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Little Boy Lost

Segundo Ramírez es Ecuador

Alluriquín es un pueblo en el que todo se inunda. Se inundan las casas de caña, se inundan las jugueterías de los niños, se inundan los postes de luz, las tiendas de barrio, se inundan los callejones, los prostíbulos, y se inundan los zapatos que se dejan en el tapete antes de entrar a casa.

Don Segundo Ramírez que ha vivido la mayor parte de su vida en Alluriquín, ha aprendido, de a poco, que no puede ser dueño de nada. La primera vez que pisó el pueblo con su hijo y su esposa, decidieron comprar un solar pequeño a lado de la ribera del río, y plantar yuca en el patio trasero. La misma noche en la que habían terminado de abrir la última caja y poner la mesa de noche en el suelo, la lluvia desbordó el río. Las lluvias causaron los estragos típicos: todo bajo agua y lodo, las calles se volvían ríos de color marrón, los postes eléctricos una muerte segura y las casas: balsas.

De la casa de Segundo Rodríguez no sobrevivió ni un solo ladrillo. Sus muebles quedaron enterrados sesenta y seis kilómetros bajo tierra, y los pequeños vestigios de yuca que aparecían por su patio trasero habían desaparecido con tal firmeza que en toda la zona de Alluriquín no crecería yuca nunca más.

La familia Ramírez, como muchas otras familias de Alluriquín, tuvo que vivir en albergues de emergencia durante meses. Los administradores del albergue designaban dos brigadas para buscar cadáveres entre los escombros en el día; y en la tarde se enviaba a una tercera brigada limpiar las calles y desenterrar los muebles del lodo. Segundo Ramírez, durante dos meses seguidos, acudió religiosamente a la tercera brigada, para buscar entre las calles desbordadas, y las casas inundadas, si había algún rastro, si había algún pedazo, al menos, de una de sus pertenencias.

Buscó el velador que le había dado su suegra como regalo de matrimonio, y trató de encontrar el portarretratos con la foto del día de la graduación de su hijo; se rompió seis uñas hurgando entre el lodo para buscar el anillo de compromiso que le había dado a su esposa, y se llenó el pie de astillas tratando de encontrar el radio de baterías que había comprado a tres cuotas a su compadre Pepe hace cinco años. No había rastro de nada. Para efectos prácticos, no había bien alguno que corroborase la existencia de Segundo Ramírez sobre la tierra.

Cuando las brigadas habían limpiado Alluriquín por completo, solo habían encontrado intactas: tres motocicletas, treinta sillas de plástico, tres muñecas de juguete genéricas (que fueron reclamadas y peinadas de inmediato por las desoladas niñas del pueblo) y doce cartuchos de balas con dos pistolas. De todo lo encontrado, nada le pertenecía a Segundo Ramírez.

Así, Segundo, embebiéndose de la causalidad del olvido, había aprendido el arte de elaborar melcochas para ganarse la vida y recuperar lo perdido. Trabajaba de día en la tienda de Ximena Menéndez, una matriarca: la alcaldesa ad-honorem del pueblo. Ximena amaba a Segundo Ramírez como a un hijo, aunque Segundo podría haber sido su padre. Lo miraba tiernamente lanzar la melcocha contra sí misma, y estirarla; torpemente perderle el rastro y confundirla en sus manos hasta pegarla accidentalmente contra la pared. Lo miraba con lástima y con amor indecible.

Ximena vio el día en que Segundo pudo comprar, nuevamente, un pequeño radio de baterías, solo para que la lluvia lo pille saliendo de la tienda, y lo empape por completo. Vio el día en que intentó recaudar el dinero de las melcochas a uno de los viajantes por la carretera, solo para ver cómo las monedas se le caían de la mano como agua, y que no podía empuñarlas sin que se escapasen por los costados de sus dedos. Ximena vio a Segundo romperse el momento en el que su hijo decidió irse de Alluriquín, harto de que la tormenta le vuele toda la ropa que su madre ponía a secar en la terraza. Nunca había visto a alguien tan desgraciado como Segundo Ramírez, que perdía todo lo que trataba de abrazar, como si el destino le quitase la felicidad como arte de magia, y se lo diese a alguien más. Como si estuviese satíricamente destinado a perderlo todo de la manera más ridícula.

La esposa de Segundo también terminaría por irse. No estaba dispuesta a seguir aceptando la desventura del destino. Besó a Segundo en la cabeza mientras aún dormía y se llevó la única pertenencia que aún no se había perdido: un par de botas de lluvia amarillas, por si es que la casualidad quisiera sorprenderla de nuevo. Dejó una notita encima de su almohada (ligeramente húmeda a causa de las goteras encima del espaldar de la cama) diciendo que iría a buscar mejor vida, y que trataría de sacarlo de Alluriquín si es que todo salía bien. Esa fue la última noticia de Segundo Ramírez tuvo de su esposa, aunque un periódico local reportó, al día siguiente, que un rayo había carbonizado por completo a una persona, hasta el punto de dejarla irreconocible. Solo se recuperaron dos botas de lluvia amarillas.

