos más de dos meses allí, periodo en el que nos hicimos la foto que tengo en mi regazo.

            Nos encontraron, y tuvimos que huir durante todo un año, hasta que llegamos aquí, a España, y todo se calmó.

            Por una vez en muchos años, estábamos a salvo. Le presenté a mi familia y amigos, y decidimos tener un hijo. Y ahí es donde entras tú, Kuta. Tu padre no podía tener hijos, así que te adoptamos, y decidimos darte la vida más maravillosa que pudiésemos darte.

            Siento mucho lo que hicimos, en el fondo. Fuimos estúpidos, inocentes, optimistas… la oscuridad no es capaz de soltarte una vez que te ha atado a sus talones.

            Esos años en los que tuvimos que mudarnos, fue porque nos encontraron de nuevo, y tuvimos que huir.

            Fueron los peores años de mi vida, sin duda alguna, ya que yo no era la única que estaba en peligro, junto a tu padre, que, de alguna forma, estaba acostumbrado; sino que teníamos a un hermoso hijo a nuestro lado, que merecía tener una infancia normal y feliz, alejada de toda la maldad y crueldad del mundo.

            Tratamos de que no te dieses cuenta de nada, intentamos protegerte lo máximo posible, y creo que lo conseguimos bastante bien.

            Cuando fue seguro de nuevo, volvimos aquí, donde nuestra estupidez y nuestro deseo de darte una vida normal, nos ganaron.

            Y entonces conociste a Lidia. Y entonces tuviste a Jorge. Y entonces volvieron a encontrarnos.          

            Supongo que te acordarás de ese gran viaje que hicimos tu padre y yo nada más que tu hijo nació, Kuta… nos persiguieron, y tuvimos que volver a la acción una vez más. A tu padre lo hirieron, y estuvo bastante grave en un hospital de mala muerte de un lejano país. Esos fueron unos años muy malos, sentí que iba a perderlo, que iban a arrebatármelo, pero el destino tuvo una pizca de piedad de mí, y me permitió ver su sonrisa durante unos años más.

            Después de eso, me dije a mi misma que no iba a volver a poner a la gente que amaba en peligro, y traté de hacer que os alejaseis de mí, porque no era capaz de contaros esto, ni siquiera sé cómo os lo estoy diciendo ahora mismo… será que sé que la sombra de la muerte me está buscando, y que Keiji y yo no podemos estar mucho tiempo separados.”

            El silencio cubrió la sala tras el relato de mi abuela.

            Mi padre temblaba ligeramente, tratando de asimilar todo lo que su madre le había contado.

            —Yaya…

            —Dime, Jorge.

            —Deberías habérnoslo contado antes, así yo nunca te habría odiado, y podríamos haber disfrutado el uno del otro durante todos estos años.

            —En el fondo no soy tan inteligente como pensaba, cariño, eso se demuestra aquí. Solo he conseguido haceros daño, y eso no me lo perdono.

            —Mamá… papá fue…

            —Sí, Kuta, y yo moriré de la misma forma, y el mundo no tendrá ni idea de lo que he hecho por él. Como consuelo solo me queda el recuerdo de tu sonrisa, la de Jorge y la de tu padre. También me siento muy orgullosa de haber podido abrazar y ayudar a tantas personas de tantos países diferentes. Todas esas mujeres, Kuta, si pudieses ver como esas mujeres lloraban y me agradecían de rodillas haberlas salvado… me partía el corazón y a la vez me lo recomponía. Liberar a tantos ángeles, fue mi salvación, Kuta.

            —No vas a morir, mamá, y no eres una mala persona. El mundo debería saber tu nombre…

            —No, cariño, es mejor así. Los humanos viven mejor en la ignorancia. Si saliese a la luz todo lo que yo he visto, la sociedad se derrumbaría.

            Mi yaya alzó su cabeza hacia el techo, y su mirada se perdió en las grietas de este, rememorando tiempos de horror, agonía, y amor junto a mi abuelo.

            —Yaya, cuando te vayas, haré un libro contando todo lo bueno que has hecho por este mundo.

            Ella se rio. Era la primera vez que escuchaba su risa, y, a pesar de eso, sentí familiaridad y calidez cuando emitió ese sonido, como si la hubiese escuchado cada segundo de cada día de mi corta vida.

            —Dudo que alguien lo compre, cielo. Nadie quiere leer las memorias de una anciana senil.

            —Pues yo haré que quieran leerlo. Se lo venderé a todos mis compañeros de clase y…

            —Ni se te ocurra, Jorge. Eso sería ponerte una diana en la espalda, y quiero que cuando me vaya, tu padre y tú estéis seguros por el resto de vuestra vida.

            Después de estas palabras, un sonido desgarrador rompió la calma de la habitación, y un agujero se abrió en la cortina. Mi yaya solo sonrió.

            —Julián Cortázar, preguntad por el en el restaurante de la esquina. Decidle que quiero sopa de pollo.

            — ¡MAMÁ, ESO ES UNA BALA!

            —Coge a Jorge y vete, Kuta. Me sentiría mucho peor de lo que me siento ahora si murieseis aquí. Os quiero, siempre lo he hecho.

            Un nuevo disparo se oyó, y un nuevo agujero se abrió en la cortina, dejando que un pequeño halo de claridad se filtrase por él.

            — ¡Volveré a por ti, mamá!

            —Te esperaré, cariño, hasta pronto.

Publicado la semana 17. 26/04/2021
Etiquetas
espías, familia complicada, secretos de familia
Compartir Facebook Twitter
Género
Relato
Año
I
Semana
17
Ranking
0 376 0