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Lucía Belvis

NO SÓLO NOS QUEDA EL RECUERDO

            Ahora sólo nos queda el recuerdo, de tu risa recorriendo el pasillo que llevaba al cielo. Ese corredor blanco inmaculado, bañado en luces titilantes que te observaban pasar con algo de tristeza en sus ojos ciegos. La silla de Pegaso te llevaba a todas partes, mientras que nosotros sólo podíamos ser meros espectadores de tu danza con los ángeles. Tumbado en la cama del purgatorio, firmaste un acuerdo con ellos para comenzar a trabajar en el cielo, el lugar al que perteneces realmente. Comenzarías siendo el chico del papeleo, aquel al que nadie toma en serio a pesar de tener mucho potencial en su interior, pero acabarías convirtiéndote en un ángel guardián de nuestros sueños, para protegernos de nuestras inquietudes y miedos y guiarnos incansablemente a través de esta vida loca que no sabe nada y, a la vez, todo conoce sobre el verbo amar. Mi peor pesadilla era que perdieras tu sonrisa, y tuviste que hacerlo, ya que nadie sería capaz de seguir sonriendo eternamente bajo el sopor de los fármacos infernales que te ataban a este mundano planeta al que se notaba que no pertenecías, por tu angelical y celestial presencia, por tu bondad y tu luz y por la alegría que provocabas en todos aquellos que tenían el placer de conocerte o de, simplemente, cruzar una sola mirada contigo en la calle. Cada vez que sujetaba tu mano y observaba los tubos estelares que te mantenían todavía con vida, insuflándote un soplo de aire de primavera a cada segundo que pasaba, sentía que ya debías dejarme y marcharte, que este mundo era demasiado cruel para alguien como tú, que no podía verte sufrir ni un segundo más, ya que tú eras mi alma, y cada segundo de más que pasabas postrado en esa cama, yo moría un poco más interiormente. Llegué a desearlo con tanta fuerza que pensé que era malvada por desear que te fueras y nos dejaras, me sentí impotente ante tu sufrimiento, porque no podía apaciguarlo, porque era demasiado horrible seguir viendo cómo te consumías sin remedio, sin que nosotros pudiésemos hacer nada para salvarte o ayudarte...

            -Bueno, ha llegado la hora de marcharme hacia el horizonte con el último soplo de aire de primavera, de desaparecer como la última estrella que se va con el amanecer. De desdibujarme como una sonrisa pasajera que se dedican dos amantes en la clandestinidad. De huir a otro plano, uno más piadoso y amable-. Dijiste cuando recuperaste un poco la consciencia y pudiste mantenerte en pie el tiempo suficiente como para poder empezar a preparar tu viaje de ida. Aquel que, desgraciadamente, no tenía billete de vuelta.

            -Sé feliz y ten cuidado. Seguro que no tendrás ningún problema en hacer amigos, ya que eres una persona increíble, la mejor que he conocido y conoceré en toda mi vida. Se enamorarán de ti al instante (tal y como yo lo hice), estoy completamente segura.

            Tu risa, como campanillas de plata, volvió a llenar nuestros oídos, mientras te mirábamos preparar tu maleta, con una mezcla extraña y agridulce de sentimientos en nuestros corazones. Estábamos tristes, ya que te marcharías de nuestro lado, y no volveríamos a verte en mucho tiempo… pero, a la vez, la alegría nos envolvía, ya que por fin ibas a dejar de sufrir, por fin tus días postrados en una cama, entre la vigilia febril y las horribles pesadillas, iban a finalizar. Cuando terminaste de preparar tu equipaje, pudimos observar con satisfacción y melancolía que te llevabas todo lo esencial contigo:

Nuestro amor incondicional (te insistimos en que lo llevaras para que siempre estuviésemos contigo, para que nunca te sintieras solo y te acordaras de nosotros con cariño).

Tus sueños, aquellos que te acompañaban en las noches de fiebre y debilidad, los que, cuando despertabas al día siguiente, nos contabas con una sonrisa en los labios (te serían de gran utilidad para conseguir todo aquello que te propusieras, para que las noches no fueran oscuras y frías).

