03
Little Boy Lost

Exist in superposition

En el eco de los pasillos se escuchaba el sonido de una puerta cerrándose, y el clic de una grabadora de mano.  

–Yo creo que debió ser por el año 2013 que me arrastraron al cine a ver una película de mierda de esas épocas de la cual ni siquiera me acuerdo. Lo que me acuerdo, y he de decirle ahora mismo, es de algo que no me pude sacar más de la cabeza.

Estaba pelotudeando como de costumbre en esos días. Nos sentamos en los asientos de atrás y lanzábamos comida a los asientos de adelante, poníamos los pies en el espaldar y los movíamos conforme pasaba la película para susto y disgusto de algunos. Cuantos embarazos no deseados habremos prevenido, y cuántas veladas arruinadas a nuestro nombre.

Ese día, se paró mi víctima del asiento delantero; un estiradito de mierda, como muchos de los que nos cruzábamos en el cine del barrio fino: camisa de cuadros bien, bien, bien metida en el pantalón caqui, perfectamente combinada con sus zapatos recién lustrados y su chaqueta azul marino. A todo eso le acompañaba, de seguro, una latente crisis de mediana edad: –¿vas a seguir con eso o ya acabaste?

Lo miré, seguramente con la picaresca mirada de adolescente tarado que tenía y le dije –espérame un poco más. Apreté un puñado de canguil hasta sentirlo desbordarse en mi maño y lo posé gentilmente en su pelo, que se mezclaba con la sal y la mantequilla derretida: –ahora acabé.

Tengo que admitir que me sorprendí cuando, torpemente, intentó conectarme un gancho antes de que nos escolten gentilmente fuera del cine.

Mientras lo veía salir del parqueadero, y escupía a la ventana de su carro, quedé prendado en la copia malgastada de El llano en llamas que estaba en su asiento delantero. La edición era idéntica a la que me había regalado mi mamá hace dos meses, por mis diecisiete años. Bueno. Copia de una copia de una copia de una copia. No me iba a poner a teorizar sobre un libro.

Lo que pasa es que hoy fui a lustrar mis zapatos, que se mancharon de café después de una reunión de trabajo. Compré una chaqueta azul marino que combinaba por lo que llevaba puesto, y en el calor del momento incluso decidí aceptar una invitación al cine con mis compañeros de trabajo. Atrás mío: un hijo de puta que movía mi asiento con los pies y lanzaba canguil a, virtualmente, toda la sala. Volteo y le pregunto si va a seguir siendo un subnormal o si ya acabó. Dos segundos después, un puñado de canguil y mantequilla me caía por la cabeza. Ni bien intenté defenderme, ya estábamos afuera del cine.

Estaba saliendo del parqueadero cuando al fin pude ver a este hijo de puta, que no tuvo mejor idea que escupir la ventana de mi auto. Ese fue exactamente el momento en el cual entendí todo. Lo vi: su camiseta de Bob Dylan manchada con salsa de tomate, los pantalones, que le habían servido como servilleta, llenos de huellas de sal y mantequilla, su cara de tarado mirando la copia que me habían regresado de El llano en llamas. Lo vi y supe que era yo mirándome a mí mismo. Él no sabía que era yo. Él no sabía que estaba mirándose, porque no sabe aún quién es él. Pero yo sabía. Lo miré a mis ojos por un momento, lo miré en sus sueños, en sus expectativas, en su frágil invencibilidad. Lo miré tan seguro. Quise abrazarlo, decirle que todo iba a estar peor. Quise sentarme a lado de él en la acera como se sentó Borges consigo mismo en ese banco de Cambridge y de Ginebra, a unos pasos del Ródano. Mientras me alejaba de mí mismo, quedé con ganas de darle(me) una lección.

Llegué al departamento saludando al eco, miré mis zapatos recién lustrados, mi impoluta camisa a cuadros solo ligeramente desacomodada por mi intento de parecer autoritario. Miré al espejo, estudié mi cara, las ojeras, las dormidas expectativas y todas la veces que me dije que no.

¿Qué lección podría haberle dado yo que no me haya dado él ya?

 

En el eco de los pasillos se escuchaba el sonido de una puerta abriéndose y el clic de una grabadora de mano. Se acercaba a una mujer con delantal azul, un hombre con delantal blanco.

–Lleve al paciente a su habitación.

–¿Qué pongo en la ficha, doctora?

–Confirme el intento de suicidio. Demencia.

Publicado la semana 3. 24/01/2021
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Superposition - Daniel Caesar , El Otro - Borges , Cuando no te acuerdes quién eras , Yo soy todos
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