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LLH

La lista Martina

A José, por su amistad siempre
La lista Martina
¿Por qué se me niega el cambio? Es un derecho, una necesidad inmediata. ¿Por qué debo pasarme la vida en los mismos sitios, comiendo las mismas comidas, durmiendo en el mismo colchón viejo y hundido? ¿Por qué estoy condenado a pasar por las tiendas solo a mirar? Esas vidrieras museos, con las mismas piezas antiquísimas que nadie compra porque nadie puede. 
Recuerdo de niño, cuando había aún menos, que mi madre pasaba volando delante de ellas sin pausa para no dar tiempo a extasiarme con cosas que no podría tener. Rara vez entraba, y cuando lo hacía, para comprar algo en extremo necesario, siempre me dejaba afuera cuidándole el bolso. Por el cristal, veía en el mostrador los chocolates y esas galletitas revestidas que comí una vez, cuando el padrastro de Carlitos vino de España. 
Ahora paso y me detengo a observar, ya puedo al menos eso. Mi madre no está para halarme del brazo e impedirlo; pero, qué raro, aunque ella no está, de igual forma siento el halón en cualquier parte del cuerpo. Es un halón interno; una adaptación que casi por selección natural evoluciona hacia eliminar el gen que me hace detenerme frente a las vidrieras. 
Salgo del trabajo con el salario de todo un mes en el bolsillo y me pasa como a la cucarachita. ¡Ay “Martina”, que moraleja más acorde me dejó ese cuento de la infancia! Creo haber oído algo sobre precios más baratos, o productos caducados que al caso es lo mismo. Tal vez deba entrar a verlos. Si saco una cuenta rápida y manoseo el estipendio de este mes en mi bolsillo, el gen de la resistencia innata me hará dar marcha atrás y volver a cuestionarme la “lista Martina” que he hecho. 
De pronto recuerdo las últimas noticias y me pregunto, ¿qué es el cambio? ¿Qué entiende la gente por cambio? Entonces caigo en la cuenta de que la ambigüedad de la palabra es indisoluble. Pero, ¿acaso puede estar peor?, ufff. Recuerdo que sí. Ha estado peor, y me invade por momentos una sensación de culpa ante mi inconformidad, y subconscientemente me reprendo, y me digo bajito las cosas que de niño aprendí del abuelo, la resistencia, el agradecimiento resignado: tienes dos brazos, dos piernas, un cuerpo criado a soya, buena visión, no te avanza la alopecia, unas manos fuertes, un cerebro que piensa y un estómago, sobre todo un estómago adaptado. 
Esas palabras sabias me reconfortan y vuelvo a mirar la lista frente a la vidriera: pasta de diente, jabón de lavar, jabón de baño, detergente, desodorante, voy sacando cuentas, 400 gramos de frijol, cinco libras de arroz, dos más adicionales, 4 libras de azúcar, media libra de aceite, lo más seguro es que sean 10 pesos en un paquete de sal, una libra de picadillo, cinco huevos, un pan. En fin, no hay nada que pueda comprar en esta vidriera, y me pregunto ¿qué puedo borrar de la lista?    

 

Publicado la semana 3. 24/01/2021
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