Tu risa, el sonido más melodioso del universo (esencial para alegrarle el día a cualquiera, tal y como nos lo alegrabas a nosotros, por muy mal que te encontraras, por mucho que te doliera, Siempre nos dedicabas tu risa. Aunque fuera una sola).

Tu sentido del humor (lo echaríamos de menos, pero sin él no eras tú mismo, era una parte esencial de ti de la que no podías prescindir de ninguna manera).

Tus esperanzas (para compartirlas con aquellos que hubieran perdido las suyas, porque tú eras así, siempre estabas dispuesto a compartir aquello que poseías con los que no tenían nada, con solidaridad, caridad y amor).

Tu ilusión y ganas de dar lo mejor de ti a los demás (para conseguir hacer ese mundo mejor con tu mera presencia).

Tus lágrimas, aquellas que derramabas cuando el dolor era tan intenso que no te dejaba brillar como la estrella que eras (porque también es necesario aprender de los momentos tristes, ya que son una parte de la vida muy importante. Sin ellos no apreciaríamos la felicidad de esa manera tan especial).

Y, por último (pero no por ello menos importante), tu espíritu, el más puro que ha pisado este mundo terrenal (porque todos sabemos que el cuerpo es demasiado pesado para llevarlo en un viaje tan largo, por lo que tendrías que dejarlo atrás e irte sin él).

            Finalmente, te giraste hacia nosotros y sonreíste, con algo de tristeza y melancolía en tu por lo general feliz y sonriente rostro. Aquel que siempre estaba listo para compartir la alegría de estar vivo con los demás, con generosidad y valentía.
            -Voy a echaros de menos allá a donde voy, pero tenéis que entender que es mi trabajo soñado. ¿Me prometéis pensar en mí una vez al año? Es lo mínimo que podéis hacer para conseguir que sonría, ya que mi mente estará colmada de vuestros recuerdos a cada segundo.

            -Una vez al año y todos los días de nuestra vida, no hacía falta que nos lo pidieras, mi amor, ya que teníamos pensado hacerlo de todas maneras.

            Te dije mientras nos levantábamos todos a la vez para darte un último abrazo antes de que subieras al dorado ascensor celestial. Cuando nos despedimos de ti, los dos ángeles que había apostados a sendos lados de la puerta de entrada al elevador te tendieron sus manos, y tú las cogiste. Eran tan hermosos como tú, con el mismo aura de divinidad y bondad, la misma sonrisa arrebatadora y los mismos ojos rebosantes de ilusión infantil. La puerta dorada del ascensor que llevaba al cielo estaba ricamente ornamentada con motivos florales y de cuerpos celestes. Al abrirse ante todos nosotros, una luz cegadoramente blanca y pura salió de ella cegándonos por unos instantes, hasta que nos acostumbramos a ella. Tú respiraste hondo y miraste atrás, hacia todos nosotros, que te observábamos con alegría contenida y una espina clavada en el corazón, conteniendo las lágrimas y la respiración, para que tu despedida fuera lo más feliz posible y ese no fuera un recuerdo triste, si no uno de alivio y liberación. Para que pudieses marcharte en paz.

            - ¿Debería quedarme y cuidar de vosotros desde aquí? Puedo seguir viviendo en este mundo si así lo deseáis…

            -Vete ya anda, que los tuyos te reclaman. Buen viaje, hijo mío. Esperamos que seas muy feliz allá donde vas-. Dijo tu padre con lágrimas de alegría en los ojos.

            Porque no es demasiado triste ver la partida de un ser querido cuando sabes que va a irse al lugar al que verdaderamente pertenece, en tu caso era el cielo, ¿cómo podríamos impedirte ir a conocer tu verdadero hogar? Obviamente sientes melancolía y nostalgia a veces, evidentemente te sientes un poco mal por haber deseado que todo se acabara lo antes posible, pero hay que recordar que ahora está feliz con su verdadera gente, con aquellos con los que siempre debió haber estado. Aunque tú preferiste venir a este mundo a regalarnos tu bella y pasajera presencia, que valía más que la vida de cien años de cualquier otro humano, que se quedó grabada a fuego en nuestros corazones y que perduraría para siempre en nuestra memoria, rodeada de montones de amor y cariño, aquellos que tanto nos diste, a pesar de no recibir la misma cantidad que merecías.

