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Little Boy Lost

Plegaria para un niño dormido

En la tarde de hoy, comencé a escribir lo que quería escribir. Ustedes no lo sabrán –yo sí, de hecho sigue arriba de este texto que escribo ahora— pero tecleaba algunos párrafos sobre un sueño muerto, y de un ser humano que lo cuidaba, y le limpiaba las babas, pero que, eventualmente, se apagó.

Hablaba sobre un ser humano –creo que era yo—que, al fin del fin, le dejaba flores, y limpiaba su lápida. Hoy escribí sobre los sueños apagados, que parece que están muertos porque siempre están aplacados por el oficio, y la profesión, y la sociedad, y la familia, y las ganas de tener una vida cómoda y la se-gu-ri-dad-que-tan-to-bus-ca-mos-los-a-dul-tos.

Pero, ahora mismo… ahora mismo, mientras me preguntaba qué iba a publicar en este sitio, para que mis amigos lo lean, y se sientan orgullosos de mí (y me siga dando palmaditas en la espalda); mientras me preguntaba si iba a publicar algo viejo, o si es que tenía que rebuscar la sinapsis más icárica para que se me despierte la chispa del realismo mágico, o de las cincuenta mil referencias que me harían parecer un erudito, recordé que ningún sueño está muerto, y que pensar en todo esto era un poco una pérdida de tiempo.

Entonces pensé en esto de Žižek (primera referencia pretenciosa, pero juro que llego a un punto) de que la felicidad solamente es felicidad mientras no la alcanzamos. De que los sueños son, digamos, el combustible, pero que, la verdad, no somos felices cuando lo conseguimos. Pensé, entonces, esto de Drexler (paciencia, juro que tengo un punto), y de amar la trama más que el desenlace, y demás (qué mainstream se ha vuelto eso, ahora).

Y sí.

A pesar de que quisiera, ahora mismo, hacer como si esta no es una entrada de blog sobre un first-world-problem, esta es una carta a mí mismo; ahora que tengo la obligación de escribir cada semana.

Es una carta que me recuerda el camino, las hojas secas que se pisan antes de llegar al Palacio Real en invierno, y mirar como entra un rayo de luz tímido y distante entre las nubes grises, y cómo me cae la primera gota de lluvia en el cuello.

Es una carta que me recuerda a la primera vez que hicimos café en la cafetera, y cómo el lugar se inundó del olor del Café Minerva de tres dólares de la tiendita de la esquina, y nos sentamos en las gradas, con las cosas en cajas, y los muebles empapados, sabiendo que habíamos llegado a nuestra casa.

Que me recuerda a la primera vez que me dieron un beso y no me lo esperaba, y me recuerda la última vez que me dijeron nos vemos mañana, y no nos vimos más.

Me acuerdo de la primera vez que hice que mi hermanita se riese para no escuchar los gritos, y la vez que teníamos frio y nos calentábamos los pies con calcetines llenos de arroz crudo.

Me acordé de la primera vez que vi sus ojos y supe que me amaba. Me acordé de la vez que aceptó tomar un café conmigo, y terminamos tomando unos tragos, y terminamos perdiéndonos en el día, y en los días, y en el tiempo, que está –siempre—después.

Esta es una carta que me recuerda el sentimiento de descubrir un nuevo acorde, y el gusto de acabar de aprender una canción de memoria. Me recuerda el primer trago de cerveza con mis amigos, y el último respiro antes de seguir vomitando.

Me recuerda cómo se ve la montaña desde la montaña, y la ciudad desde un avión. Me recuerda el olor de almendras que tiene la cabeza de mi abuela, y el la textura de la mano de mi viejo cuando me ayudaba a cruzar la calle.

Me recuerda que ningún sueño está muerto. Que no tenemos, en realidad, un true calling. Este, y capaz nada más que este, es el true calling. Las calles desordenadas, el desdén, el desamor, los vasos de agua derramados en un mal día, y el no te preocupes de quien te quiere. El resentimiento de los hermanos, y las partidas de ajedrez que pude ganar.

Este es el sueño; porque no hay nada más. Esto es lo que tienes, incluso cuando sueñas. El sol que encuentra sus madrugadas tenues, y el gato que presiona sus patas contra tu pecho, como si supiera qué está haciendo un masaje.

Pero sabe tan poco como nosotros.

Que estamos siempre pisoteándonos y tirándonos de los pelos. Poniéndonos el pie, tropezando con nosotros mismos. Con los ojos siempre hacia al frente, sin mirar alrededor.

Estamos siempre pensando que somos más, y –la verdad— creo que no somos más que esto: un poco de nada que tuvo la suerte de tener consciencia. Una pecera llena de peces que piensan que ven el mismo color cuando dicen: naranja…y son, todos, daltónicos.

Ningún sueño está muerto, porque seguimos aquí. Seguimos pegando los pies contra el concreto, y abriendo los ojos, y respondiendo correos que no queremos responder, y abriendo mensajes que no queremos abrir. Seguimos aquí. Somos el sueño. Estamos nadando.

No quiero sonar a epifanía, ni a sabiduría de cartón de leche. La verdad, ni siquiera sé quién vaya a leer esto, o si es que vaya a necesitarlo. Por ahí y todo esto no tiene ni sentido, y mañana publique lo del sueño muerto.

Pero me voy a quedar pensando

 

En que este es el océano, y no es solo agua.

 

Les pago con algo más literario la próxima semana. Esta, estamos contentos.

Publicado la semana 1. 04/01/2021
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Epiphany - Trent Reznor and Atticus Ross , Superposition - Daniel Caesar , Cuando pienses en tu propósito , Escuchen más música
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