Fue ese día en el que Don Segundo había decidido pasar de ser miserablemente pobre, a felizmente miserable. Había abandonado la ropa por harapos, y su casa por un barril de petróleo, en el que cabía perfectamente él y un perro, a quien nunca llamaba suyo, pero religiosamente llegaba a su lado cada noche a las ocho de la noche, y que iba a buscar agua a las cuatro de la mañana.

La gente empezó a reconocer a Segundo con mucho respeto. Era una parte del folclor del pueblo, pero más que eso, era un verdadero sabio. La gente se acercaba a Don Segundo para contarle sus problemas personales, o el dolor de sus pérdidas. Segundo intercambiaba humildes consejos a cambio de pedazos de pan de agua o empanadas de plátano verde que comía rápidamente antes de que se mojen o se le caigan por los desagües.

Don Segundo había encontrado felicidad en no tener nada. El destino parecía, incluso, compensarlo. Ximena Menéndez se encargó de alimentarlo y recompensarlo con melcochas al menos una vez al día. Se volvió invulnerable a las lluvias, que cuando inundaban el pueblo hacían que Segundo flotara orondamente en su barril, en el cual no entraba ni una gota de agua, y que parecía que volaba tranquilamente por las calles accidentalmente venecianas de Alluriquín. Cuando había tiroteos, Segundo se acunaba, abrazaba al perro, y dormía pacíficamente, solo para encontrar, al día siguiente, innumerables casquillos que habían chocado y rebotado con el barril, que había actuado como el chaleco antibalas más humilde de la historia. Los vecinos hacían filas interminables para recibir consejos matrimoniales, perspectivas de cómo lidiar con el luto, recomendaciones para conseguir trabajo e, incluso, recetas de cocina. Parecía que las palabras de Segundo eran pronósticos, porque la suerte en los pobladores de Alluriquín había cambiado de la noche en la mañana: pudiendo largarse de ese lugar de una vez por todas.

Un día, después de una típica inundación de Alluriquín, el Presidente de la República –y cuatro canales de televisión—habían llegado milagrosamente al pueblo. El Presidente recorrió los escombros, asegurándose de que las cámaras lo grabasen abrazando a un niño llorando, o a consolando a una madre que había perdido su casa.

Inmediatamente después, caminó soberbiamente hacia Don Segundo, que descansaba dentro de su barril, aprovechando los primeros rayos de sol. Mientras mordía una melcocha llena de lodo, Don Segundo y el Presidente intercambiaron miradas por un momento. Recordó, entonces, todas las veces en las que la calles llenas de lluvia llegaban hasta la quijada, y todas las veces en las que tenía que meterse en la cabeza que Alluriquín era un pueblo olvidado por Dios, por el Estado, por el Gobierno y por la ventura. Miró al Presidente, al helicóptero que esperaba que las cámaras acaben su labor rápidamente, para llevarlo de vuelta a un palacio, a la comodidad de un techo y a la calidez de un plato de comida. Miró cómo el Presidente caminaba, se acercaba, y mientras escuchaba cómo se refería a él como un pobre mendigo que lo perdió todo, pensaba si es que estuviese, tal vez, caminando encima de las cosas que perdió alguna vez.

Si, tal vez, por obra de magia, el milagro de la llegada del Presidente podría desenterrar el velador de su suegra, a las uñas que perdió buscando el anillo de compromiso, las botas de lluvia amarillas repletas de ceniza, o la ropa de su hijo que voló con él. Miró a un hombre que lo miraba, no con misericordia, ni siquiera con pena, sino con absoluta falta de vergüenza.

Miró sus ojos vacíos, la indiferencia de sus pasos, y la falsedad de su voz que solo sonaba para terminar la gira periodística del día, y volver a olvidar a ese pueblo al que nadie parece importarle. Se cegó por las luces de las cámaras, y la incomodidad de la sombra de la turba, y lo escuchó exclamar:

—Quiero demostrarle mi aprecio. Quiero hacer algo por usted. Puedo darle cualquier cosa que necesite.

—Quisiera pedirle que se aparte. Me está bloqueándo los rayos del sol. 

Los camarógrafos rieron, el Presidente lo abrazó con júbilo simulado. Todos –menos Segundo—denotaron la gracia de la intervención, caminaron un par de cuadras más, subieron al helicóptero, y se fueron.

Alluriquín, volvió a inundarse esa noche. El Presidente nunca volvió.

Publicado la semana 2. 12/01/2021
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Nuestro Juramento - Julio Jaramillo , La lluvia , Después de un asqueroso debate presidencial
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