            -Voy a echaros de menos, disfrutad de la vida por mí, ¿de acuerdo? Os quiero, siempre os querré. No os olvidéis de mí, por favor. Recordadme con cariño, con el mismo con el que yo os tendré presentes en mi mente durante toda la eternidad, hasta que os reunáis conmigo allá a donde voy, porque estoy seguro de que algún día volveremos a vernos. Sed felices, os quiero.

            Corriste hacia nosotros y nos abrazaste por última vez, llorando ligeramente, pero sabías ocultar muy bien tu tristeza. No querías que te recordáramos partiendo entre lágrimas, querías que, cada vez que remoráramos tu huida de este mundo, te visualizásemos feliz e invencible. Cuando te separaste de nosotros estabas radiante, cada vez cambiabas más y tomabas poco a poco tu verdadera forma, aquella que siempre ocultaste tras ese cuerpo tan humano y a la vez tan extraterrenal, demasiado perfecto y etéreo como para haber formado parte de esta dimensión. Te salieron una alas enormes y bellas, con unas plumas más suaves que la seda y tan blancas como la nieve más pura de la montaña más alta. Un halo de luz resplandeciente (cuya iridiscencia había sido robada de la estrella más brillante) rodeó tu cabeza, iluminándola para ser un faro de ayuda a aquellos corazones que se encontraran perdidos o solos. Tu alma, pura, salió de tu cuerpo para poder desprenderse de lo único que te ataba a este infierno de crueldad, maldad y traición. Cogiste las manos de tus congéneres y entraste en el ascensor celestial, esta vez sin mirar atrás, lo que fue un alivio para todos nosotros, que lo único que deseábamos era verte marchar en paz y sin remordimientos. El elevador comenzó a subir, dejándonos sumidos en la tenue claridad del amanecer, abrazados los unos a los otros, compartiendo nuestro alivio y una pequeña parte de nuestra soledad.

            Cuando te fuiste del todo, celebramos una fiesta en honor a tu recién adquirida libertad. Abrazamos a la corteza que habías dejado atrás y la besamos con amor infinito, antes de reducirla a unas cenizas que, más tarde, esparcimos en una noche de luna llena sobre tu lugar preferido, el mar de Galicia. Siempre dijiste que esas aguas eran las verdaderas puertas del paraíso, y que cuando las mirabas con atención, se podían ver los confines del cielo, aquel lugar que ahora albergaba el alma más sublime e impecable que pudo haber visitado la Tierra.

            Cuando te vimos bailar con las olas, alzamos un grito hacia el manto nocturno que cubría nuestras cabezas, con todos esos bellos diamantes reluciendo allá arriba, inalcanzables y altivos. Alzamos nuestras voces sobre el sonido de las olas rompiendo contra las rocas para que pudieses escucharnos con claridad.

            - ¡YA ESTÁ HECHO! ¡YA ERES COMPLETAMENTE LIBRE! ¡ACUÉRDATE DE NOSOTROS Y SÉ FELIZ! ¡NO OLVIDES NUNCA QUE TE QUEREMOS, NI DEL TIEMPO QUE PASASTE EN ESTE MUNDO! ¡DISFRUTA DE TU LIBERACIÓN!

            Luego levanté los brazos, como si así pudiese tocarte una vez más, y parece que lo conseguí, porque la felicidad más intensa me llenó por completo, justo como me ocurría cuando estaba contigo en este mundo.

            Ahora es temprano por la mañana. Me mudé de Sevilla (la ciudad en la que te conocí y me enamoré de ti) a Galicia para poder observar todas las mañanas el mar, tu mar. Aquel que es el espejo que me muestra unos resquicios de los límites de tu nuevo hogar, en el que sé que ahora eres feliz. Cada amanecer veo tu hermosa sonrisa, esa tan especial que me dedicabas en este mundo, aquella que sigue siendo tan nuestra ahora que estás en el paraíso, la que me trae tantos buenos recuerdos de cuando estábamos juntos, de cuando tomabas mis manos y me decías: “eres única, no dejes que nadie te diga lo contrario, jamás”. Cuando me besabas con esa ternura con la que lo hacías absolutamente todo. Cuando bailábamos juntos en cada calle, disfrutando del mero placer de estar el uno junto al otro, ignorando las miradas de todos los que estaban a nuestro alrededor. Aquellos que juzgaban nuestro amor con dureza porque ellos mismos no eran capaces de querer a nadie que no fuesen ellos mismos. Me daban más pena que otra cosa, verdaderamente, ya que ellos nunca sentirían el delicioso e inexplicable placer de amar a otro ser humano sobre todas las cosas. Jamás experimentarían la felicidad de abrir los ojos por la mañana y ver lo más hermoso del mundo, el ser al que amas y con el que pasarías cada segundo de tu vida. En ningún momento se pararían a pensar en lo bonito que es serlo todo para otra persona, el que te necesiten y te quieran por encima de cualquier otro. Ojalá todo ser humano pueda tener ese sentimiento, porque es el más bonito del mundo.

            Cada mañana, repito las palabras que siempre te decía, esas que llevaban escritas con letra invisible que te amo más que a todo lo bello que hay en la Tierra, que nunca podría dejar de quererte, ya que fuiste y serás el único amor de mi vida. Aquel que no se olvida porque queda tatuado en cada poro de tu piel y es imposible de dejar pasar por el fatal magnetismo que desprende, porque por muy lejos que esté y por muchos amores que hayas tenido con anterioridad, estás destinado a encontrarlo. Cada uno de nosotros tiene a su gran amor esperándole, yo tuve la gran suerte de haber vivido junto al mío los mejores momentos de mi vida, aunque compartiésemos muy poco tiempo juntos. Cada amanecer me levanto y me dirijo hacia el acantilado donde esparcimos tus cenizas y susurro:

            -Eres la criatura más bella y extraña que hay en el mundo.

            Ahora entiendo que no sólo nos queda tu recuerdo, porque seguimos teniéndote aquí, con nosotros, más cerca de lo que nos podemos imaginar. Estás justo en mi pecho, te noto ahí dentro, manteniéndome viva y feliz para siempre con tu amor y con tu luz inagotables. Porque eso es lo que realmente quieres, que sigamos siendo felices en tu honor, que sigamos viviendo nuestras vidas recordando sólo lo bueno que nos diste, que fue todo, en realidad. Porque incluso cuando te veíamos desfalleciendo en esa cama de hospital, ahogándote en fármacos que lo único que hacían era alargar tu agonía un poco más, perdiendo poco a poco tu luz y tu independencia, dejando que te extrajeran gota a gota tu esencia vital bajo el pretexto de querer salvarte la vida y rogando entre malos sueños que se acabara, que llegara el fin cuanto antes, que únicamente deseabas descansar y ser feliz… incluso en esos momentos, sabías esbozar una sonrisa, aunque fuese triste y cansada para hacernos felices.

            “Te quiero”, me llega tu voz, traída por el viento, al que convertiste en tu aliado para traernos tus palabras y tus maquinaciones, junto con tu risa. Visualizo un destello dorado entre las olas, y sé que eres tú, saludándome desde el cielo a pesar de que tienes prohibido aparecerte ante nosotros, así como así. Levanto mi mano izquierda para devolverte el gesto, incalculablemente feliz de poder volver a vislumbrar tu figura una vez más. Te das la vuelta y desapareces en el mar, volviendo a tu nueva casa y dejándome parcialmente sola. Yo giro sobre mis talones y regreso a mi casa, para esperar con impaciencia la llegada del nuevo sol y poder volver a estar contigo unos segundos más, arrancados y robados del reloj de la finita infinidad.

            Espérame en el cielo y hazme un hueco junto a ti, mi amor, porque cuando sea la hora de marchar, lo haré con una sonrisa en los labios, tal y como lo hiciste tú en el pasado. Porque cuando sea el momento de reunirme contigo y de poder volver a enterrar la cara en tu pecho, ser capaz de besar tus labios una vez más y aspirar el aroma de tu pelo, me abandonaré a la parca sin oponer resistencia, con los ojos cerrados y los labios curvados hacia arriba.

 

 

 

 

 

Lucía Belvis

Publicado la semana 1. 04/01/2021
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De noche
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